Colombia se caracteriza por sus traducciones de obras clásicas, en todos los campos del saber. En este contexto nacional, sobresale el caso de la capital de Nariño.
Pasto ha sido una sociedad casi estática, con poca movilidad social en el sentido sociológico del término, por el asilamiento geográfico en que ha vivido, que en cierto modo ha determinado su destino histórico, así como su desarrollo desigual comparado con otras ciudades y regiones de Colombia.
Se ha vivido, se vive aún, otra experiencia del tiempo y el espacio, que transcurren lentamente, y que ha generado una vida contemplativa, unos hábitos propicios para el cultivo del espíritu, de las letras, aptos para la lectura y la escritura. Se ha cultivado el ensayo histórico y literario, la poesía, la traducción, el teatro, y en menor grado la narrativa, géneros que requieren de una paciencia y un tiempo de trabajo inmensos. En ese ambiente, la traducción de las lenguas clásicas y modernas ha sido casi una constante.
El caso de Leopoldo López Álvarez, en la primera mitad del siglo XX, es ejemplar. Traductor de La Ilíada, La Odisea, Los himnos de Homero, de las siete tragedias de Esquilo, que editó en su propia imprenta de caracteres griegos, traductor de La Eneida, de Virgilio, figura en el libro El humanismo en Colombia, del profesor Jouzas Zaranka, mi antiguo maestro de griego en la Universidad Nacional de Colombia.
A López Álvarez se le han erigido estatuas en Pasto, y el Centro Cultural del Banco de la República lleva su nombre, pero han surgido dudas sobre la veracidad de sus traducciones del griego. Se dice que él no hizo las traducciones directamente del griego sino que se apoyó en el francés, en la colección Belles Lettres, francesa, bilingüe de los clásicos griegos. Pero se sabe que él aprendió griego y latín en el seminario de Pasto, y que los manuscritos de las traducciones y la imprenta se encuentran en el Museo Taminango de la capital nariñense.
Germán Arciniegas, en alguno de sus artículos publicados por el periódico El Tiempo, dijo que a Leopoldo López le enseñó griego y latín su padre biológico, un sacerdote eudista que además le legó muchos bienes materiales que le permitieron dedicarse al ocio intelectual.
Se conocen otras dudas. A José Rafael Sañudo, autor de los Estudios sobre la vida de Bolívar, libro polémico en el que intenta destruir al Libertador aplicándole la doctrina de la expiación por su supuesta maldad y la de sus antepasados, se lo acusaba de no saber griego porque, salvo en la última edición de ese libro, no tradujo una cita de Luciano que aparecía en las primeras ediciones. Al historiador Sergio Elías Ortiz lo acusó Sañudo de plagio de unos cuentos y de no saber francés, a pesar de que lo estudió en un colegio de los hermanos maristas.
Pasto ha tenido otros traductores, como el humanista Ignacio Rodríguez Guerrero, ganador del Premio Isidro Bonsoms, de estudios cervantinos en Barcelona (1966), por su libro Tipos delincuentes del Quijote. Tradujo del latín a Horacio, a Cátulo; del griego a Anacreonte, a Teócrito; del francés a Baudelaire, a Mallarmé, a Verlaine; del inglés a Poe, a Wilde; del alemán, a Heine; del italiano, a Leopardi. En el prólogo de su libro Traducciones poéticas (Pasto, 1950), Rodríguez Guerrero, para que no haya dudas de que él las hizo, transcribe poemas en el idioma original, da sus versiones y las compara con las de otros traductores.
Alberto Montezuma Hurtado, ensayista y novelista, tradujo del inglés el Literary Digest para la revista y la Biblioteca de Selecciones, y los libros El siglo de la cirugía, La gloria de mi padre y El castillo de mi madre, Al maestro con amor, Naufragio en Maine, Los sirgadotes del Yan Tzé, Carta de Pekín.
