Un duende vanguardista 

Al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre 

F.G.L.

Recorrí Granada y subí al Albaicín donde escuché atardecidos pájaros cantando entre hermosas hojas ocres, rojas y naranjas en un otoño lleno aún de los últimos latidos del verano; pájaros trinando en callejuelas desiertas donde un despistado cante jondo aún sobrevive. Las horas de la tarde apenas rozaban las cúpulas; lujuriosas guitarras gemían en el crepúsculo. También escuché tus poemas Federico cuando entré a Fuente Vaqueros y te sentí nacer de nuevo en la esquinera casa natal de amplio patio, con aljibe y frondosa parra, y tu voz diciendo: “En el patio de mi casa había chopos. Una tarde se me ocurrió que los chopos cantaban. El viento, al pasar por entre las ramas, producía un ruido variado en tonos, que a mí se me antojó musical. Y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos”. 

Hasta allí me llevó tu voz de poeta, geniecillo y duendecillo en una Granada rezandera, con falange moralista y escapulario. “¡Oh ciudad de los gitanos! ¿Quién te vio y no te recuerda? Que te busquen en mi frente. Juego de luna y arena”, me retumbaban tus versos, mientras caminaba por esas calles llenas de oscuros y trágicos presagios. Y de un momento a otro, todo fue más claro, todo tomó un color solar en medio de la noche en las colinas del Sacromonte. Entendí de pronto el dolor de tus poemas, la escondida lágrima tras la aparente alegría andaluza, el espanto ante la muerte.

Comprendí cómo las vanguardias artísticas se manifestaron en tu obra, con esa concepción de ruptura y de cambio, como formas modernas de subvertir y desarticular no sólo los lenguajes tradicionales, sino la visión del artista y su punto de vista ético. Y es bajo ese ambiente de vanguardias surreales desde el cual levantaste tu obra poblada de las preocupaciones por el sueño, el inconsciente, lo maravilloso, el misterio, lo mágico, experimentando la riqueza de matices en tus búsquedas poéticas, sobre todo en tu extraordinario Poeta en Nueva York,ese grito estremecedor en los angustiosos pasadizos de una civilización en ruinas. Allí tu marginalidad y extravío estallan en grandes oleadas de estupor, ira y asombro, con imágenes que describen la náusea del paseante, su inevitable miseria. En él tu extranjería de poeta es manifiesta. Registras y fundas una ciudad que se presenta nueva ante tus ojos. Procesas las visiones de una sociedad virulenta, máquina que tritura la naturaleza y al ser.

Sí, Federico, en Poeta en Nueva York trazaste tus inquietudes por ciertos gustos y búsquedas literarias de vanguardia. Asimilaste una Sensibilidad de época, sensibilidad que se proponía “transformar el mundo” y “cambiar la vida”, como también fundar un nuevo lenguaje desde la poesía misma. Era una profunda ambición de cambio, la necesidad de renovar y transitar de un orden a otro; poesía y arte de experimentación con espíritu crítico. De estos postulados asimilaste Federico, su entusiasmo y vigor. De modo que la idea de utopía no era extraña a tu vida. Vaya ardua empresa para un poeta:  ser rebelde y libertario en todos los ámbitos. Utopía y sueño; imaginación, trasgresión y ruptura.

Así que escribiste Poeta en Nueva York con una feroz palabra, onírica, quemante, de lúcida pesadilla ante el monstruo del capital y del espanto, allí “donde el Hudson se emborracha con aceite”; donde “Debajo de las multiplicaciones/ hay una gota de sangre de pato. / Debajo de las divisiones/ hay una gota de sangre de marinero. / Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;/ un río que viene cantando/ por los dormitorios de los arrabales, / y es plata, cemento o brisa/ en el alba mentida de New York”. Donde “no es sueño la vida” y “no hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que han de venir”; donde: “Si no son los pájaros /cubiertos de ceniza, / si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda, / serán las delicadas criaturas del aire / que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible. / Pero no, no son los pájaros, / porque los pájaros están a punto de ser bueyes;/ pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna / y son siempre muchachos heridos / antes de que los jueces levanten la tela”.

