No hubo acto protocolario alguno y tampoco una decisión formal de disolución. La República de Colombia simplemente dejó de existir. No alcanzó a durar siquiera los 10 años previstos para su evaluación como proyecto de Estado en la Constitución de Cúcuta, de 1921. Había fracasado el intento de construir un gran Estado que abarcara los territorios que hoy pertenecen a Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá. Este fracaso merece una reflexión que esté a la altura de lo sucedido. Justamente, esta realidad político-administrativa de hoy, que nos parece algo casi natural, es lo que nos impide interpretar cabalmente tal acontecimiento crucial.
El nombre, incluso, es fuente de malentendidos. Es curioso: pocos
colombianos saben o tienen en cuenta que jamás existió un país o Estado
que se llamase Gran Colombia como nos enseñan los libros de historia.
Esa fue una designación que se utilizó años después –para diferenciar–,
cuando el país que hoy ostenta el nombre de Colombia dejó de llamarse
Nueva Granada. Esta decisión tampoco representaba inicialmente una
fuerte convicción; aún entonces se apreciaba Colombia como un proyecto
o una aspiración mayor. Obsérvese, por ejemplo, que en la Constitución
federalista se hablaba de Estados Unidos de Colombia, en el mismo
sentido que los Estados Unidos de América, es decir que, de alguna
manera, se seguía entendiendo como un proyecto abierto. En síntesis,
Colombia, como señal de identidad de una nación como la actual, sólo
vino a consolidarse a finales del siglo XIX.
Esta disquisición nominalista no es ociosa: nos indica que
probablemente la investigación histórica equivoca el camino cuando, una
y otra vez, se apoya en el sentido común y parte de la ficción de un
acto fundacional en el cual tres o cuatro naciones decidieron unirse.
El hecho consiste en que no había tales naciones.
Las razones del fracaso
En el volumen correspondiente de la Historia extensa de Colombia se
dice: “En el lapso breve transcurrido entre la salida del Libertador y
su muerte, ocurrida en Santa Marta, se presenta para Colombia la
disolución definitiva”1. Pero es necesario no extraer conclusiones
apresuradas. En efecto, el proyecto estaba en cierto modo ligado a la
persona de Bolívar, como tal había sido anunciado por él en el Congreso
de Angostura de 1819, pero iba mucho más allá y respondía a las
propuestas y los intereses de muchas otras personas y grupos sociales.
Además, los síntomas de la disolución venían presentándose por lo menos
desde 1826. Dan cuenta de rebeliones militares y descontento frente a
algunas de las decisiones tomadas por el gobierno, localizado en
Santafé, para no mencionar la conspiración que llegó hasta atentar
contra la vida de Bolívar en septiembre de 1828. Esto último demuestra,
por cierto, que, si bien la popularidad y por tanto la autoridad de
Bolívar podrían interpretarse, por algunos aspectos, como el factor
supremo de cohesión, no es menos cierto que abundaban también las
resistencias y los odios. Y no debe llegarse a la simplificación de
afirmar que se trataba de conspiraciones en Santafé (o “colombianas”)
en contra de un “venezolano”, porque en territorio de Venezuela no era
menos significativa la oposición. Páez llegó a poner como condición
para su reconocimiento del Estado –es decir, de la República de
Colombia– la renuncia y el alejamiento de Bolívar.
Las razones de la disolución están íntimamente ligadas a las
dificultades intrínsecas del proyecto. En el fondo, se trata de la
complejidad histórica de una construcción, en el sentido literal del
término, que se fija un territorio ideal pero prácticamente indefinido,
ya que se delimita con el avance de la emancipación de España,
confiando en que tal emancipación bastara para cimentar una unidad.
Hasta cierto punto, excesiva confianza en la ideología liberal. Como
bien lo anota König, bastaba postular “las libertades ciudadanas y la
representación popular” para fundamentar un Estado. La idea inicial era
ofrecer un territorio de libertades en el que no se dependía de una
metrópoli distante sino de las decisiones propias2. No se tomaba en
cuenta la idea de nación, pues en ese punto se reconocía la identidad
con la de la “madre patria”, y de ahí que la noción de patria se
aplicara sencillamente a ésta “donde se había nacido”. Es más, siendo
común esta identidad a todos los habitantes de Hispanoamérica, la única
razón para definir esta República de Colombia era política y práctica.
