Crisis ambiental y vida cotidiana
Isabel Sastoque, detalle La Caverna, (cortesía de la autora)

El civilización occidental no comprendió lo que es la vida, y por ello no la potenció. Al reducir a la naturaleza a simple objeto –mercancía– y elevar a los seres humanos a “señor y amo”, creó las condiciones para su propia destrucción. El capitalismo es la más reciente expresión de esa no-visión de la vida. Los movimientos y actores sociales, afincados en la cotidianidad, en la exigencia y construcción de otro modelo social –que sí reconozca la vida– son la más clara opción y alternativa ante este no ser, de lo cual la crisis ambiental es su manifestación más cruda.

Quizás el mayor de los descubrimientos en la historia humana tuvo lugar a comienzos del siglo XX, por tres caminos distintos. Se trata de la cotidianeidad. Ni Bolívar, ni Mahoma, ni el rey David, ni Jesús de Nazareth, ni Gengis Khan, por ejemplo, fueron nunca al baño, ni se cortaron las uñas, ni desayunaron, no conocieron ninguna pasión humana, incluyendo la alegría y la esperanza. La vida cotidiana, un asunto de nuestro tiempo. Primero Freud, descubre, específicamente en su texto Psicopatología de la vida cotidiana, posteriormente E. Husserl y la filosofía fenomenológica descubre el mundo de la vida, y finalmente la Escuela de los Anales termina por descubrir la vida cotidiana; y con ello, abre de par en par la puerta a la microhistoria. Que es la verdadera historia. Ningún fenómeno puede ser estudiado, entendido y resuelto sin el anclaje de la vida cotidiana.

Nace la vida cotidiana, es decir, el mundo de la vida

En 1901 Freud publica la obra antes referidad que, literalmente, apunta a la psicopatología de todos los días, de cualquier
día, de ninguno en particular. No sin la influencia de J. von Uexküll, E. Husserl descubre en los años 1920 la vida cotidiana
exactamente como el mundo de la vida (cfr. Die Krisis der europäischen Wissenshaften und die phänomenologische Philosophie, de 1933); esto es, el reconocimiento de que la existencia se desenvuelve en el día a día que define exactamente el modo de pensamiento, actitudes y relaciones que tenemos.

Posteriormente, a partir de los años 1920-1930, la Escuela de los Anales, en Francia, específicamente a parir de la obra de M. Bloch en 1929. Esta Escuela produce una magnífica inflexión en la comprensión de las sociedades humanas, de suerte que, por ejemplo, cabe legítimamente hablar de la vida cotidiana de los egipcios, o de los aztecas, de alguna aldea occitana perdida en el medioevo y muchos otros casos. De manera significativa, nace la microhistoria, que es la pequeña historia de personajes clásicamente considerados como anónimos, poniendo así de manifiesto que la creencia en grandes figuras –Cleopatra, Napoleón, Mao Tse-Tung, por ejemplo–, constituye un craso error, pues en la base existen personajes, prácticas, saberes que son los que verdaderamente le otorgan sentido a la historia. Es así como aprendemos a leer la historia y la política, la sociología y la economía, la psicóloga y las artes, por ejemplo, desde abajo; y no ya simplemente desde arriba. La historia desde arriba termina coincidiendo con eso que Nietzsche llama la historia monumental (de monumentos, estatuas, efigies, edificios y demás).

Pues bien, inmediatamente tres conclusiones se desprenden de lo anotado:

1) La verdadera historia, la cultura, la política y demás no se entienden ni se resuelven, en absoluto, institucionalmente; esto es, a partir de planes, programas, documentos egregios, altos personajes. Muy por el contrario, la historia, la cultura y la política, por ejemplo, encuentran sus verdaderas raíces en lo cotidiana. Un sistema, una Iglesia, un Estado, y demás que no cambien estructural o radicalmente la vida cotidiana es sencillamente una mentira, una veleidad. Más exactamente, continuación del pasado y de la tradición. Los verdaderos cambios tienen lugar en el día a día; por tanto, en las actitudes, los sistemas de valoración, el lenguaje cotidiano, las relaciones y la forma como los seres humanos se sienten –en el mundo de la vida.

