Home Ediciones Anteriores Artículo publicado edición No. 118 El problema de la libertad. Vínculos afectivos y relaciones sociales*

El problema de la libertad. Vínculos afectivos y relaciones sociales*

El problema de la libertad. Vínculos afectivos y relaciones sociales*

Este artículo es muestra clara de un ejercicio de palabra en comunidad que se lleva a cabo en Medellín (Colombia) mensualmente, y en el que se congregan ciudadanos del común para dejarse afectar por reflexiones sobre la vida cotidiana que cobra características singulares en nuestro tiempo.


Barajando la libertad entre el individuo y el individualismo

 

La libertad, como mucho de lo que acontece con lo humano, no es condición y ni siquiera experiencia que advenga naturalmente o esté garantizada en nuestro paso por el mundo. Como cualquier disposición que se concreta en el doble ámbito que conjuga cada uno de nosotros en sus periplos vitales, valga decir, el individual y el social, la libertad, de un lado, se puede multiplicar y expandir en libertades. Esto es: cualquier libertad, para que lo sea, debe concretarse en individuos, y cada uno de ellos encarna una expresión singular de lo que aquí hemos nombrado un tanto abstractamente como libertad; y, de otro, las sociedades articulan a los individuos en marcos de regulación o autorregulación en forma tal que les sea posible la realización de una vida en común, en el nivel de los vínculos afectivos o los lazos sociales. Dicho de otro modo, quizá el más claro que sea posible, los individuos no podemos asumir el estado actual de nuestras libertades como escenario definitivo, porque éste siempre hace parte de una trama dinámica, compleja e histórica que es, al mismo tiempo, resultado del acompasamiento o desacompasamiento de los sujetos, y del compromiso o distanciamiento que se da entre ellos.

 

Dicho lo anterior, urge formular dos preguntas, como otra manera de introducir el problema intrincado en que nos hemos propuesto avanzar: ¿Podemos establecer compromisos, resultado de un actuar conjunto, que les den a los asuntos humanos una durabilidad que de otro modo no tendrían, contando con la libertad propia y la del semejante? O sea que vemos como un apremio el estar preguntándonos si somos capaces aún de idear un vivir juntos sin desmedro de la libertad. Pero tal pregunta y la conciencia de la insociabilidad propia de lo humano no es necesariamente la declaración de un impedimento absoluto para la realización de lo social o el anuncio de una irreversible declinación de sus posibilidades en el presente. Todo lo contrario. La pregunta pudiera ser una invitación a que nos reconozcamos como seres que pueden realizar la experiencia de su humanidad conjuntamente, optando al mismo tiempo por la libertad como condición de la individuación.

 

Libertad positiva y libertad negativa

 

No está de más señalar que la pregunta por la libertad de la que efectivamente goza el individuo, en su vida pública y en la personal, no es fácil de formular, pues en este dominio entran en juego las mismas fuerzas reactivas que ya llevaban a Platón a señalar al ignorante como aquél que no quiere saber de su ignorancia y que, por el contrario, pretende saber lo que no sabe, ante lo cual se puede decir, en lo atinente a la libertad, que también para con ella una gran dificultad estriba en que muchos esclavos se creen libres. El gran tema de la libertad reitera la necesidad de pensar la existencia que vivimos, y la que pudiéramos y debiéramos vivir, sin arredrarse ante el peso de lo establecido (necesidad que sería deseable verla habitar en la ciudadanía contemporánea).

 

Teniendo presente esta indicación, en nuestra época –tal como lo dice Isaiah Berlin– se puede reconocer una libertad negativa y una libertad positiva, advirtiendo que estas denominaciones no son valorativas sino meramente descriptivas. La libertad negativa, estandarte del pensamiento filosófico liberal, se define por la ausencia de obstáculos, por la reducción al mínimo de los impedimentos que se erigen ante el individuo para que éste despliegue su acción. La libertad positiva, la que reclama, por ejemplo, el marxismo, atañe al gobierno de sí mismo o de la sociedad, esto es, se concreta como formas propositivas de hacer la vida y de expandir sus posibilidades, contando con el otro y los términos de su propia libertad. He aquí un ejemplo sencillo de estas dos concepciones de la libertad: para el primer caso, soy libre cuando nada me impide la expresión de mi palabra; para el segundo, lo soy cuando la ejerzo efectivamente.