La traducción en Colombia
Colombia ha sido, es, un país de grandes humanistas y traductores. El panorama es tan amplio que se puede escribir una historia de la traducción en Colombia. Como traductores de las lenguas clásicas y modernas, hay que mencionar a Miguel Antonio Caro, traductor de Horacio; a Rafael Pombo, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Ismael Enrique Arciniegas, Eduardo Castillo, Víctor M. Londoño, Cornelio Hispano, Antonio José Restrepo, Carlos Arturo Torres, Julián Motta Salas, Antonio Gómez Restrepo, Max Grillo, Andrés Holguín, José María Rivas Groot, Daniel y Nicolás Bayona Posada, Ricardo Nieto, Carlos López Narváez, Otto de Greiff, Enrique Uribe White, y en los últimos años a Nicolás Suescún.
Los dioses de Grecia (Ediciones Testimonio, Bogotá, 2008), de André Bonnard (1888-1954), llegó a mis manos casualmente en los años 60, cuando yo estudiaba filosofía en la Universidad Nacional en Bogotá, pues lo encontré abandonado en un aula de la facultad, lo que interpreté como un don preciado de los dioses. Me permitió profundizar en el francés, y sobre todo introducirme en el mundo maravilloso, humano, demasiado humano, de la mitología griega clásica de la mano del autor, un helenista suizo y escritor clásico.
En la primera traducción que hice primó lo literal, quizá por la construcción corta de la frase del texto, lo que facilitaba su comprensión, su ordenamiento, y tal vez por aquella cercanía entre el lenguaje de la poesía y el de la prosa. En las versiones posteriores, y sobre todo en las últimas, fueron más importantes la sensibilidad, el juego libre, la correlación de las palabras. La traducción ha tratado de ser fiel al espíritu y la letra del texto original, al lenguaje poético de elevada perfección, que el autor ofrece a quienes aman lo bello y perdurable de las creaciones humanas.
En el prólogo, André Bonnard explica las fuentes y el método utilizados para escribir el libro. Consultó “los libros de los poetas griegos, los relatos de las historias antiguas, los monumentos del arte antiguo” (1). Aunque admite que ha leído a los escritores latinos, aclara que casi no los ha utilizado porque son una imitación de los dioses griegos. Sin embargo, reconoce que utilizó la encantadora historia de Eros y Psiquis. Declara la fidelidad y la veracidad de su mitología, ya que nada es inventado.
El libro está formado por 15 capítulos y un diccionario mitológico al final. Excepto el primero y el último, titulados Presencia de los dioses y Poesía de los dioses, sin duda los más bellos y más logrados, cada capítulo está dedicado a un dios, del que el autor da una imagen, cuenta su genealogía, sus historias divinas y humanas, sus amores, su descendencia, e indica el dominio o los dominios que posee.
De Zeus, por ejemplo, dice:
El vasto cielo es su imperio y la extensión de la tierra sin límites. El rayo y el águila manifiestan su voluntad. Toda fuerza procede de la suya. Los ríos y los reyes provienen de Zeus. Toda debilidad recurre a él. Recibe los proscritos en sus altares. Sienta al mendigo en la mesa del rey. Es el dios Altísimo. Ningún mortal ha visto jamás su rostro, nadie sabe su verdadero nombre. Rige el mundo según su ley; piloto taciturno sentado al timón. Es libre entre todos los dioses.
Es el Cielo y su Omnipotencia. Su hija lleva un nombre muy bello, Justicia… (2). Los capítulos siguientes corresponden a Hera, Atenea, Apolo, Artémis, Hermes, Ares, Afrodita, Hefestos, Poseidón, Hades, Deméter y Dionisios. El libro se inicia con el capítulo Presencia de los dioses. Cita unos versos del poeta Paul Eluard: “Un sol se arremolina, brilla bajo la corteza”, para decir que El mundo está poblado de dioses.
No hay astro en el cielo, cima solitaria o desierto de arena, abismo submarino que no visite la raza de los dioses.
No hay vacío en el mundo, ni materia carente de vida. Los dioses por todas partes presentes forman un todo con el Cielo, la Tierra, y el Agua –con la ley que rige los seres y las cosas. En toda porción del espacio, en todo minuto del tiempo, el hombre olvidadizo y razonable afronta de repente esta vida que limita la suya y que la llena.