Por eso, Bolívar siempre vio con interés la posibilidad de integración
con el Perú (Bajo y Alto), e impulsó alianzas, con miras a una
federación, con Chile, con México y con las provincias de La Plata.
En este orden de ideas, varios factores pueden mencionarse: la
necesidad de culminar la guerra de Independencia, con las campañas del
noreste, del norte y del sur; la participación victoriosa en la guerra
de Perú, que puso fin al dominio español; las dificultades de la
economía con el empobrecimiento general, y particularmente de las arcas
del recién inaugurado Estado; la descomunal deuda pública externa, la
ausencia de nexos reales o en progresivo fortalecimiento entre las
provincias; la pugna entre los diferentes grupos de poder,
particularmente los militares y el clero; la dificultad de poner en
práctica en todo el territorio, las leyes y decretos expedidos; las
propuestas de gobierno autoritario o monarquía, y sólo en último lugar
las que podían denominarse rivalidades entre neogranadinos y
venezolanos, rivalidades que, en todo caso, sólo un absurdo anacronismo
podía considerar “nacionalistas”.
En efecto, hasta cierto punto puede decirse que eran más importantes, o
por lo menos equivalentes, las rivalidades de muchas provincias con
Caracas o Santafé, respectivamente. D. Bushnell, autor de un libro
antiguo, ya clásico, sobre el tema (El régimen de Santander y la Gran
Colombia), destaca en un texto más reciente que en las elecciones de
1826, de 176 votos electorales en territorio de Venezuela, 41 apoyaban
a Santander, buena parte de las provincias opuestas a Caracas, y
comenta con particular agudeza que la discusión entre centralismo y
federalismo que agitó el escenario político durante todo este período,
si bien favoreció al primero por consideraciones más que todo
pragmáticas (la guerra, la organización del Estado), también se explica
porque entre los federalistas nunca hubo acuerdo en si se trataba de
una federación de provincias o, como pareció adquirir fuerza sobre todo
en 1828, entre “tres estados”, momento en el cual lo que pudiera
llamarse “Ecuador” ya estaba dudando si anexarse a Perú4.
Uti possidetis juris
En toda Hispanoamérica se viene utilizando hasta el día de hoy,
principalmente para resolver disputas sobre asuntos de límites, el
principio proveniente del Derecho romano que reza Uti possidetis, ita
posseideatis, cuyo equivalente en castellano sería más o menos: así
como posees, así poseerás, que, aplicado a nuestro continente,
significa que cualquier delimitación territorial (“Estados soberanos”)
deberá seguir aquella que originalmente había dispuesto la Corona de
España para erigir virreinatos, capitanías generales y presidencias.
Este principio fue mencionado incluso en el Congreso de Angosturas
(1819). Quiere decir, en nuestro caso, que la orientación se apoya en
lo que eran la Audiencia de Quito, el Virreinato de la Nueva Granada,
la Capitanía General de Venezuela y el Virreinato de Perú.
En verdad, la utilidad del principio para definir límites ha sido
bastante reducida: como se comprenderá, las demarcaciones territoriales
a principios del siglo XIX debían ser bastante precarias, especialmente
en las selvas del Orinoco y la Amazonia; además, es claro que se
trataba de una simple división administrativa y que la preocupación por
las “jurisdicciones” sólo debía ser importante según la distribución y
la densidad de la población. Sin embargo, la insistencia en tal
principio revela el sentido más profundo de lo que terminó
entendiéndose en América por Naciones-Estados. Definición tan fácil
como frágil. Para empezar, cualquier ocioso pudiera preguntarse si la
jerarquía implícita en las divisiones establecidas por la Corona debía
aplicarse a los nuevos Estados. En ese caso, o se acepta que unos
Estados son más importantes que otros o se justifica la anexión de los
de menor jerarquía. Pero, sobre todo, la definición deja de lado el
asunto de la integración y la común identidad de la población
perteneciente a la misma jurisdicción. Es evidente que la idea de
“nación” resulta impuesta por la simple división administrativa. Puede
decirse, por supuesto, que eso ha sucedido en todo el planeta, pero en
América Latina el hecho singular consiste en que los elementos de
identidad común en el continente son mayores. Las etnias y los pueblos
sometidos, invisibilizados como los indígenas y los afroamericanos,
existen también aquí pero no explican las diferencias entre las
“naciones”. Al contrario, servirían más bien para negar la existencia
de estas últimas.