 

Un individuo experimenta y ejerce la libertad en relación a otros individuos, lo que se escenifica para él en dos dominios: el de su vida personal y el de su existencia social. En ambos casos, la libertad no se puede confundir con ausencia de determinación ni con abrogación de la ley, pues ésta es condición insuperable del lazo social, lo cual estipula que la libertad sólo es dable entre seres humanos y según el vínculo que éstos establezcan. En cualquier caso, el individuo concreto constituye el baremo de la libertad y lo define la vida real que éste realice, con lo que afirmo que la libertad individual es asunto de posibilidades subjetivas y de condiciones propiciadas por la sociedad puntual en cuyo seno se despliega la existencia.

 

Ahora, un individuo que asume su libertad en sentido positivo es alguien que debe responder por lo menos a características como estas: 1. Ama su condición de ser libre; 2. Quiere la libertad para hacer algo con ella; 3. Busca hacerse a elementos de juicio que clarifiquen y sustenten su decisión; 4. Se hace responsable de sus acciones; y 5. Puede explicarles a los demás, con razones y argumentos, las posiciones que adopta.

 

La pareja de hoy

 

Si hemos de seguir la pista de la libertad en las relaciones afectivas, indefectiblemente hay que comenzar por una interrogación en torno a la pareja. El emparejamiento humano, asunto que nada tiene de natural, puede cobrar formas totalitarias o democráticas, dependiendo de la soberanía y la suerte del individuo en este lazo social. Que la pareja nada tiene de natural, y que el modelo actual en que ella se concreta no parece favorecer la libertad del individuo, es algo que se puede visualizar sin dificultad en los síntomas que no deja de manifestar y que gritan a los cuatro vientos, si no el fracaso generalizado de esta experiencia, por lo menos su profunda crisis.

 

Algunas manifestaciones de la impropiedad del modelo de vínculo afectivo que hoy prima, es decir, de su insuficiencia para satisfacer en gran medida la realización personal de sus integrantes, están al alcance de todos: 1. La finitud que le traza a la pasión, entendiendo por ésta el “incesante desear” y la disposición renovada de búsqueda y renovación del ser a partir del encuentro con el otro; 2. El imperio de la monotonía, valga decir, de hábitos carentes de interés por ausencia de una re-creación significativa de los comprometidos; 3. La disposición a la irritación, en tanto que el ‘otro’ termina por considerarse un verdadero impedimento para la realización propia; 4. La entrega a la resignación, habida cuenta del olvido del deseo y de la abdicación de cualquier ideal elevado; 5. El establecimiento de ideales compensatorios como la sobrevaloración de los hijos y la apuesta por el ascenso social; y 6. La creciente disolución de las parejas y la paulatina convicción acerca del carácter finito de todo lazo de esta índole.

 

Sin duda, el actual modelo de pareja hace agua por todas partes, pero lo peculiar es que no se quiere pensar la institución sino que se persiste en psicologizar y moralizar a sus integrantes, haciéndolos imputables del fracaso que se cierne sobre el vínculo. Dicho de forma más directa: la pareja así vivida es un territorio para la violación de la libertad individual.