Los dioses lo protegen; lo pierden… Son la Vida y la Muerte Delante de los dioses: el hombre… los dioses son el Destino del hombre (3).
Dioses humanos
Este título pudiera parecer paradójico o extraño para las religiones monoteístas, pero corresponde a la concepción que los griegos tenían de los dioses de su panteón, y acerca del origen del hombre y del universo.
Los dioses eran dioses humanos, de carne y hueso, creados casi a imagen y semejanza de los hombres. Cabe recordar aquí lo que dijo el filósofo alemán Ludwig Feuerbach en su libro La esencia del cristianismo: No es Dios quien crea al hombre sino el hombre a Dios, donde quizá se pudieran encontrar la idea de la muerte de Dios nietzschiana, el ateísmo de Marx y las raíces del ateísmo moderno.
Babel
Traducir en su primera acepción es verter una obra de un idioma a otro, de acuerdo con su espíritu original o en forma literal. La multiplicidad de idiomas en el mundo tiene origen, según la Biblia, en la torre de Babel, que los hijos de Noé quisieron construir para alcanzar el cielo. En represalia, Dios los castigó trabando sus lenguas para que no pudieran entenderse.
El desafío al Altísimo ha continuado en forma casi ininterrumpida, y en los tiempos modernos se han construido torres que cada día se acercan más al cielo, así algunas de ellas hayan sido destruidas por los correligionarios de Alá, convencidos de que el cielo y la salvación se alcanzan por la autoinmolación.
La desaparición de la torre de Babel abrió paso a la incomunicación, el caos y la dispersión de los pueblos por el mundo, y obligó a inventar otros medios de comunicación, entre ellos la traducción. Traducir, en otro sentido, significa expresar, representar, traducir los sentimientos.
Después de Babel
Uno de los libros más importantes de George Steiner trata de los aspectos del lenguaje y la traducción, como lo señala el subtítulo. En su composición, dice el autor, ha utilizado “la poética, la crítica literaria y la historia de las formas culturales para explorar algunos aspectos del lenguaje humano” (4).
Admite que en esa búsqueda la traducción ha sido fundamental como centro de gravedad y que ella se encuentra implícita hasta en el más sencillo acto de la comunicación. El mito de Babel, que en principio implica la dispersión y la confusión de lenguas, ha hecho posible “la coexistencia y el contacto mutuo de las miles de lenguas que se hablan en la Tierra” (5).
Babel, la proliferación de lenguas –prosigue–, ha conducido a la individualización de ellas, a la “alteridad”, a la creación de la vida privada, territorial, a la noción de identidad. Destaca la importancia de lo social, lo cultural y lo histórico como factores determinantes del lenguaje. “Moverse entre las lenguas, traducir –dice Steiner–, aun cuando no sea posible pasear sin restricciones por la totalidad, equivale a sentir la propensión casi desconcertante del espíritu humano hacia la libertad” (6).
Babilonia
Como Babel, Babilonia pertenece a la leyenda. Pero, como sabemos por la historia, Babilonia fue la capital de la antigua Caldea, a orillas del Éufrates, famosa por su riqueza material y cultural. Su nombre significa “unión entre el cielo y la tierra”.
El príncipe Nabucodonosor II le dio mucho esplendor y dominio sobre otros pueblos. Babilonia utilizaba la escritura cuneiforme pero se abrió a otras civilizaciones y culturas, como una forma de reescribir la Biblia.
El Génesis inmortaliza la torre de pisos como símbolo del encuentro de pueblos y lenguas diversas. Nabucodonosor hizo construir una torre para que su cima se introdujera en los cielos, y la ciudad adquiriera renombre e impidiera su dispersión sobre la Tierra. Esta lectura corresponde a un artículo de Georges Raillard publicado en La Quinzaine Littéraire (Nº 967 de abril 2009), que comenta la exposición que sobre Babilonia abrió el Museo del Louvre el pasado abril.
