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Ciudad, desarrollo urbano, calidad de vida y dignidad

Ciudad, desarrollo urbano, calidad de vida y dignidad

 

Colombia es un país de ciudades, así se ha afirmado desde siempre. Pese a ello los temas fundamentales que ahora las caracteriza –empleo, ingresos, modelo de organización territorial, medio ambiente, vivienda, salud, educación– no son los que más destacan dentro de las propuestas que ventilan los candidatos que aspiran a dirigir sus principales urbes desde el próximo 1 de enero, de salir airosos en la consulta del 25 de octubre. Aquí, una mira histórica y vital a ese espacio donde está concentrada la mayoría de la sociedad colombiana y global.

 

La historia de la humanidad ha pivotado esencialmente en torno a las ciudades. Mientras que el campo permaneció siempre como un motivo lírico, la historia real –desde abajo– de los seres humanos, esa clase particular de seres en la naturaleza social, se organizó tradicionalmente como una historia urbana. La urbanización implica mayores y mejores calidades de vida y más y mejor dignidad.

 

Gracias a las ciudades ganamos, literalmente, una vida de más (1), en virtud de las políticas públicas, las políticas ambientales y de salud, los desarrollos demográficos y los avances de la medicina; gracias también al surgimiento y desarrollo de las ciencias de la vida, en fin, gracias a las nuevas tecnologías y los procesos de democratización de la educación.

 

El debate, propio del siglo XIX entre el campo y la ciudad ha desaparecido en el siglo XXI, tornándose desueto por su radical transformación. Hoy en día el conflicto ya no es entre el campo y la ciudad –a diferencia de lo que acontecía con clásicos como Rousseau y Marx, Herder y Schelling, por ejemplo–, sino entre los diferentes niveles y modos de desarrollos urbanos: pequeñas ciudades, ciudades intermedias, grandes ciudades y metrópolis. La demografía desempeña, por primera vez en la historia de la humanidad, un papel consciente en el desarrollo social y económico de los pueblos y los países; más exactamente, la demografía entra a desempeñar un papel positivo a la hora de comprender los desarrollos de las ciudades, las ciudades-región, y, ulteriormente, la emergencia de nuevos países y nuevas economías alrededor del mundo (tal es, notablemente, el caso a propósito de los países Bric). Por primera vez, es posible reconocer abiertamente que mayor población implica mayores y mejores posibilidades de desarrollo –humano, y social.

 

Esta idea sin embargo, no va sin más. En realidad, si bien es cierto que la historia de la humanidad es, gradualmente y desde hace poco tiempo, el tránsito de familia y aldea a pueblo, y de éste a ciudades –pequeñas, intermedias, grandes y megalópolis– la verdad es que estas últimas han venido a significar magníficos retos y problemas, centrando en el foco de la mirada al buen vivir. Existen, manifiestamente más y mayores posibilidades cuando se va de pequeñas ciudades hacia grandes, pero las megalópolis arriesgan la calidad de vida de todos aquellos pueblos situados a su alrededor debido a que sus recursos (agua y otros) son expropiados en la práctica por la demanda insaciable de millones de personas. Las megalópolis constituyen, en realidad, una enfermedad en el desarrollo civilizatorio de la humanidad. No en vano, la alternativa –que también se plantea para las grandes ciudades, por lo demás– es el de la constitución de pequeñas unidades sociales auto-sostenibles (agricultura, consumo, y demás). El buen vivir es directamente inverso a las megalópolis y apunta hacia unidades de convivencia social más pequeñas. Se plantea aquí una alternativa al modelo capitalista de desarrollo.

 

En efecto, por primera vez en la historia de la humanidad, las generaciones actuales son las primeras que le enseñan a sus mayores cómo vivir –más y mejor. Y los mayores, por primera vez, están teniendo que desaprender parte de lo aprendido y aprender nuevas condiciones y circunstancias. Los ejemplos más inmediatos son las tecnologías, y los ritmos de vida, y de manera definitiva, las siempre nuevas circunstancias de las ciudades, sus ritmos, innovaciones y adaptaciones constantes. Literalmente, los padres aprenden de sus hijos, los profesores de sus estudiantes, los médicos de sus pacientes, por ejemplo.