 

Pero adelantar estas interrogaciones exige a la vez desnudar las falacias y los recursos denegadores del cuestionamiento al modelo actual de pareja, falacias y recursos de común invocación, como: 1. Acusar a los críticos de la institución de ser promotores del caos y la anarquía; 2. Tomarla como forma ahistórica, incontrovertible e insuperable; 3. Amenazar con que, sin esa disposición de la pareja, son imposibles el compromiso interpersonal y la historia compartida; 4. Advertir que por fuera de ese modelo de pareja es imposible la familia; 5. Dejar claro que, si el modelo falla, ello se da por la incapacidad psicológica o la insuficiencia moral de uno o los dos miembros de la pareja; y 6. Asegurar que, para consumar ese modelo, se requiere ‘madurez’, en tal forma que quien no se resigna a él carece de ella.

 

Sin embargo, si se sortean estas falaces afirmaciones, se hace necesario abrir un campo de preguntas: ¿Qué es hoy una pareja? ¿En qué se funda? ¿Cuál es su acto constituyente? ¿Qué se autoriza respecto del individuo? Arriesgando respuestas rápidas, hemos de decir que en nuestros días la pareja es ese extraño acuerdo de delegación mutua de soberanías personales, a la luz de un proyecto común que busca sostenerse en el tiempo; que ella se funda en el presupuesto de un deseo mutuo y concerniente a los individuos en su amor y su sexualidad; que ella se constituye a partir de la declaratoria, explícita o implícita, de la posesión mutua que hacen sus miembros; que cada uno se autoriza el monopolio sobre el otro, en particular sobre el sentimiento amoroso y el cuerpo sexuado, además de que se acreditan formas de control, vigilancia y sanción sobre variados dominios de la subjetividad del partenaire.

 

El fuero que se arroga cada individuo de la pareja ante el otro, que ejerce con frecuencia y en forma sutil, y dando por sentado que es lo normal, cubre algunos aspectos de la vida personal: sentimientos, sexualidad, disposición de tiempos, despliegue de espacios, implementación de comunicaciones, establecimiento de otras compañías, intimidad de los pensamientos, forjación de proyectos y fines, toma de decisiones, ejercicio de movimientos, presencia de silencios, volcamiento a un dominio de privacidad, etcétera. Nada de esto es normal, natural o inevitable, y hay que preguntarse, de un lado, por qué es así y no de modo diferente, y, de otro, si la pareja sólo es dable si se acepta el vasallaje recíproco que imponen estos fueros.

 

Cuestionar el modelo actual de pareja y barruntar otras posibilidades de vínculo para ésta es señalar a aquél como un dispositivo enajenador de la soberanía de los individuos, e indicar con éstas que es posible concebir lazos serios y comprometidos entre seres libres y autónomos. Por el momento, lo que se propone es empezar a concebir la pareja humana como una forma de camaradería existencial.

 

* Este artículo es la síntesis de uno de los temas tratados en «La conversación del miércoles», proyecto de formación ciudadana en Medellín, organizado desde hace cinco años por la Corporación Estanislao Zuleta y otras entidades que lo respaldan: Comfama, Confiar, Haylibros.com, entre otras. Ciclo 2012: De la cultura quree tenemos a la cultura que queremos. Equipo del proyecto: Carlos Mario González, Diana Suárez, Vincent Restrepo, Álvaro Estrada, Eduardo Cano, Santiago Gutiérrez, Alejandro López, Isabel Salazar y Sandra Jaramillo. Más información y publicación completa en: www.corpozuleta.org o en http://bit.ly/CdelM12.

 

 


 

 

Palabra desatada

 

“Yo iba por el mundo así: ¡en una tranquilidad!, hasta que empecé a venir a aquí”. Esto que dijo una de las asistentes a la cita mensual de la tertulia que realizamos a los ocho días de la conferencia central (metodologías que se despliegan en este proyecto de formación ciudadana) bien pudiera ser un pensamiento común a varios asistentes.