 Cifraste y descifraste esos ambientes de soledad, masificación y anonimato. Excitación y terror. Libro que dialoga con los poetas que asumieron la ciudad moderna con una aguda sensación paradójica de aceptación y el rechazo: Baudelaire frente a los bulevares del alcalde Haussmann; Rimbaud en actitud de “ser absolutamente moderno”; Edgar Allan Poe dándose un baño de multitud; Walt Whitman hijo de Manhattan, Apollinaire como ángel extraviado en la París de principios del XX, y tú, sintiendo como ellos los fieros aletazos de la ciudad burguesa en vías de masificación. La ciudad vista como “pesadilla”; como espacio apocalíptico y negador de los deseos y que encarna esa angustia que sentiste al vivir en un averno compulsivo, fuera de tu paraíso personal y de una España provincial y gitanilla.

Más allá de un simple naturalismo descriptivo y de una transcripción fotográfica de la Nueva York de aceite y humo, te propusiste volverla metáfora, expresar lo inexpresable, describir lo indescriptible, es decir, fundar una ciudad interior, un estado de ánimo. Producir una nueva percepción de lo real y una escritura anti-representacional, era tu apuesta.

En tu España esto tuvo sus grandes conquistas. También Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Juan Larrea, asumieron una fuerte crítica a la ciudad, edificando poéticas disímiles y maravillosas. Así, por ejemplo, al unísono, y como dialogando en susurros contigo, Cernuda también se siente extraño en tierra propia, mantiene en su obra una sensación de exilio. Su actitud es radical; envía sus lanzas contra lo establecido por la sociedad burguesa, contra sus normas religiosas, la familia, el matrimonio, la religión. Outsider, Cernuda siente la angustia de vivir en una realidad que niega al deseo. Como Tántalo, está frente a los manjares, sufriente, con el suplicio de no poder alcanzar su goce. Es imposible para él estrechar, en estas abruptas ciudades, “hasta el fondo un cuerpo, una fortuna”. 

Con ello se comprueba que los poetas de tu generación no eran ajenos a las vanguardias.  Conectado a estas tendencias, y a las sensibilidades de la época, registraste en tu Poeta en Nueva York esa paulatina desaparición de una mentalidad mágica-provincial y el arribo de una sociedad utilitaria, rentable y masiva de la modernización en auge.

Pero para registrarla y expresarla era necesario tener duende y tú lo tenías Federico. Lo explicaste en esa magnífica conferencia “Teoría y juego del duende” que dictaste en Buenos Aires en 1933. “El duende, dijiste, es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: ´el duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies´. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto […] Al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre”. 

Es el duende el que se manifiesta en tu vitalidad creadora como danza furiosa; el que “agita la voz y el cuerpo de la bailarina”, que abraza y “quema como un trópico de vidrios, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe los estilos, que se apoya en el dolor humano, que no tiene consuelo”. De él extrajiste tu energía y angustia por dejar una marca, un sello con intensidad y altura. Era el “duende” de la poesía el que te habitaba. Entonces te dejabas capturar por su fuerza abrazadora y por el poder de su misterio, misterio que sentías y expresabas, el cual ningún filósofo puede explicar, como escribió Goethe, hablando del duende que habitaba a Paganini. Sabías que “la llegada del duende presupone siempre un cambio radical en todas las formas sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso”. Por eso, el duende no llega sino ve la posibilidad de muerte […]  Ama el borde, la herida, y se acerca a los sitios donde las formas se funden en un anhelo superior a sus expresiones visibles […] El duende hiere, y en la curación de esta herida, que no se cierra nunca, está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre”.

“Cuando yo me muera, enterradme con mi guitarra bajo la tierra”, escribiste Federico, y no fue posible; nadie pudo cumplir tu deseo, pero tu voz sigue donde los asesinos falangistas te abandonaron el martes 18 de agosto de 1936 a las cinco de una madrugada siniestra, en un olvidado paraje entre el Barranco de Vizmar y Alfacar. Los verdugos no soportaban que pensaras, sintieras y amaras diferente, porque estabas pleno de duende y eso significaba estar lleno de libertad y furia, de brasa y magia poética. Duende, misteriosa explosión libertaria, “verdadero estilo vivo”, creación total en acto, plenitud, poesía.

Con tus luminosas palabras, frente al resplandor nocturnal de La Alhambra te evoqué Federico, tratando de exorcizar también a la señora parca y a la triste tristeza. ν

* Poeta y ensayista colombiano.

Información adicional

Federico García Lorca:
Autor/a: Carlos Fajardo Fajardo*
País: España
Región: Europa
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº269, septiembre 2026