 

Las ciudades son sistemas vivos

 

Las urbes son, literalmente, sistemas vivos: nacen, crecen, se desarrollan, se enferman, se multiplican, a veces se atrofian, envejecen y en ocasiones mueren. Los ejemplos quizás más dramáticos de ciudades que están muriendo son: Detroit, Flint, Canton, Dayton y Cleveland, todas en los EU. (2) Pero así como puede aludirse a este tipo de ciudades, asimismo cabe hablar de ciudades creadas artificialmente; esto es, que no existían antes: Islamabad (Pakistán), Brasilia (Brasil), Louvain-La-Neuve (Bélgica), Astana (Kazajstán), Dodoma (Tanzania), por ejemplo.

 

Es más, todo lo que puede decirse de un sistema vivo o de un sistema que exhibe vida puede decirse igualmente de las ciudades del siglo XX y XXI, particularmente. Existen procesos metabólicos y procesos termodinámicos; tienen anatomía y fisiología; en fin, son susceptibles de salud y enfermedad, en toda la línea de la palabra.

 

En otras palabras, los temas relativos a la gestión urbana son, en la acepción amplia, pero precisa de la palabra, gestión de salud de un fenómeno que comporta innumerables canales y vías, infinitas relaciones entre sus componentes, la gran mayoría de ellas cambiantes, y que entrañan una relación particular con la naturaleza: las aguas, los aires, el suelo, las zonas verdes, y demás.

 

En términos de la sociedad de la información y de la sociedad del conocimiento, una ciudad se reconoce por el prestigio de sus universidades, la importancia de las bibliotecas públicas que tiene, las librerías, pinacotecas y almacenes de música, por la vida cultural e intelectual, en fin, por sus científicos, académicos, intelectuales y artistas. Ellos representan –ellos, y no las instituciones y estamentos públicos, gubernamentales y privados–, las neuronas mismas de una urbe.

 

La salud de una ciudad se encarna, literalmente, en el sistema que la propicia, que previene y atiende la  enfermedad, por lo tanto, y de manera directa en los hospitales y clínicas de diverso nivel con que cuente, tanto como de puestos de salud. Pero la salud de la urbe existe igualmente en los espacios y parques públicos, en las ciclovías, su extensión y calidad, en los centros deportivos, en primer lugar públicos, y en general en la proporción entre ejercicio y consumo de cigarrillos, entre tiempo libre y los problemas de alcoholismo, drogadicción y otras dependencias como el juego (los casinos). Sin ambages, la salud de una ciudad no consiste única ni principalmente en los tipos de trabajo que se llevan en ella, sino en la calidad de las viviendas y de los servicios públicos, incluido el transporte, tanto como en el tiempo libre –ocio, recreación y deportes– que se vive en ella.

 

Los sistemas vivos viven gracias a la existencia de una inmensa cantidad de energía libre disponible, la que ellos aprovechan para llevar a cabo procesos metabólicos, termodinámicos, de desarrollo y crecimiento, de conocimiento y de evolución. Las fuentes de alimentos, el agua potable, el sol y el viento, constituyen las primeras expresiones de energía. La proporción entre el input de energía y el output que resulta del consumo y aprovechamiento de la energía no puede ser jamás lineal, esto es, proporcionales. Cuando ello sucede, sin duda alguna, un paciente se encuentra enfermo; aparece desnutrición, diarrea, pérdida de líquidos, en fin, anemia y ulteriormente leucemia.

 

Una ciudad debe ser alegre, incluso con los recursos con que cuenta. La alegría de la ciudad se expresa en sus colores. Así, por ejemplo, Bogotá es una ciudad roja, por el ladrillo; Lisboa es blanca; Amsterdam es colorida. De manera notable, la existencia y el aprovechamiento del tiempo de que dispone constituye in claro indicador –no económico ni material– de satisfacción y calidad de vida. La industria de la cultura desempeña, así, en este plano, un papel constructivo, sin la menor duda: teatros y salas de música; recintos dedicados a la poesía, museos, y cafés-tertulia, en fin, salas de cine –ojalá de cine-arte, y no simplemente de esos circuitos de cine à la Hollywood, de simple entretenimiento vacío. Ello, sin descontar la eventualidad de numerosos encuentros en recintos privados y particulares pivotando alrededor de la cultura, el conocimiento y las artes, en general.

