Economía de socavón: con pasado y sin futuro

Economía de socavón: con pasado y sin futuro

 

De la primarización a la re-primarización de la economía latinoamericana. Cifras, explotación y mercado de materias primas que por ningún costado permiten deducir que el presente, y menos el futuro, de la región deba transitar por tal veta. 

Comenzando la década de los ochenta del siglo XX, las exportaciones de materias primas representaban el 52 por ciento del total de las ventas externas de América Latina, al finalizar ese siglo la cifra se redujo al 27, y a partir de ahí comienza un ascenso que en la actualidad las sitúa alrededor del 40 por ciento. Es a esta última fase a la que los analistas han denominado re-primarización de la economía, porque la identifican con el regreso de la función estructural que los países de nuestro continente cumplieron en la primera etapa colonial.

El fenómeno no fue accidental, ni fue el resultado espontáneo de la interacción de las fuerzas del mercado inspiradas en las “ventajas comparativas” de la región. La situación tomó forma como resultado de las políticas multilaterales y su aceptación pasiva por parte de los gobiernos que propiciaron las llamadas aperturas económicas, generalizadas en la última década del siglo pasado, y que impulsaron, entre otras políticas, la llamada globalización, traducida en una nueva división internacional del trabajo.

En ella, los países del centro capitalista se arrogaron el papel de productores de bienes tecnológicos de punta, conservaron para sí las labores de investigación y diseño, así como el predominio en los servicios financieros, de comunicación y procesamiento de datos mientras cedían, con los procesos de deslocalización, una parte de la producción industrial que concentraron en Asia Oriental y Suroriental. África y América Latina fueron reducidas, en lo esencial, a productoras de materias primas, completando el cuadro general de una nueva división espacial del proceso productivo. A nivel mundial, el número de países dependientes de los recursos naturales pasó de 58 en 1995 a 81 en 2011, alcanzando una participación en el Producto Interno Brito (Pib) total del 26 por ciento, luego que fuera tan sólo del 18.

La globalización no significó, como aún promueven en los discursos oficiales, “nuevas” oportunidades para los Estados, menos aún para los pueblos, pues como lo señala la misma Organización Mundial del Comercio (Omc) (1), actualmente, cuatro quintas partes del comercio mundial corresponden a multinacionales que dividen las diferentes etapas del proceso productivo en lugares distantes del planeta que, pese a ello, les representan costos menores. Se trata, entonces, de una nueva forma de producir en la que la desagregación de las tareas, que antes tenía lugar en un espacio determinado, ahora se distribuye por el mundo, constituyendo lo que han denominado como “cadenas de valor”. El número de empresas multinacionales, finalizando la década de los sesenta de la centuria anterior, era de aproximadamente 7 mil, pasó en los noventa a 24 mil y hoy se estima en 111 mil, como una muestra más que el comercio mundial es más un intercambio intra-firmas que inter-nacional.

Sin embargo, parece que nos encontramos con un modelo que parece tocar techo. No son pocos los analistas que sostienen que la llamada globalización ha llegado prácticamente a su tope y que las variaciones absolutas del comercio internacional serán, de ahora en adelante, una función directa del comportamiento del producto. En efecto, mientras el comercio internacional desde los años noventa del siglo XX aumentó a un ritmo cercano al doble que lo hacía el producto, desde el 2012 comercio y producto crecen a tasas iguales. Además, la fuerte reducción del índice Báltico Seco –se encuentra en los niveles de hace treinta años–, que mide los fletes del transporte marítimo de carga y refleja los movimientos internacionales de mercancías, es una señal clara que desde la crisis del 2008 la economía mundial parece incapaz de retomar su antigua senda. En ese sentido, las economías exportadoras, y particularmente las exportadoras de materias primas, entran a encadenar su suerte a la del comportamiento del producto mundial, cuya variación en los siguientes años no se prevé dinámica.

En la producción de materias primas es necesario distinguir las economías cuyos productos son de origen agropecuario de aquellas que dependen de actividades extractivas. La razón es muy sencilla: en el caso de la agricultura, por ejemplo, los encadenamientos hacia adelante y hacia atrás son más amplios que en la minería. En ésta última tan sólo se impactan “hacia atrás”, con alguna importancia, los servicios de intermediación financiera y el transporte, y “hacía adelante”, en el caso del carbón, por citar un material particular, la electricidad y algunos productos metálicos, si es que los países tienen termoeléctricas y producción significativa de acero. Sin embargo, cuando las naciones son exportadoras netas de materias primas, los encadenamientos productivos jalonados por la minería son casi nulos. En Suramérica, más allá de algunos aspectos generales, la situación de los diferentes países son bien distintas y, como veremos, el caso de Colombia es quizá aún más particular, por lo que amerita acercarnos un poco más a las diferencias derivadas del tipo de producto primario de que se trate.

La agricultura y lo renovable un principio de diferencia.

La resiliencia de los ecosistemas naturales le permite al suelo, luego de la cosecha, y bajo ciertas reglas técnicas, recuperar sus condiciones básicas. Cuando David Ricardo formula la teoría de la renta del suelo, afirma que ésta no es otra cosa que el pago por “las condiciones originarias e indestructibles del suelo”, remarcando ese carácter de renovable de esta condición natural de la producción. Eso no impide, claro está, que la sobreexplotación del suelo pueda erosionarlo de forma irreversible, lo que lejos de contradecir la característica señalada, lo que indica y advierte es sobre los efectos del uso irracional del recurso.