2) El verdadero poder nunca está “arriba” si arriba no afecta sensiblemente a las instancias de abajo. Los líderes, los pensadores, los tomadores de decisión, o como se los quiera denominar, deben saber no simplemente entender su época –una expresión grandilocuente, en verdad–, sino la forma como la existencia acontece, día a día, para los individuos, las comunidades y las sociedades; en su diversidad, en sus contextos, en su complejidad.

3) La vida cotidiana está llena de numerosos actores que, contra lo que la tradición y los grandes medios de comunicación resaltan, se compone de gente real; se conocen entre sí, saben con quienes cuentan y con quienes no, y de más. No existen los seres anónimos. Sí seres que son ninguneados. Las redes sociales constituyen el verdadero entramado de la historia. La educación, la religión, la economía, la política, los medios de comunicación, notablemente, buscan incidir en el día a día, que es donde existe y se dirime la historia. Esta la verdadera inteligencia de la institucionalidad; y la verdadera potencialidad de las comunidades de base, en toda la acepción de la palabra.

Sobre la crisis ambiental

Todos los cambios, los civilizatorios, de historia, en la evolución, están siempre acompañados por crisis medioambientales. La bibliografía al respecto es amplia y creciente.

Desde hace décadas vivimos una profunda crisis civilizatoria que, correspondientemente, consiste en una profunda crisis ambiental. Las ambientales lo son de las relaciones entre los seres humanos consigo mismos, y de ellos con los ríos, las plantas, los animales, la biosfera y el universo entero. De lo que genéricamente se conoce como un cambio de paradigma,
por ejemplo. (Ver recuadro: Las cuatro etapas)

Las cuatro etapas
Analíticamente, el estudio de la crisis climática comprende cuatro etapas o niveles, así:

Primero, el calentamiento global. En los años 1960-1970 aparecieron los primeros registros cuantitativos del aumento del calentamiento de
la biosfera. Entonces diversos estudios de largo alcance, combinados de geología, dendrocronología, y química, principalmente, pusieron de manifiesto que hoy vivimos un período de calentamiento global. Los primeros Informas al Club de Roma fueron ilustrativos al respecto, realizados por científicos e investigadores de diversos países.

Segundo, el cambio climático. Se trata de un concepto de los años 1980. Los estudios de largo alcance permitieron revelar la ocurrencia de diversas eras glaciales e interglaciales, y la vida misma ha estado sujeta a estos cambios. Al mismo tiempo, ganó luz el descubrimiento de diversas extinciones masivas en la historia de la Tierra. Todo aunado, puso en evidencia que asistimos actualmente a la sexta extinción masiva en la Tierra, por razones específicamente antropogénicas. El ser humanos es una plaga en escala evolutiva.

Actualmente, 2010-2020 asistimos en tercer lugar, al reconocimiento de una profunda crisis ambiental. El mejor diagnóstico de ella, que es por tanto perfectamente distinto y mucho más grave en sus consecuencias que el calentamiento global y que el cambio climático, es el reconocimiento de los límites planetarios. Se trata de un mecanismo heurístico cuya finalidad es poner de manifiesto que puede existir un punto de no-retorno que implica no no solamente la desaparición de numerosas especies, sino, aunado al aumento de los niveles de los océanos y los mares, la desertificación, las quemas, espontáneas o intencionalmente producidas, de bosques, la tala de bosques y selvas, la obsolescencia programada y muchos otros factores; la propia existencia de los seres humanos se encuentra en peligro de extinción total. Sin ambages, la crisis ambiental es una crisis sistémica y sistemática. Precisamente por ello, legítimamente cabe hablar de una crisis civilizatoria.

El paso siguiente, verosímilmente sería justamente la catástrofe ambiental, expresada, por ejemplo, en el famoso reloj de los cien segundos de la comunidad científica –los físicos, en particular–, de acuerdo con el cual, en escala evolutiva, estaríamos a alrededor de cien segundos de la extinción como especie. Los límites planetarios, constituyen otro indicador claro. En fin, la catástrofe climática es el resultado del total incumplimiento de las diversas cumbres y conferencias ambientales organizadas desde los años 1980 y hasta la fecha, ninguna de las cuales ha arrojado conclusiones ni serias ni positivas en cuanto a los compromisos de los Estados para afrontar la crisis ambiental. La recién celebrada COP27 no fue la excepción.