 

La seguridad constituye en el mundo de hoy un motivo serio de preocupación. Seguridad ciudadana, control del hampa y de las mafias con todos sus negocios y rostros (casinos, trata de blancas, tráfico de drogas, tráfico de armas, corrupción generalizada, agiotismo, grupos sicariales, tortura y homicidios y asesinatos), cuya principal responsabilidad, por acción o por omisión, proviene del Estado y de los gobiernos municipales. El debate frente a cómo ese control municipal no se traduzca en violación de los derechos básicos de sus pobladores, es un tema sustancial aquí por garantizar. Más seguridad y eficiencia no puede significar ni perdida de derechos fundamentales ni polarización en la convivencia urbana entre ricos y pobres.

 

Decía Z. Bauman (3) que la principal forma de control político en las sociedades de hoy consiste en la gestión y fabricación de incertidumbre. Si Occidente es una civilización caracterizada medularmente por el miedo (4), el miedo se vive en la escala cotidiana y para inmensas capas sociales como un fenómeno urbano. Miedo al desempleo, miedo a la enfermedad, miedo al desamor, miedo a la soledad, miedo a la inseguridad, en fin, miedo al miedo. Existen grupos de poder económico y político interesados en generar miedos y temores, incertidumbre y zozobra, pues ello les aporta enormes réditos, pasividad e inacción, división social, aislamiento y ausencia de acción colectiva; además de beneficios económicos, directos e indirectos.

 

De manera atávica, de los centros de las ciudades, producto de su deterioro, abandono, multiplicación de la pobreza y miseria, han salido los ricos, para refugiarse en sus periferias más cotizadas. Esta circunstancia la han estudiada hace tiempo y va acompañada, al mismo tiempo, por fenómenos de gentrificación (5) tanto como de cocooning (6), todo lo cual se traduce en la existencia de guetos sociales, estratificación de las ciudades, división social y mucho resentimiento, de baja o de alta intensidad. Todo lo cual conduce a la formación y fortalecimiento de una mentalidad mafiosa y paramilitar que consiste en que cada quien resuelve sus asuntos como puede, por lo cual apela, si es necesario, a fuerzas privadas de seguridad y vigilancia, ante la inoperancia del Estado y del gobierno (7).

 

Como quiera que sea, estos territorios son sistemas dinámicos inestables –altamente inestables y cambiantes. Más exactamente, en un mundo alta y crecientemente globalizado e interdependiente, su gestión no es simple y llanamente un asunto local o regional. Es además, y cada vez más, un asunto global y mundial. Vivimos, por primera vez en la historia de la humanidad, gracias a los crecientes procesos de integración y globalización e interdependencia en muchas escalas y niveles, un mundo pequeño (small-world theory). Esta circunstancia plantea serias dudas acerca de la gestión de las ciudades.

 

Complejidad de las ciudades

 

La vida contemporánea está constituida, esto es, definida, por tres tipos de sistemas sociales: a) naturales, b) humanos y, c) artificiales. La ciudad es, por antonomasia, el lugar en el que las tres clases de sistemas existen, interactúan, reforzándose recíprocamente.

 

Los sistemas naturales hacen referencia a los sistemas de aguas, a los bosques y áreas verdes intra-urbanas tanto como las que rodean a las ciudades, al mismo tiempo que la calidad del aire que se respira. Al fin y al cabo, el medioambiente está definido por tres unidades físicas, así: la litosfera, la hidrosfera y la atmósfera. Los procesos de urbanización a lo largo de la historia han implicado diversas clases de relaciones con el medioambiente (8).

 

Los sistemas sociales humanos comportan la complejidad misma que es el objeto, al mismo tiempo y en sus entrecruzamientos, de las ciencias sociales, las ciencias humanas y las humanidades. Esta clase de sistemas no pocas veces están atravesados por serios y profundos conflictos que desembocan, en ocasiones, en situaciones de violencia, la cual, por definición, en todas sus manifestaciones, es extrema.