Ética y política del traducir
Es el título del último libro de Henri Meschonnic sobre la traducción literaria, comentado por Jean-Pierre Richard y publicado en La Quinzaine Littéraire (Nº 966 de abril de 2008). Meschonnic, según Richard, en el libro “se aferra a una teoría de la interpretación según la cual no se puede traducir sino por reducción de un discurso a lo no verbal (lo “nocional” y lo “emocional)” (7).
Cree que Meschonnic no ha sido bien comprendido, excepto cuando afirma que un texto literario toma más sentido por lo que hace que por lo que dice. Agrega que el traducir para es Meschonnic “hacer entender la fuerza del lenguaje, el sentido” (8). La tarea del traductor es percibir a través del “contenido de las semánticas seriales”, “la subjetivación de un sistema de discursos”, la otra lengua de un sujeto. “Es este sujeto que hay que traducir, y hacer entender” (9). En cuanto al título del libro, se trata de “situar en una poética del lenguaje, de hacer una poética de la sociedad”.
Humberto Eco, notable semiólogo, profesor y novelista italiano, en su libro Decir casi lo mismo, afirma que esto no quiere decir que sepamos el significado de esta frase ni “dar una respuesta satisfactoria para todas esas operaciones que llamamos paráfrasis, definición, explicación, reformulación, por no hablar de las pretendidas sustituciones sinonímicas” (10). Cita el ejemplo de una novela inglesa en la cual el personaje dice: “It’s raining cats and dogs”, que, traducido literalmente, significa “Llueven perros y gatos” y no “Llueve a cántaros”, en sentido lato. Un traductor de ciencia ficción también lo hará en sentido literal, y, si el personaje de la novela llega al diván de Freud, le cuenta que tiene una obsesión por perros y gatos, que lo amenazan cuando llueve.
De ahí se desprende la dificultad de saber “lo que un texto quiere transmitir y cómo transmitirlo”. Tampoco está claro el alcance de la palabra “casi”, ya que se puede utilizar en varios sentidos y con significados diferentes.
En el libro Casi lo mismo, Eco ha traducido los Exercises de Style, de Queneau, y Sylvie, de Gérard de Nerval, durante muchos años de trabajo. Y, como autor, reconoce que ha estado en contacto con sus traductores para explicar las dificultades que surgen en la traducción y sugerir soluciones a las ambigüedades que se presenten.
En cuanto a la fidelidad de la traducción, Eco confiesa que ha vacilado entre la exigencia de que sea fiel y el descubrimiento de la transformación del texto en otra lengua. Encontraba imposibilidades pero también posibilidades, potencialidades interpretativas en la otra lengua que no conocía.
Eco afirma que su libro “no es una teoría de la traducción (ni tiene sistemacidad) por la sencilla razón de que no toma en consideración un sinnúmero de problemas traductológicos” (11).
La fidelidad –prosigue Eco– “tiene que ver con la convicción de que la traducción es una de las formas de la interpretación y que debe apuntar siempre, aun partiendo de la sensibilidad y de la cultura del lector, a reencontrarse no ya con la intención del autor sino con la intención del texto, con lo que el texto dice o sugiere con relación a la lengua en que se expresa y al contexto en que ha nacido” (12).
Traducir, según el mismo autor, “quiere decir entender el sistema interno de una lengua como la estructura de un texto determinado por esa lengua, y construir un duplicado del sistema textual que, según una determinada descripción, pueda producir efectos análogos en el lector, en el plano semántico y sintáctico o en el estilístico, métrico, fonosimbólico, así como en lo que concierne a los efectos pasionales a los que el texto fuente tendía” (13).ν
1 Bonnard, André. Los dioses de Grecia, p. 7. 2 ibíd., p. 16. 3 ibíd., p. 9. 4 Steiner, George. Después de Babel, p. 544. 5 ibíd., p. 544. 6 ibíd., p. 546. 7 La Quinzaine Litéraire, p. 14. 8 ibíd., p. 14. 9 íd. 10 El País, Madrid, p. 1. 11 ibíd., p. 2. 13 ibíd., p. 3.
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