Algo que realmente desconocemos son los objetos de arte ritual que pertenecen al pasado prehispánico de Colombia y, más aún, acerca de lo que representan y simbolizan. Una extraordinaria visión de tales manifestaciones artísticas, en las piezas del Museo del Oro, se despierta cuando en ellas se encuentra un paralelo con la ciencia y la astronomía de la época, y se descubre un simbolismo astronómico hasta ahora desconocido.
Entendemos el arte precolombino como manifestación del espíritu humano, que
desde su silencio y su desconocimiento cultural habla de la identidad múltiple que nos constituye;
arte que perteneció a milenarias tradiciones culturales, que floreció mucho antes de la llegada de
los conquistadores españoles; arte que nos vuelca al pasado y de algún modo también al presente en
la medida en que ha construido la historia y la conciencia mestiza americana. Se trata de la otra
mitad del mundo: del mundo de un continente evolucionado por un camino tan diferente del
europeo.
Ciencia o éxtasis chamánico
El arte de la época precolombina se manifiesta con un lenguaje
iconográfico a base de signos y símbolos, que tienen su raíz en la ciencia, en la astronomía de la
época. Hasta entonces se había pensado que las figuras orfebres y en general las imágenes artísticas
precolombinas eran producto de los efectos embriagantes o alucinantes que caracterizan las
experiencias de éxtasis propias del chamán, inducidas con sustancias enteógenas, y en las cuales el
iniciado podía revivir el mito de origen del universo, la vida y el hombre, y en una dimensión
extratemporal asistir a los acontecimientos que originaron la fabulosa complejidad del
cosmos.
Pero nuestras observaciones permiten deducir que no se trata del resultado de una
visión chamánica fundada simplemente en las experiencias extáticas sino que tales representaciones
mítico-simbólicas se basan en un conocimiento cosmológico: identificamos que ciertas configuraciones
estelares corresponden a diseños iconográficos de la orfebrería precolombina. Ello indica que
responde a la creación de un imaginario alimentado por el mito y las experiencias suprasensibles, y
que halla su fuente original de representación en un saber astronómico que al mismo tiempo fue
geométrico y arquitectónico, saber que consistía en una suma de observaciones transmitidas como un
libro abierto de generación en generación. La lectura de esas observaciones astronómicas corroboró
su sistema de vida basado principalmente en la agricultura. Sabían que el curso celeste de los
astros mayores, la Luna y el Sol, y la danza regular de las constelaciones, incidían en el cambio
del clima y las estaciones e indicaban el momento propicio para sembrar y cosechar.
El motivo del Hombre Pájaro y la constelación de Orión
En nuestras investigaciones reconstruimos el escenario
que ‘originó’ uno de los motivos iconográficos más relevantes de Colombia y Centroamérica:
identificamos que la constelación de Orión revive a un antepasado divino que viajó a la Tierra bajo
la forma de Hombre Pájaro, motivo representado en el arte orfebre precolombino a modo de colgante y
pectoral, que el reconocido antropólogo colombiano Gerardo Reichel-Dolmatoff denomina y clasifica el
Icono A del Vuelo Chamánico (véase, como ejemplo, la figura 1)(1). Este motivo se presenta en la
orfebrería y aparece en la cerámica de Mesoamérica y el arte textil de América del Norte; además, se
representa tradicionalmente en el juego de la pita, la pintura cerámica (Figs. 4 y 5) y los
petroglifos de la cultura Tukano del Vaupés. Esta cultura, mediante su cosmología, magistralmente
estudiada y dilucidada por el mencionado antropólogo en Chamanes de la selva pluvial (2), nos develó
el simbolismo astronómico que construye la imagen arquetípica del Hombre Pájaro con la constelación
de Orión.
Recordemos cómo las constelaciones son configuraciones imaginarias que en las
mitologías del mundo revivieron la presencia de divinidades o héroes civilizadores. Pues los astros
eran deificados y considerados una manifestación de lo sagrado. Y, si las entidades mitológicas
adquirieron una valencia astronómica, tampoco podemos dejar de lado las imágenes artísticas no
ajenas a tales representaciones mítico-astronómicas. En los vestigios del arte griego, egipcio,
chino, indio, se evidencia la presencia de imágenes religiosas que encarnan astros y constelaciones.
Por tanto, no se puede desconocer que, habiendo sacralizado al Sol, la Luna, las estrellas, las
constelaciones y la Vía Láctea, estas divinidades no hayan sido rememoradas mediante diversas
manifestaciones artísticas de la América antigua.