Como quiera que sea, la crisis climática no está separada, en absoluto, de la cotidianidad de los seres humanos, y con ello del ordenamiento de la economía alrededor de la producción y el consumo, de las veleidades de la democracia y las guerras –en plural– actualmente existentes (en África, en Ucrania); la crisis se expresa también en los feminicidios, la pedofilia, las redes de trata de blancas, la desinstitucionalización de los gobiernos y Estados por culpa de los propios Estados y gobiernos (Bolsonaro, Duque, Macron, Trump, y una larga lista en todos los continentes); en fin, la crisis consiste también en la privatización de la seguridad, en la crisis de los sistemas de seguridad social o la inexistencia de los mismos en numerosas países, y no en última instancia, por la pandemia del covid-19, y sus muy largas consecuencias. Por ejemplo.

Pues bien, es justamente el carácter sistémico y sistemático de la(s) crisis lo que permite, sin ambages, hablar del colapso
de la civilización occidental. En medicina, el colapso sistémico de un paciente significa que no hay nada qué hacer ante su situación. Ningún especialista puede resolver nada, dado que es todo en el organismo lo que está fallando, los sistemas pulmonar, neurológico, inmune, el páncreas, el hígado, o lo que sea. Varias, muchas cosas, al mismo tiempo, todas relacionadas entre sí.

Las voces del milenarismo

Toda élite siempre identifica el final suyo con el final de la humanidad, el fin del mundo. En Occidente, la primera y muy
clara expresión de esta actitud y creencia es el mito de Hércules. Cuando ve llegar su final, toda élite afirma que asistimos, todos, al final del mundo.

Pues bien, esta actitud y creencia se conoce exactamente como el milenarismo. Se trata de todos los conglomerados sociales –religiosos, de campesinos, de órdenes religiosas, de la nobleza, de artesanos, y demás– en el año mil, cuando, verosímilmente se iba a terminar el mundo, dada la creencia de los católicos de que el reino de Dios haría un juicio final a los mil años de su existencia y tendría lugar el Juicio Final. Culpables e inocentes.

De manera recurrente, el milenarismo asalta a la sociedad, alimentada en realidad por los grupos de poder y con el auspicio de los grandes y masivos medios de comunicación. La más clara expresión del milenarismo puede observarse en el libro, pésimo, y el aún peor video del exvicepresidente de los E.U., Al Gore: Una verdad incómoda. Un texto y video científicamente muy malos, llenos de lugares comunes, sin evidencias ni argumentos serios en ningún sentido.

El término acuñado para expresar el milenarismo, hoy en día, es el del “antropoceno” (un término acuñado por P. Crutzen, en el año 2000). Un término fácil para penetrar en las mentes de individuos y sociedades señalando que asistimos al final de la vida en la Tierra por culpa del ser humano (en general). Una generalización milenarista con ecos de los sistemas de
comunicación, de educación, políticos y demás. Literalmente, una expresión muy refinada de “fake news”.

Asistimos, manifiestamente, a una crisis estructural del sistema de libre mercado. Desde luego que se trata de una crisis
del capitalismo. No cabe duda que ésta es también una crisis de la Modernidad. Pero más ampliamente, se trata de la crisis de la civilización occidental que se funda enteramente en el primado del ser humano sobre la naturaleza y, por consiguiente, la reducción de la naturaleza a recurso natural. Occidente es/fue una civilización eminente o distintivamente antropocéntrica, antropomórfica, antropológica. Dos mil quinientos años de historia, variopinta, con matices, con diferencias, pero perfectamente unificada en torno a la creencia de que el ser humano es la medida de todas las cosas; de las que son, tanto como de las que no son, y que expresara originariamente el sofista Protágoras (1).

No hay salida alguna de la crisis actual: en eso consiste el antropoceno. Se trata de la claudicación de cualquier esperanza, cualquier luz, cualquier otra posibilidad. En palabras elementales: no hay vida después ni por fuera de Occidente.

