Cecilia Balcázar. La palabra y el silencio
Escrito por Héctor Arenas Amorocho |
Published in Libros reseñados
 
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Me la encontré en un verso. Podría decir con el manantial de su palabra. Quedé prendado de las honduras de su voz esa mañana, cuando con Ángel y Juanita escuchamos el espíritu en sus poemas. A Juanita le pedí que me ayudase a conversar con ella. La mañana siguiente nos citamos. La indispensable confianza para conversar brotó en el primer cruce de miradas. Estaba recién llegada de Mali, de Bamako, invitada para conversar sobre el proceso de paz en Colombia. Allí conoció una práctica cotidiana del islam amoroso, y colectivos de investigación de asombrosa sutileza en sus abordajes. Les dijo: esta guerra no lleva cincuenta años, lleva, por los menos, ciento cincuenta. Es necesario transformar la concepción del otro, de lo diferente. Y como el lenguaje permea todo, como el lenguaje crea la cultura y las clasificaciones que hace la cultura, hay necesidad de cambiarlo.  

 

Si esto no se comprende, la confrontación no podrá superarse, pensé para mis adentros.

 

Los minutos previstos de la charla se convirtieron en una navegación sin tiempo en el arroyuelo de destellos cálidos de su palabra pura. Por supuesto, no era el primero en extasiarme en su verbo. Cecilia acababa de cumplir 47 años cuando una amiga llegó a su casa y al leer sus poemas le preguntó con una entonación que no admitiría un no: ¿Cómo no has publicado un poemario? Lucy Tejada hizo las ilustraciones y así apareció en 1987, La máquina mítica.

 

Creció en Cali, en un hogar singular en el que su padre, gaitanista, heredero de la tradición del liberalismo radical, confrontaba en el terreno de las ideas y con las armas de la palabra con su hermano que militaba en las huestes de Gabriel Turbay. Ese liberalismo puro, pulcro, humano, y defensor del bien común le quedó en las venas. Como también su pasión por una república federal, laica, con libertades reales y derechos hermanados con deberes. 

 

 

El Legado

 

Todo vino de ti

La lenta transparencia de la infancia el amor a las rosas y la mirada azul de la mafiana

La eterna maravilla del ocaso, del arrebol y el agua cristalina

La mano milagrosa que transforma los días y una nostalgia grande y un sereno dolor y una elegía.

 

 

De niña supo de la matanza de la Casa liberal en Cali en 1949. Poco más tarde se enfrentó desde el colegio a la dictadura de Rojas Pinilla, el 9 de mayo de 1957. Su vida fue arrebatada desde temprano por la pasión del estudio de la literatura y de la lengua. Se doctoró en lingüística aplicada e hizo su posdoctorado en sociolingüística en la Sorbona y en Georgetown. Durante muchos años, desde 1961, fue profesora en la Universidad del Valle. Fascinada con las potencias infinitas del diálogo fundó en Cali la Corporacion Vos y Yo, para formar y promover líderes naturales en sus barrios populares.

 

Después, en Los Andes, fundó el departamento de Lenguajes y estudios socioculturales, con el propósito de animar una reflexión sobre el lenguaje mismo y sobre las relaciones entre la cultura y lo político. Su concepción del lenguaje, labrada en el impecable pensar científico, implicaba una transformación espiritual. No la asunción de un credo. Muchos estudiantes sí entendieron de que se trataba: cada una de nuestras más de sesenta lenguas es una construcción de mundo.  

 

El amor decisivo del arco de su vida,  Jean Boucher revolucionó su concepción del mundo: Yo llevaba mi fardo de lo vivido. Y el era tan liviano. Se quemaba en la prisa de sus alas de fuego. 

 

Boucher meditó sobre la palabra poética y escribió: La experiencia de la palabra en Heidegger. Cecilia lo tradujo al español. Ese esfuerzo le significó el estudio del filosofo alemán, el hallazgo de que “nada hay allí donde no aparece la palabra”, la forja de un pensamiento propio sobre la palabra y la gestación de una nueva conciencia. Todo esto aconteció mientras su poesía que continuaba desenvolviéndose en un ritual intimo, ahora anhelaba alcanzar la mística de la sensación. 

 

Sus estudios sobre la lengua alumbraron su conciencia sobre la contingencia de todo. Sobre la producción de lo real por los sujetos. Sobre las maneras en que los lenguajes construyen las realidades. Cada lengua proyecta una categorización de lo real de tal manera que son universos contenidos. Es la capacidad mitopoética del ser humano: la capacidad de gestar universos. 