Reloj de
arena de Orión
Para identificar a Orión con el motivo
precolombino del Hombre Pájaro, observemos cómo se presenta la constelación: las estrellas más
luminosas forman un diagrama parecido al de un reloj de arena (véase fotografía y Figs. 2, 3 y 6).
Ahora bien, el pectoral o colgante del Hombre Pájaro, representado en pleno vuelo (como aparece en
las Figs. 7 a 12), con alas y cola desplegadas, se circunscribe al diseño básico del reloj de arena
de Orión, diseño que también mencionaremos como jeroglífico de Orión (en una de sus representaciones
más simples describe dos triángulos opuestos, unidos por sus vértices). Mientras las alas
desplegadas le dan forma al triángulo superior del jeroglífico de Orión, la cola desplegada describe
su triángulo inferior, con equilibrio entre las dos zonas superior e inferior del icono que
representan respectivamente lo masculino y lo femenino, lo solar y lo lunar, lo celeste y lo
terrestre, lo calido y lo húmedo, lo lumínico y lo oscuro, lo seminal y lo uterino. A esto se suma
que, en el mismo vuelo del ave chamánica, se describe la unión del Cielo, considerado masculino, con
la Tierra, femenina. Otro aspecto: en algunos de estos motivos, en la zona media, es representado el
cinturón chamánico (como aparece en la Fig. 13) y, según nuestras observaciones, éste simboliza las
tres estrellas contiguas del cinturón de Orión (Alnitak, Alnilam (e) y Mintaka).
Orión es
representado geométricamente por un reloj de arena, pero éste se aplica a la vez a las fuerzas y
fenómenos de la naturaleza. Imaginado tridimensionalmente, nos sumerge en tornados, remolinos de
agua, de polvo, de nubes, o en las corrientes de aire térmica que las aves aprovechan para reservar
energías en su vuelo y alcanzar alturas enormes. Así que el hombre que se transforma en pájaro (que
porta el pectoral al que hace mención) vuela por la hélice del viento, encarnando el espacio
cosmológico del jeroglífico de Orión (compárese Fig. 14 con Fig. 15), estableciendo el equilibrio
aerodinámico de las formas simbólicas: su vuelo en ascenso describe la hélice uránica o celeste, y
su vuelo en descenso la hélice ctónica o terrestre, y une el Cielo con la Tierra para propiciar el
perfecto enlace de todos los elementos que originan la vida.
Mito fecundador
No podemos perder de vista que,
para las tribus Tukano del Vaupés, la cultura Kogi de la Sierra Nevada de Santa Marta y los antiguos
Muiska de la región cundiboyacense, el ave simboliza el ‘pene del Sol’, en su viaje etéreo
transporta la corriente seminal del Dios Sol para depositarla en el útero-mundo; es decir, en la
zona inferior del jeroglífico de Orión, donde precisamente se ubica la Gran Nebulosa de Orión (como
aparece en la fotografía), imagen-símbolo del semen cósmico, que, según el contexto mítico con el
icono, resulta depositado por el ave chamánica. Se diría que los rayos fertilizadores del Sol se
describen en forma alada, descendiendo de la Vía Láctea hacia la Tierra para
fecundarla.
De lo simple a lo complejo
Distinto de lo que se creía, el motivo del Hombre Pájaro surge de la
simplicidad en el diseño (como se observa en las Figs. 7 a 12), a partir del cual explora la
complejidad (como se ve en las Figs. 1 y 13). Una vez adherido al diseño del reloj de arena,
inspirado en la constelación de Orión, el motivo iconográfico se despliega a composiciones y formas
simbólicas más complejas y multiformes, asociándose con otros animales mitológicos: jaguar,
lagartija, sapo, pez, entre otros.
Es de entender que algunas de estas piezas u objetos
rituales precisan una lectura calendárica. La disposición de los jeroglíficos de Orión en los
pectorales circulares Quimbaya de las Figuras 16 y 17 lleva a construir un calendario y pautar un
registro astronómico del tiempo. Al despliegue imaginario del orfebre se suman las largas horas de
observación de los cielos, práctica común entre chamanes y sacerdotes que, además de iniciarse en
conocimientos místicos y religiosos, eran, entre otras cosas, artistas, astrónomos, arquitectos,
médicos y botánicos.
La constelación de Orión vuelve a hablar de la magnitud cosmológica y
calendárica de los objetos de arte sagrado, del lenguaje primigenio de las aves: de las aves como
mensajeras de lo divino que descienden de la bóveda estelar, su antigua morada, para traer la
fertilidad al mundo. A esto se suma el haber hallado que Yuruparí, héroe mitológico de la Amazonia,
encarna tal constelación para darle sentido al acto original de fecundación. Según el mito Tariana,
éste se viste de las estrellas de su constelación, al parecer del gavilán real para dirigirse hacia
su madre primordial Seucy, la constelación de las Pléyades (gran constelación-madre que, bajo su
forma hexagonal, envuelve la constelación del hombre, de Orión).