 

Por su parte, los sistemas sociales artificiales aluden a las intricadas redes de la tecnología, en sus niveles elecrónicos y microelectrónicos, de comunicaciones, información y educativos, que han llegado a soportar, literalmente, toda la vida del mundo contemporáneo. El verdadero protagonista de la vida urbana no es ya inmediatamente el individuo en sus relaciones, sino, mejor aún el computador, con sus redes e interfaces. En efecto, la vida social está permeada y posibilitada, condicionada y vehiculada a la vez por poderosas y crecientes redes informacionales, en las que, de manera creciente, la inteligencia artificial, la vida artificial, los sistemas expertos y la robótica se entrelazan de múltiples formas. En otras palabras, la interfase ser humano-máquina cataliza todas las formas de relación y actividad y definen a la ciudad del siglo XXI con caracteres propios, perfectamente desconocidos en la historia de la humanidad. Con seguridad, este aspecto es el que mejor traza la diferencia entre metrópolis y grandes ciudades, de un lado, y ciudades intermedias y pequeñas, de otro.

 

Ritmos acelerados, procesos permanentes y aprendizaje contante marcan a la existencia en nuestra época, de tal suerte que de las ciudades pequeñas hasta las metrópolis la velocidad se incrementa, y con ella, el estrés, el cual, al fin y al cabo, no es otra cosa que el precio biológico que la cultura y la civilización imponen sobre los seres humanos, y cuyo foco de nacimiento y desenlace son las ciudades; de tal suerte que a mayor tamaño de estas mayor es el estrés. El estrés convierte a sistemas frágiles y robustos, en sistemas antifrágiles (Taleb, 2012) (9/10).

 

Las ciudades del siglo XXI son auténticas autopistas de datos de toda índole. Datos van y vienen en incontables direcciones, y en numerosas ocasiones los seres humanos, en su cotidianeidad, no tienen tiempo de pensarlos ni reflexionar acerca de lo que significan, en fin, de evaluar su racionalidad y legitimidad. Literalmente, en el mundo y las ciudades de hoy, cada persona es un conjunto de datos, y cada relación de cada quien con los demás comporta el flujo de millones de datos, por minuto y por segundo; desde las compras en los supermercados hasta los exámenes clínicos de laboratorio, desde el consumo de servicios públicos hasta las lecturas, la radio y la televisión que consumen los ciudadanos, por ejemplo. No en vano, una nueva ciencia ha nacido, notablemente a partir de 1998, encargada de este fenómeno: se trata de ciencia de datos, esto es la ciencia de grandes datos (big data; science data), fenómeno que constituye, a todas luces, uno de los rasgos distintivos de la vida urbana contemporánea. Flujo, almacenamiento, procesamiento, así como producción permanente de nuevos datos, que son, hay que decirlo, la materia prima de procesos y fenómenos de información y comunicación y, por tanto, de la acción, individual y colectiva (11).

 

Gestión posible de las ciudades

 

La forma normal de estudio y gestión de las ciudades se funda en la planeación y, acaso, también en estudios de prospectiva. He ahí dos errores crasos. La planeación –en especial la urbana– implica, de cabo a cabo una mentalidad lineal, y por tanto jerárquica, en tanto que la prospectiva termina siendo voluntarista e inoperante.

 

Los sistemas vivos no son susceptibles de ser planeados, y manifiestamente no lo pueden ser los sistema dinámicos inestables. La buena planeación se hace a corto plazo, y a cuanto más breve plazo se haga tanto mejor será. Predecir, como le gustaba decir, no sin humor, a N. Bohr, es particularmente difícil; sobre todo cuando se trata del futuro.

 

Sólo los sistemas físicos clásicos pueden ser planeados –o planificados–; los sistemas vivos no –es decir, los sistemas dinámicos inestables– no pueden serlo. Por consiguiente, la gestión urbana es un asunto que demanda mucho más que herramientas y control, mucho más que voluntad, planes y fórmulas. Los sistemas vivos no se gestionan: se los vive, y ello implica convivio y experiencia, aprendizaje y adaptación permanentes.