El polo a tierra de la crisis ambiental

Las crisis –cualquiera– se afrontan y se resuelven en la vida cotidiana. No simplemente con planes, programas, declaratorias. El papel todo lo aguante. La vida cotidiana es la raíz misma de la historia y la cultura. No las Iglesias, los Partidos, los Estados, los Gobiernos, las Corporaciones o las Instituciones (todas, siempre, con mayúsculas). Pues bien, la crisis ambiental puede ser medida, empíricamente, y resuelta de tres maneras, perfectamente integradas entre sí.

i) La huella ecológica. En 1996 se introduce el concepto de huella ecológica a fin de medir exactamente, en el día a día,
los estilos de vida que atentan contra la vida o bien que la favorecen. Sencillamente, se trata de medir, empíricamente, todas las necesidades biológicas que satisfacen a la existencia, y las que no afirman biológicamente a la vida.

Puntualmente, tres factores afectan la huella ecológica: la intensidad de los recursos en la producción de bienes y
servicios; su consumo por persona, y el tamaño de la población –en una región, en un país, en general–. Esto es, a mayor uso de agua, por ejemplo, o de tierra, o incluso de aire, mayor es la huella ecológica. Es decir, mayor el daño al medioambiente y a la naturaleza. Los estilos de vida, y muy específicamente, de consumo, de una persona, pueden y deben ser vistos y medidos empíricamente. Y claro, siempre existe el problema del crecimiento demográfico y la relación con los medios de subsistencia.

En consecuencia, algunas de las formas de cuidar, y por tanto, disminuir la huella ecológica consiste en rechazar la moda, evitar las tendencias en cualquier sentido, saber tomar distancia de las influencias de la publicidad y la propaganda, y en general, alejarse de los grandes sistemas de mercado. En términos de alimentación, se trata de consumir los productos de los mercados locales, no los que ofrecen los grandes supermercados y superficies. Asimismo, la huella ecológica se disminuye al consumir menor carne y menos productos lácteos (2). Está ya suficientemente establecido que el ganado en general genera, directa e indirectamente, un enorme daño al medioambiente.

El uso del plástico debe reducirse al máximo, y eliminarse idealmente de manera total. En particular los plásticos de un solo uso. El agua embotellada, muchas bebidas en envase plástico, las bolsas mismas, y en general todo el plástico y caucho debe eliminarse por completo. En casa, en la oficina, en el colegio, en la fábrica, en el barrio, por ejemplo.

La huella ecológica se ve afectada por los sistemas de transporte. El automóvil es una de las expresiones más acabadas del individualismo, como es suficientemente sabido. Y en términos más populares, la motocicleta. Cada quien resuelve sus propios medios de transporte y los aprovecha de la mejor manera. El daño ambiental es, en este plano, casi perfectamente irreparable. Los seres humanos deben repensar, por completo, los modos y sistemas de transporte. La bicicleta emerge como una alternativa más que razonable. Las ciudades están construidas en general en beneficio de los carros y el sistema de transporte, no de los sistemas de vivienda y de las personas.

El cambio hacia energías verdes, esto es, renovables, con base en fuentes naturales, como la luz solar y el viento, constituye uno de los modos de cuidar verdaderamente del medioambiente. El consumo de luz y de energía eléctrica –los alumbrados públicos innecesarios; los alumbrados en las casas, innecesarios también–, afectan enormemente la calidad de la vida.

ii) La huella de carbono. Establecida a comienzos de los años 2000, con ella se mide la cantidad de gases de invernadero producidos por productos, eventos, individuos y empresas, de manera directa o indirecta. En la esfera diaria, se trata de establecer cómo son nuestras relaciones con productos que usan aerosoles, los consumos de agua y energía, y en general el uso de productos cortos de vida en contraste con productos de vida larga. Saber repararlos, en lugar de desechar y comprar unos nuevos. Saber cargar los celulares, computadores, televisores, radios, hornos y demás es un elemento clave
en la medición de la huella de carbono.