Orión, en el templo Kogi
Ahora bien, es
importante señalar que el diseño tridimensional del reloj de arena de Orión tiene analogía con la
proyección cosmológica del templo Kogi (véase Fig. 18) que, orientado astronómicamente por su centro
celeste Épsilon o Alnilam (la estrella central del cinturón de Orión), demuestra que el mito del
Hombre Pájaro se proyecta en la casa y el universo al mismo tiempo. Recordemos que en las religiones
‘naturales’ o ‘cósmicas’ el hombre se sentía uno con el cosmos. Al transformarse en pájaro y otros
animales, se unía a su propia esencia u origen totémico, sin distanciarse de los ritmos vitales y
cambiantes de la naturaleza, experimentando armonía con el universo y encontrando, desde su
casa-templo, respeto y manejo adecuados de los ecosistemas con la creación de sus ‘leyes de origen’.
Además de que el templo se concibe como “reflejo del cosmos”, en los Kogi sirve de observatorio
astronómico. En palabras de Reichel-Dolmatoff, “un pequeño agujero en la techumbre cónica del templo
deja entrar un rayo de luz solar o lunar que, en el caso del Sol, traza el esbozo de los solsticios
y equinoccios en la oscuridad del interior”(3). El reloj astronómico, al remitirnos a la
configuración alada de Orión, describe la presencia del Hombre Pájaro como antepasado mítico,
descendiendo de la Vía Láctea (de Épsilon) y transportando los rayos divinos del Sol al
útero-templo, imagen análoga del útero-Tierra, para fecundar la oscuridad de su interior. El cuerpo
se proyecta en la casa y el cosmos para crear un sentido de equilibrio del microcosmos con el
macrocosmos.
Queda por concluir que arte, arquitectura y astronomía se concibieron en forma
equivalente, en una unidad esencial. El arte orfebre tuvo como modelo original de creación la
orientación astronómica de los templos, más específicamente las constelaciones. El conocimiento
sobre el ciclo regular de las constelaciones sirvió como punto de partida para elaborar un arte
codificado y calendárico. Estamos frente a un hallazgo en Antropología del Arte que hace que las
piezas de oro o tumbaga (pectorales, diademas, colgantes, otros) del Museo del Oro que observemos,
comiencen a hablarnos de un simbolismo astronómico hasta entonces desconocido. Nuevas
interpretaciones y lecturas quedan por realizar en aras de la comprensión de los principios
estético-religiosos de nuestro pasado milenario.
Coda
Las culturas indígenas y su legado están
desapareciendo en nuestro país por el flagelo de la violencia que los ha despojado de sus tierras y
no ha permitido la diversidad y la autonomía de los pueblos, que no ha permitido la paz en el
entendimiento. Sentimos con indignación la consecuente imposición de la miseria y el desplazamiento
en la pérdida de esa gramática del equilibrio entre la naturaleza y el hombre, entre lo uno y lo
diverso.
Ilustraciones por Viviana Gutiérrez Gracia *
El artículo aborda parte del hallazgo en Antropología del Arte publicado en Vuelo mágico de
Orión y los animales mitológicos, Bogotá, 2009, por Luz Myriam Gutiérrez y Manuel Alberto Torres,
con ilustraciones de Viviana Gutiérrez, artistas investigadores integrantes de la Fundación Cultural
Viento Teatro que autónomamente asume otros campos del conocimiento a la luz de nuevas
interpretaciones del arte y el mito amerindios. Han publicado otro libro, titulado De lo sagrado en
el arte y el pensamiento mítico, Bogotá, 2007. 1 Véase
Gerardo Reichel-Dolmatoff, Orfebrería y chamanismo. Un estudio iconográfico del Museo del Oro,
Editorial Colina, Medellín, 1990. 2 Gerardo
Reichel-Dolmatoff, Chamanes de la selva pluvial. Ensayo sobre los indios Tukano del noroeste
amazónico, Editorial Themis Books, 1997. 3 íd.
Rostros del autoritarismo
Carlos Fajardo Fajardo
El Atlas del medio ambiente. Amenazas y soluciones
Autores varios
La decadencia del poder estadounidense
Immanuel Wallerstein
Crear competencias para pensar las ciencias: Hacia una enseñanza universitaria sin aprendizaje
Gonzalo Arcila Ramírez
De Macondo a mancuso: Conflicto, violencia política y guerra psicológica en Colombia
Edgar Barrero Cuellar
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