Por tanto, las “naciones” terminan identificándose con ciertas ciudades
cuando se les otorga a éstas el título de “capitales”. Es aquí donde
vale la pena subrayar la importancia de la fundación de ciudades en el
proceso de conquista y colonización españolas. De ahí que, desde
entonces hasta hoy, el problema de las “provincias”, es decir, de las
“no capitales”, junto con su entorno, siga sin resolverse. Se explica
así igualmente la importancia de las guerras civiles entre federalistas
y centralistas durante el siglo XIX en todo el continente. Recuérdese,
respecto del tema que estamos tratando, que la provincia de Pasto, tan
importante como era ya que constituía el eslabón que articulaba a
Popayán con las provincias del Sur, pero declaradamente realista, fue
el dolor de cabeza permanente del ejército patriota, problema que nunca
se resolvió sino que se aplastó de manera sangrienta y no dejó de
representar uno de los obstáculos más significativos para la formación
de aquella República de Colombia.
Venenoso espejismo de la monarquía
Empero, la contradicción más importante que amenazó y prácticamente
enterró el proyecto de República de Colombia fue la existente entre el
ideal liberal que, como se dijo, se ofrecía como sucedáneo del de
nación, y la tendencia autoritaria que, una y otra vez, reaparecía como
fórmula para lograr el ‘orden’ y alcanzar la materialización de un
símbolo más cercano de unidad, en este caso en la persona del
Libertador. Esta contradicción ha sido examinada con excesivo simplismo
como enfrentamiento entre Santander y Bolívar. Y, lo que resulta más
esquemático aún: entre la civilidad y el militarismo, o entre la
oligarquía y el pueblo. Para no volver sobre el ya mencionado entre
granadinos y venezolanos. En realidad, eran (y son) varias las fuerzas
sociales que se disputaban la utilización del nombre de Bolívar. Es
cierto que se había construido una casta militar, de origen
predominantemente venezolano ya que los granadinos habían sido en su
mayor parte fusilados durante la reconquista de Morillo, y que
terminada la guerra (aunque al final de este período se presenta la
confrontación bélica con Perú) los enormes gastos continuaban
gravitando sobre el precario aparato de Estado, simplemente para el
sostenimiento de la oficialidad en activo y retirada, pero ese grupo
social no alcanzaba a constituir una fuerza coherente, desgarrada
incluso por sus personales rivalidades internas.
Existían, en cambio, otros sectores sociales interesados en cierto
‘orden’ e incluso en un retroceso respecto de las medidas liberales
adoptadas en la primera fase, por ejemplo, el clero o los artesanos del
sur o los comerciantes caraqueños. El examen de los documentos de la
época, en especial las cartas personales de unos y otros, demuestra que
es mayor la presión sobre Bolívar para que asuma un papel autoritario
que su propia convicción. Claro que la experiencia en Perú y las
crecientes dificultades en Colombia terminan por convencerlo –y
entusiasmarlo– con un modelo romano o cesarista de gobierno, tal como
lo formuló en la Constitución boliviana. El comienzo del fin, como se
sabe, fue el momento en que, luego del fracaso de la Convención de
Ocaña, invitado por una junta de notables de Bogotá –cuya declaración
fue repetida y suscrita en gran número de ciudades–, aquél asume la
dictadura.
Esta historia es relativamente conocida. Lo que no se toma en cuenta
muchas veces es la presión internacional. Pues, bien, uno de los éxitos
de este período fue el reconocimiento como Estado soberano que
progresivamente fue logrando la nueva república, muy temprano, en 1822,
por parte de Estados Unidos y algunos años después por la Gran Bretaña.