 

Breve nota sobre la sociedad del riesgo

 

La sociología y la antropología, la ciencia política y la administración de los años 80 del siglo anterior, aprendió el concepto de gestión del riesgo y sociedad del riesgo. Sin embargo, la sociedad del siglo XXI –a tan sólo unos lustros de la de los años 80–, es perfectamente distinta: más compleja y sensible, más crítica y dramática.

 

La gestión de las ciudades del siglo XXI es gestión de crisis, así:

 

a) Porque las crisis no han llegado pero pueden tener lugar;

b) Porque las crisis ya están aquí y son inminentes;

c) Porque pueden tener lugar, incluso aunque jamás sucedan.

 

Así las cosas, el tema no consiste únicamente en el desplazamiento de un concepto por otro –“crisis” a cambio de “riesgo”–, sino, mejor aún, en el cambio de un tipo completamente diferente de relación. En verdad, el concepto de riesgo asume, implícitamente, la división entre sujeto y objeto; un sujeto que actúa; un objeto sobre el cual recae la acción. Por el contrario, la noción de crisis comporta la idea de interrelación co-responsabilidad, en fin, participación horizontal, emergencia y autoorganización.

 

Los riesgos y los retos, los problemas y los desafíos se han convertido en el mundo de hoy en fenómenos fuertemente entrelazados (Helbing, 2013) (12), de tal suerte que vivimos en un mundo de profundas, sistemáticas y sistémicas crisis estructurales, aunadas a pequeñas y episódicas crisis temporales y agudas. La gestión de las crisis exige herramientas, enfoques, equipos y formas de organización y acción perfectamente diferentes a las de las sociedades del siglo XX.

 

Las tres características mencionadas de crisis significan la necesidad de acciones y responsabilidades de orden político tanto como económico y militar, a la vez que policivas, sociales y tecnológicas, atendiendo a la vez a las conexiones ecológicas y medioambientales que rodean, atraviesan o implican a las crisis en curso, alrededor del mundo, y que afectan muy notablemente a la vida de las ciudades.

 

Un fenómeno crítico significa que existe una línea que si se cruza, las cosas podrán ser irreversibles. En buena ciencia, un estado crítico o un punto crítico quieren decir un momento a partir del cual la historia sufre bifurcaciones, o bien a partir del cual un fenómeno cambia cualitativamente.

 

Los centros de riesgo y los centros estratégicos –por ejemplo, las centrales de riesgo bancario, o las centrales de control de transporte público, o las centrales de policía, o los números de emergencia (911 en Estados Unidos, 123 en Colombia)– son ejemplos magníficos de gestión de datos, esto es, de trabajo con datos como de situaciones, personas, circunstancias, eventos y procesos. Un dato y un conjunto de éstos no acarrean riesgo alguno, apuntan, más bien a fenómenos y procesos, reales o potenciales de crisis.

 

Centralismo/descentralización como un fenómeno de salud mental

 

Es un rasgo distintivo de los países menos desarrollados que el conflicto ya no se plantea entre campo y ciudad, sino, mucho mejor aún, entre centralismo y descentralización. Los países latinoamericanos, quizás con la salvedad de Brasil, son altamente centralizados. En blanco y negro, una cosa es vivir en la capital de cada país, y otra muy distinta en la provincia. Las condiciones de vida, su calidad y la dignidad humana favorecen a las capitales sobre las ciudades de la periferia, incluso a pesar de que en muchas ciudades medianas e intermedias que no son capitales existe un grado mayor de satisfacción con respecto al medioambiente y la calidad de vida, ecológicamente hablando, puede ser mejor.

 

La asimetría entre centro y periferia –centralización versus descentralización– conlleva diferencias sensibles en las condiciones y calidad de vida de los habitantes de las diferentes ciudades. Pero con ello, el problema sensible que emerge es el de las relaciones entre equidad, justicia social y violencia. Colombia constituye aquí un ejemplo conspicuo: existe una bipolaridad –por tanto, un serio desorden de salud mental– cuando se vive al país y al mundo desde Bogotá, y cuando sucede desde las poblaciones más aisladas y periféricas. En Bogotá se vive una realidad que poco y nada tiene que ver con la realidad de la provincia. Colombia vive debido a la violencia social, política y militar, una esquizofrenia de más de cincuenta años. México pareciera estar entrando en la misma línea debido a la creciente ola de violencia social y paramilitar. El caso de los 23 estudiantes de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero, al sur de México, constituye tan sólo uno de los más recientes episodios. Los gobiernos centrales y departamentales intentan siempre negar o disminuir la gravedad de los acontecimientos. La vida en cada capital se vive como en un espejo o una filmación, es decir, como un fenómeno “a distancia”.