 

La lectura en 1986 del escrito de Ernesto Laclau: Política, hegemonía y discurso o Los fundamentos retóricos de la sociedad, la embarcó en los sentidos de una democracia radical y su teoría política. Temprano se hizo consciente del impacto, de las rupturas del giro lingüístico en las ciencias sociales. Por eso, me dice, es “Importante entender las equivalencias en las luchas sociales, y suturar con el hilo de los intereses comunes la colcha de retazos de lo social; visualizar en el discurso de la práctica la ductilidad de los márgenes de lo público y lo privado; entender cómo se trazan y desde qué poder, las relaciones de género, las inclusiones y exclusiones de las etnias, las fronteras entre lo que sanciona la ley como legítimo y lo i-legal; lo equitativo y lo que está por fuera del espectro de la justicia, lo lícito y lo prohibido, lo sagrado y lo profano de la cultura”.

 

Somos solo palabras

estructuras fantasmas

productos insensatos 

de una historia olvidada 

 

Una sabiduría de amor, que es, pero no es, solo amor de pareja, brota en sus palabras que nos recuerdan el último refugio antes del desastre final, la luz que abriga antes del invierno nuclear. Escuchando a Cecilia pienso que solo la “locura del amor” que entrevió Simone Weil, podrá salvarnos en estos tiempos jadeantes en los que el misterioso y frágil sentimiento cedió el paso al “touch and go”. Tiempos en los que el inconsciente colectivo busca con desenfreno los cataclismos que pongan fin a una humanidad ansiosa en la conciencia de sus derechos, ávida en la prosecución de los goces, impúdica en los medios, y amnésica en los deberes elementales. 

 

Deslumbrado y herido por el rayo

de lo desconocido

vacila ante el arrobo del encuentro

Plácidas y tranquilas se deslizan sutiles las palabras

por todos los meandros del espíritu

por caminos vedados y olvidados

 

En los recodos de la memoria

se introduce la voz

por hondos laberintos escondidos

de la entraña del alma

y en la dulzura lenta del coloquio

recupera su ser y su latido

 

***

 

La maravilla del primer encuentro

se agota en palabras sucesivas

Dice más el silencio. El diálogo callado.

Hay más desenvoltura en la pisada grave

y el talón que repica

en el encuentro diario de pasos conjugados.

***

 

Recuérdame

como nos encontramos en el frío

ya sin voz ni mirada

cuando cantaba un pájaro perdido

en la rama más alta del invierno

Recuérdame

cómo ordenaste el caos, los colores quebrados

restauraste la imagen dividida

relajaste el espasmo del sollozo

 

***

 

Más allá de la voz y de los símbolos

De los refinamientos del análisis y de las construcciones de sentido

Más allá del temblor que nombra lo indecible

Más allá de la queja por el diálogo que nunca se consuma

Más allá de la herida del silencio

Está el hambre sin nombre

El lenguaje del frío

La sed. El abandono

 

Como una guerrera mítica del valle vital y exhuberante enclavado en la geografía que reúne los Andes con el Pacífico, Cecilia ha librado una batalla por despojarse de las palabras que no le pertenecen, para escuchar su propia voz. Sabe bien de los tiempos crepusculares a los que asistimos, en los que la palabra sagrada fue reemplazada por la habladuría, por la incontinencia en los vocablos sin raíces.

 

Delirante palabra sin memoria

la palabra vacía

Rápida, irreflexiva sin raíces.

Elocuente. Fluida. No alocuente.

Porque no hay yo ni tú.

Palabra sin objeto. Suelta y sin referente

Sin goznes y sin ejes y sin anclas

No puede dar amor

Promesas y proyectos ilusorios

en los íntimos ritos. En el foro. En la plaza.

Cautiva su finura. Su elegancia

El virtuoso manejo del engaño

Esconde su disfraz una dolencia

Una escisión del alma.

Galope desbocado en ondulante lomo

las palabras innanes. Las palabras ingrávidas

vacíos significantes de viento

vehículos hechizos de un pretendido diálogo

sin interlocutor

vocablos desligados del verbo de los auténticos

vestigios dolorosos

de lejano y arcano desamor

 

***

 

Y cae sobre nosotros lentamente

sin la mansa inocencia de otros tiempos

una menuda lluvia radioactiva

 

***

 

No me dejes caer en la tentación de retardar el ritmo de mi entrega. 

Líbrame del cansacio de los días y promete seguir viviendo en mi hasta el fin de los tiempos amén. 

 

Héctor Arenas

 

 


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