De estos reconocimientos dependía en primer término la seguridad de que
España no habría de intentar una nueva reconquista, pero también la
recuperación del crédito en el exterior. No sólo Bolívar. En general
todos los líderes del proceso, incluido Santander, desarrollaron una
permanente ofensiva en este sentido. No escatimaron esfuerzos, al punto
de terminar expuestos a la necesidad de hacer concesiones, algunas
inaceptables y que se rechazaron, pero al precio de introducir nuevos
factores de división interna. Fue el caso de la propuesta monárquica.
Téngase en cuenta que en Europa se vivía el período posnapoleónico de
la restauración bajo la égida de la Santa Alianza. A los monarcas
europeos, por supuesto, no les daba tranquilidad la existencia de estos
nuevos Estados bajo formas liberales.
La intervención de Inglaterra y Francia era más que evidente. Hasta tal
punto que, en algún momento, el propio gobierno inglés tuvo que llamar
al orden al cónsul Robert Sutherland por su descarada intervención en
los asuntos de Colombia. El problema residía, en todo caso, en ciertos
grupos de colombianos. Confiados en la aceptación de la propuesta por
parte de Bolívar (lo que posteriormente se apresuró en negar
explícitamente), no dudaron en adelantar conversaciones con emisarios
ingleses y franceses. El asunto que más les preocupaba era la sucesión
de Bolívar (se hablaba entonces de Simón Primero), ya que no tenía
descendientes ni familia en capacidad de heredar la Corona, por lo cual
se hacía necesario tomar prestada una dinastía europea, y los
‘orleanistas’ en Francia ya se sentían escogidos.
Una clara ilustración de estos procederes se puede apreciar en las
cartas del general O`Leary, quien fuera, además de comandante de la
Legión Británica y asesino de Córdoba, edecán de Bolívar, y quien
volvería años después de la muerte de éste como embajador británico.
Especialmente algunas entre 1829 y 1830, recientemente descubiertas.
Hay una, por ejemplo (noviembre de 1829), en que le dice a Bolívar,
precisamente para conjurar las tendencias separatistas: “La pobreza del
país no me detendría ni un momento de pronunciarme a favor del sistema
monárquico. Ofrézcanse seguridades y estabilidad a los europeos y no
dilatarán en traernos sus capitales. La Europa toda vería con placer la
adopción de este sistema. No veo tampoco la urgente necesidad de crear
al momento una nobleza. Esto se hará poco a poco. […] La aristocracia
eclesiástica está ya establecida y el pueblo muy bien se amaña con
ella. La aristocracia militar existe también. Solo falta la civil y
ciertamente que sería una medida popular elevar en la sociedad algunos
civiles”.
En el lenguaje actual, diríamos que esta propuesta fue una verdadera
bomba de tiempo contra la propuesta de República de Colombia que, por
lo demás, era lo que mejor nos podía haber sucedido. Es posible,
incluso, especular, a posteriori y anacrónicamente, en cuáles eran las
alternativas. Como un ejercicio, aunque parezca raro, de enorme
actualidad.
1 Historia extensa de Colombia, Ediciones Lerner, Bogotá, 1970, vol. VII, p. 371. 2 König, Hans-Joachim, En el camino hacia la nación, Ed. Banco de la República, Bogotá, 1994. 3 Bushnell, D. The making of modern Colombia: A nation in spite of itself. University of California Press, Los Ángeles, California, 1993. 4 Para comprender la naturaleza de este intrigante, pero además de las reales contradicciones dentro de la república de Colombia, basta otra muestra: “Por momentos espero tener noticias del Chocó. Si aquella provincia aún resiste después de mi intimación, yo marcharé para ahí con 200 hombres y no dejaré un grano de oro en sus ríos o minas, porque a esos infames negros es preciso degollarlos a todos” (a Bolívar, octubre de 1829). Una selección de estas cartas se ha publicado en: Militares extranjeros en la independencia de Colombia, Ed. Museo Nacional de Colombia, Bogotá, 2005.
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