 

La asimetría centralización/descentralización provoca la creación de cinturones de miseria alrededor de las ciudades intermedias, grandes y metrópolis –favelas (Brasil) y villas (Argentina)–, el abandono del campo y el consiguiente fortalecimiento del latifundio, la pérdida de la soberanía y la seguridad alimentarias, en fin, promueven el sicariato y el paramilitarismo, en todas sus expresiones y niveles: el hampa como una forma de vida.

Como quiera que sea, la vida en las grandes ciudades pivota alrededor del consumo. Tres de los cuatro jinetes del apocalipsis pueden ya ser claramente identificados; estos son: la propaganda y la publicidad, el marketing (mercadeo) y el diseño, notablemente el diseño industrial. Conjuntamente los tres producen sujetos deseantes. La esencia del capitalismo es el deseo y la esquizofrenia (13): estos sujetos produce sujetos que desean lo que no tienen, desean las cosas que tienen otros, en fin, desean los deseos de los demás. 

Pues bien, estos son fenómenos y comportamientos claramente urbanos. Estos comportamientos se acentúan en la dirección que conduce de la provincia al centro, de las pequeñas ciudades hacia las metrópolis. La vida urbana en el mundo de hoy acontece esencialmente como una experiencia de consumo e hiperconsumo, supuesta incluso la obsolescencia programada. El hiperconsumo: la más reciente forma de control y manipulación política de la sociedad. Un auténtico problema de salud mental. 

 

1 De Rosnay, J., Servan-Schreiber, J.L., Closets, F. de, Simmonet, D., Una vida extra. La longevidad: un privilegio individual, una bomba colectiva, Madrid, Anagrama, 2006.

2 La muerte de una ciudad se evidencia en una población decreciente, abandono de las principales industrias, disminución sensible del comercio, en fin, abandono, empobrecimiento y violencia.

3 Z. Bauman, En busca de la política, México D.F., F.C.E., 2002.

4 J. Delumeau, El miedo en Occidente, Madrid, Taurus, 2012.

5 Se entiende por tal el proceso mediante el cual sectores –esto es, zonas y barrios– pobres y marginados son progresivamente desplazados por otros sectores de mayor poder adquisitivo y gradual y radicalmente renovados.

6 Con ello se alude al proceso mediante el cual los individuos participan cada vez menos de la vida social y política, refugiándose en su casa, como en una fortaleza; de manera tradicional, esta actitud coincide con un proceso de conservadurización (= derechización), políticamente hablando.

7 La expresión cotidiana de paramilitarismo son los super-héroes del estilo de las películas de Marvel, Supermán, Batman, y tantos otros. La seguridad ciudadana debe ser fundamentalmente un asunto del Estado y del gobierno. Antes que una mentalidad heroica y de justicia, esta clase de imágenes e íconos promueven una actitud paramilitar y mafiosa.

8 F. Fernández-Armesto, Civilizations: Culture, Ambition and the Transforation of Nature, New York, The Free Press, 2002.

9 Taleb, N. N., Antifragile: Things That Gain from Disorder, Random House, 2012.

10 De acuerdo con un autor, un sistema antifrágil es aquel que puede beneficiarse de retos y obstáculos, de impedimentos y dificultades. Sin lugar a dudas, el beneficio es al mismo tiempo biológico y cultural.

11 Cfr. Maldonado, C. E., Introducción a la ciencia de punta, hoy, Bogotá, Desde Abajo (Colección Primeros Pasos), Nº 15, de próxima circulación.

12 Helbing, T., “Globally networked risks and how to respond”, en: Nature, 2 de mayo, Vol. 497, pp. 51-59, 2013.

13 F. Guattari, El Antiedipo: Capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, Paidós, 1985.

 

*Profesor titular, Facultad de Ciencia Política y Gobierno, Universidad del Rosar

 

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