De manera distintiva, se trata de reducir en general los consumos lo que se traduce en una capacidad de autonomía con respecto a las presiones sociales y del mercado. Todo el sector industrial tiene en este punto una responsabilidad directa cuando se trata de la obsolescencia programada; esto es, la producción de mercancías que ya desde la fábrica tienen ciclos cortos de uso. Y del lado de los consumidores, se trata de lograr independizarse de factores tales como el diseño industrial (“la bonitura”), y siempre, el sistema de bancarización y de créditos que consiste en: consuma hoy y pague mañana.

Todas las personas producen dióxido de carbono –CO2–. Pues bien, de manera sorprendente, las personas deben aprender a respirar, lo cual se traduce en mayores y mejores índices de salud y de calidad de vida. Un ejemplo elemental: todas las bebidas saborizadas contienen un muy alto nivel de huella de carbono, al igual que las bebidas alcohólicas, y todas las comidas rápidas. Cuando mayor consumo se haga de ellas mayor es el perjuicio a la naturaleza. Como se aprecia sin dificultad alguna, los seres humanos deben saber vivir a fin de reducir la huella de carbono. Volveremos inmediatamente sobre este punto.

ii) La huella digital. Identificada por primera vez en la primera década del siglo XXI, esta huella es el resultado del uso indiscriminado de las tecnologías de la información y la comunicación y en especial de las redes sociales. La inmensa mayoría de las personas andan literalmente apegados a los celulares, computadores, televisores y demás, ignorantes del consumo energético, pero, además y principalmente, de la cantidad de información que están subiendo incesantemente a la web sin saber qué sucede con esa información (= datos), y quién hace qué con ellos.

Gracias al Machine Learning, al Deep Learning y a la inmensa capacidad de acumulación de datos por parte de las
grandes empresas –como Amazon, Google, Meta, y otras–, por el simple hecho de navegar ya se está compartiendo información; esto es, gustos, preferencias, lugares, relaciones, consumos, y demás. Tanto más si participa activamente en las redes sociales, con un “me gusta” o con cualquier comentario.

La huella digital afecta directa e indirectamente la libertad individual, los comportamientos, las opciones de vida en toda la extensión de la palabra. Afecta la libertad de expresión y, sorprendentemente, la propia libertad de opinión y de pensamiento. La gran mayoría de las personas son inmensamente menos libres de lo que creen, y tanto menos cuando más uso hagan de las tecnologías de información y comunicación.

Siempre que navegamos en internet, independientemente del medio y la frecuencia, dejamos rastros digitales, rastros de información. Pues bien, la verdad es que la información no pesa absolutamente nada, se puede guardar indefinidamente, se puede compartimentar y analizar, y permite, literalmente, tomar decisiones por parte de los propietarios o de los auspiciadores de las tecnologías digitales.

Debido a los desarrollos de las tecnologías de la información y la comunicación, dicho en general y en particular, de la inteligencia artificial, la huella digital permite saber mucho sobre cada quien (3). Existe tanto un control comercial y de consumo con base en la huella digital, como un perfilamiento político, económico, financiero y de seguridad.

En cualquier caso, es fundamental atender al hecho de que las tres huellas: ecológica, de carbono y la digital se encuentran estrechamente conectadas, y ponen de manifiesto qué y cómo vive alguien: individuo, grupo, comunidad o sociedad. La historia y la cultura, como se aprecia sin dificultad, transcurren en el día a día, de manera imperceptible. Es sobre esta vida cotidiana que se ejerce el poder. Pero, en otro espectro, el verdadero poder emerge y se conserva siempre desde abajo. En el mundo de la vida.

Armando Silva, Simbiósis (cortesía del autor)

Saber vivir, y saber vivir bien

Saber alimentarse, saber asearse, saber transportarse, saber caminar y respirar, en fin, saber dormir y descansar, saber qué consumir, y qué necesitar y qué no: estos son algunos de los temas básicos de un saber vivir, y saber vivir bien. Occidente, la modernidad y el sistema capitalista hicieron que las gentes olvidaran cómo saber vivir, y cómo saber vivir bien, y terminaron, en muchos casos ignorándolo.

En el contexto de la sociedad de la información y del conocimiento, saber, dicho de amera puntual, la huella digital, y que ella está siendo constantemente alimentada y manipulada.

