Parcialmente dañados por un atentado probablemente cometido por ucranianos con el apoyo de Estados Unidos, los gasoductos Nord Stream, que transportaban gas ruso a Alemania, yacen inertes en el fondo del Báltico. Los Estados europeos no contemplan la posibilidad de ponerlos nuevamente en servicio. Pero, tras bambalinas, Moscú y Washington analizan reactivarlos.
Centrado en el exclusivo interés de Estados Unidos, el estilo “transaccional” de política exterior que Donald Trump despliega desde el comienzo de su segundo mandato sacó a la luz el rol y la importancia de una nebulosa que por lo general tiene un halo de oscuridad y de misterio: la diplomacia tras bambalinas. Ese mundo en el que todo se negocia y donde nada se supone imposible prospera lejos de las instituciones internacionales, de las embajadaos; ignora los grandes principios morales y, ante la necesidad, contraviene los del derecho. Gravita alrededor de un sol dorado, el de los buenos negocios. Incluso los más improbables. Por ejemplo, la reactivación de Nord Stream, esos gasoductos ruso-europeos saboteados en septiembre de 2022 por ucranianos. Los actores de tal proyecto son una buena muestra de los agentes de la diplomacia en las sombras. Pertenecen a gobiernos, a grandes empresas, a agencias de lobby y a servicios de inteligencia de varios países. Allí sobresalen particularmente los intermediarios que recurren a su cortesía, real o supuesta, con el fin de facilitar grandes acuerdos entre las multinacionales o los Estados a los que pretenden servir, cosechando al mismo tiempo beneficios para sí mismos.