 

Como ronchas incómodas emergieron animosas preguntas a las tesis antes reseñadas entre los ciudadanos participantes en los encuentros: ¿Qué es una pareja hoy día? ¿Puede ser de otra manera? ¿Cómo se las ve la pareja con las subjetividades de sus implicados? ¿Cómo relacionarse en el encuentro amoroso? ¿Qué otros modelos posibles hay de relacionamiento? ¿Están en crisis el vínculo afectivo o el modelo de pareja? ¿Se están dando cambios en las mentalidades? ¿Qué se hace con otro a quien no se valora más allá de la vivencia de una satisfacción placentera? ¿Están en crisis la pareja o la indisolubilidad del vínculo? ¿Más allá de la terminación de la pasión amorosa, es posible una valoración trascendente del otro que no implique la ruptura absoluta del vínculo que se tenía? ¿Qué diferencia el sentimiento amoroso del de la amistad? ¿Cuáles son los compromisos vitales entre los integrantes de una pareja? ¿Persisten tan ligados el sentimiento amoroso y la identidad, como en el modelo del amor romántico? El amor y el tiempo, en una relación de amorosa, se exigen recíprocamente. ¿Cómo resolver esa exigencia?

 

Parece haber en nuestro tiempo un entendimiento y una vivencia de carácter dominante, específico y cristalizado de lo que es una pareja que constituyen dos personas que aseguran amarse. Se decía que los comprometidos, explícita o implícitamente, delegan su soberanía, y al unirse en pareja afirman: mi intimidad, mi tiempo, mi silencio y más son tus dominios, y tú su único soberano. Bien, como sucede con otras vivencias de la vida cotidiana, ¡también naturalizamos la de la pareja! Por tanto, será conveniente aún que resultemos expuestos a discursos que pudieran crear fisuras en las cristalizaciones en que resolvemos la existencia y de las que nos valemos para juzgar a diestro y siniestro. Hay instituciones sociales que son escenarios donde realizamos la vida, como la de la pareja, y por ello, toda vez que se pongan en interrogación, habremos de vérnoslas con una dificultad tremenda, porque interrogarlas es poner en entredicho la identidad en que nos afirmamos.

 

Si los participantes de una relación de pareja a nada se autorizan, ¿entonces qué relación es esa que tienen? ¿Puede darse una relación entre humanos, eximida de toda autorización recíproca? A propósito de la tesis de que una pareja no debe ser más que una camaradería existencial, hubo quienes se acogieron a la afirmación de que ninguna propuesta ofrecía algo para la pareja, y sí una para el fenómeno de la amistad. Quien diga de otro que es su pareja está haciendo una distinción de ese a quien así llama, pero ¿lo privilegia entre otros? Y, a propósito de la otra tesis, que habla de que la pareja es un territorio de la violación de la libertad individual, se planteaba: el amante genera demandas al objeto de su amor, ¿pero sobre qué se fundan esas demandas suyas, nuestras, cuando amamos? ¿Qué exigir del otro, y por qué y cómo? ¿Hay unos mínimos éticos para el amor y sus implicados? Pues, bien, el pacto que se hace con el otro, si bien no es líquido, tampoco es inmodificable. ¿Aprender mucho de la amistad para la realización de los vínculos amorosos? Pero en la amistad también los protagonistas de ella se permiten intervenciones sobre la intimidad del otro y la propia, y eso no se asume como atentado contra la individualidad. ¿Ocurre en la amistad un relajamiento que no ocurra en la pareja?

 

Empero, los asistentes a esta tertulia estábamos seguros de que las proposiciones que se ofrecieron sobre la relación pareja-libertad no se sostenían en discursos ligeros; de que la respuesta a la pregunta por la pareja no ha de ser un modelo alternativo que se establezca, pues ello negaría la ocurrencia de la subjetividad; de que las sociedades pueden establecer formas de relacionamiento para los vínculos afectivos y las relaciones sociales muy atentatorias de la subjetividad; de que la historia social está muy desacompasada de la historia de las mentalidades; de que los contextos sociales posibilitan los procesos de individuación; de que las ideas que tenemos, conscientemente o no, determinan las elecciones que hacemos, la vida que vivimos.

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