Existe, manifiestamente, una profunda crisis civilizatoria, cuya expresión más dramática es la crisis ambiental. Pues bien, la emergencia de una nueva civilización es un proceso que encuentra sus verdaderas raíces en la forma, en los estándares y en los estilos de vida, en toda la acepción de la palabra. No simple y llanamente en actos institucionales y programáticos.

Pues bien, en medio de la crisis civilizatoria y el pesimismo y desasosiego que produce, la verdad es que crecientemente hay individuos, comunidades y culturas que están aprendiendo a vivir, y que están aprendiendo a vivir bien. Por ejemplo, que tienen una inmensa capacidad de autonomía frente a los grandes medios de comunicación y a todos los mecanismos
del mercado y del consumo, de la moda y la apariencia. Y de consumo, libertad frente al sistema bancario y sus mecanismos de control.

Hay personas y grupos que crecientemente están aprendiendo a alimentarse, que aprenden la importancia de llevar
una vida sencilla –una idea que tiene toda una connotación distintivamente poética–, y que sabe de naturaleza, mucho más y mucho mejor que saber sencillamente de “humanidad” de los “seres humanos”. Por ejemplo, que los seres humanos no están, en absoluto, por encima de las plantas y los animales, de los ríos y los bosques, de los mares y las montañas.

Las huellas ecológica, de carbono y la digital, constituyen los tres polos a tierra de lo que sea una política de cambio, una educación democrática, un gobierno popular, en fin, un sistema de valores verdaderos por ejemplo. Si la educación, los sistemas de comunicación, la medicina, la religión, la política y la economía no encuentran sus raíces en el mundo de la vida, y no contribuyen a enriquecerla y exaltarla, la están negando; por acción o por omisión. Un verdadero e inmenso reto para cualquier gobierno que se diga de cambio y en pro de la vida. Y con él, un verdadero e inmenso reto para la sociedad, en particular los movimientos sociales, que constituyen y dinamizan el objeto de ese gobierno.

Al revés, reconocer las potencialidades, sistemáticamente ocultas, del mundo de la vida constituye la gran reserva de presente y de futuro. Esto implica una transformación radical en todos los sistemas habidos: en la educación y en la cultura, en la ciencia y la tecnología, en las políticas públicas y en la construcción y habitación de vivienda, por ejemplo. Sin
ambages, en la vida cotidiana se encuentran las verdaderas redes de apoyo, las cadenas de solidaridad, la ayuda mutua, la
cooperación, la amistad, el amor y el vecindazgo. Reconocer sus fortalezas y potencialidades es saber vivir, y vivir bien. Y por ello mismo, saber vivir sin miedos. Sí, digámoslo: vivir sabroso. (Ver recuadro, ¿Qué significa tener una vida?).

¿Qué significa tener una vida?

Los animales o las plantas, verosímilmente no tienen vida cotidiana. Esto no es cierto. Hay un campo novedoso de estudio, en el caso de los animales que se llama: Estudios Animales que específicamente se ocupa no de si los animales están vivos, sino, mucho mejor, qué es estar vivos para un animal –una jirafa, un perro, un delfín, por ejemplo–. Un tema que debe quedar como el objeto de otro artículo. ¿Qué significa tener una vida?, no simplemente establecer si está o no vivo, es el tema de base que emerge inmediatamente.

  1. Vale recordar que los sofistas eran los humanistas de la Grecia clásica. Y que por tanto los ataques en su contra por parte de Platón y Aristóteles –la Academia y el Liceo-, fueron, simple y llanamente, ataques contra el humanismo.
  2. Existen numerosas formas alternativas de consumir proteínas, muchas de ellas con base en plantas, frutas y vegetales. Dicho simple y llanamente, la gente no sabe comer, y al mismo tiempo, la comida más sana resulta ser la más costosa. Un círculo vicioso.
  3. Dicho de manera puntual y sólo como un ejemplo: en Facebook, por ejemplo, son inmensamente más significativas las cosas a las que no se les dan “me gusta” y las relaciones que no tenemos, que los “me gustan” y los “amigos”
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Información adicional

Autor/a: Carlos Eduardo Maldonado
País: Colombia
Región: Sudamérica
Fuente: Le Monde Diplomatique, edición Colombia - diciembre 2022