La agricultura, sin embargo, también ha estado sometida a las tensiones y los ajustes de la nueva división internacional del trabajo, y a los efectos de los procesos de concentración y centralización del capital. El impulso a las grandes explotaciones de monocultivos y la elevada especialización a la que son sometidas las regiones, ha propiciado que se priorice la producción agropecuaria como bien transable y generador de divisas por encima de su condición de alimento o de materia prima base para satisfacer las necesidades más sentidas de la población. La soberanía alimentaria ha terminado así socavada y la re-primarización apuntalada en la producción agropecuaria, no ha significado una garantía de los suministros básicos en los países subordinados.

Mientras que la producción agrícola mundial en el último medio siglo de la centuria pasada, y lo que va corrido del siglo XXI, creció a una tasa promedio anual de 2 por ciento, el comercio internacional de estos productos aumentó 4, probando que el capital ha logrado especializar a los países, convirtiendo estos productos en bienes comercializables, con los riesgos que esto representa para la seguridad de las personas (2). Entre 2000 y 2012 el volumen transado de productos agropecuarios creció 60 por ciento, mientras que su valor aumento casi 300 por ciento, dando una señal clara de que la producción destinada a las exportaciones sigue acelerandose en los últimos años y que el valor de cambio predomina ampliamente sobre el valor de uso en este tipo de bienes cuya connotación mercantil no debería ser su signo principal.

Los países desarrollados, por razones de seguridad nacional, mantienen una producción agropecuaria diversificada que trasciende lógicas de ventaja comparativa o absoluta, y privan a los más pequeños de su autonomía en ese sentido. En el mercado internacional siguen también manteniendo su predominio, y tanto en productos sin elaborar como elaborados, mantienen una cuota de mercado cercana al 50 por ciento. Igualmente son pioneros en establecer medidas sobre las condiciones sanitarias y fitosanitarias que deben cumplir los productos que ingresen a su territorio, y que en no pocas ocasiones ocultan mecanismos neoproteccionistas. En los últimos años aumentó el número de normas aplicables al comercio internacional de alimentos, y también su complejidad, tal como lo señaló críticamente el Informe sobre el Comercio Mundial 2012.

La presencia de las multinacionales es igualmente asfixiante en el sector. Tan sólo cuatro productores de agroquímicos cubren el 60 por ciento del mercado mundial, y en el caso de las semillas los cuatro productores más importantes tienen un tercio de la cuota de mercado. En el caso del café, que es el principal producto agropecuario de exportación en Colombia, los cuatro comerciantes más grandes cubren el 40 por ciento del mercado y de las empresas de tostado la cuatro compañías principales procesan el 45 por ciento del total mundial.

En el caso de la industria alimenticia, alargar la cadena de circulación desde la granja al plato ha representado que para el consumidor el desarrollo tecnológico en la agricultura no se traduzca en una reducción significativa del coste de su alimentación. Del precio final de una caja de cereales se estima que el 7 por ciento corresponde al valor pagado al agricultor, mientras que los costos de producción, embalaje y transporte representan el 36 por ciento, y la ganancia de la empresa el 44, destinándose el resto a los beneficios del comerciante minorista (3). En América Latina, el sector agropecuario como base de la producción de la industria alimentaria, puede caracterizarse como dual. De un lado tenemos el sector de los agronegocios, normalmente atado a la producción para las exportaciones y, del otro, un sector tradicional basado en la economía campesina y la pequeña propiedad, que paradójicamente es el proveedor principal de la cadena alimentaria, con una participación cercana al 60 por ciento de la oferta de éste tipo de productos.

En términos de empleo y consumo, la agricultura es considerablemente más importante que las explotaciones extractivas. En el caso de los países menos adelantados (Pma), por ejemplo, la ocupación en la agricultura puede representar entre el 50 y el 70 por ciento del total del empleo. Sin embargo, estos países sumados, importan más productos agropecuarios que los que exportan, siendo en su mayoría países importadores netos de alimentos, en una muestra de la distorsión enorme que representa para el conjunto de la población mundial la visión que impulsa a tratar la producción agropecuaria bajo el lente estrictamente mercantil.

El subsuelo y lo no renovable

Dentro de las características más notables del llamado proceso civilizatorio resalta que, para su conservación, los seres humanos lograron separarse no sólo de las otras especies sino también del comportamiento que durante milenios observaron, y que se apoya en el consumo de la fotosíntesis y sus derivados (4). En la actualidad, la extracción de rocas y minerales del subsuelo tiene un volumen tres veces mayor que la producción agropecuaria. Dependemos, entonces, en muchos sentidos, más del subsuelo que del suelo.

El consumo de materiales combustibles y de minerales producto de la extracción, a pesar de lo dicho por unos y otros, parece obedecer en buena medida al derroche. Por mencionar un ejemplo, en África utilizan sólo 0,7 kilogramos de aluminio per cápita al año, mientras que en Estados Unidos el uso asciende a 22,3 kilogramos; el consumo total de metales de cada estadounidense es de aproximadamente 600 kilogramos al año, y un europeo occidental promedio, a lo largo de una vida de setenta años, usa alrededor de 460 toneladas de arena y grava, 39 toneladas de acero, 100 toneladas de piedra caliza y más de 360 toneladas de combustible para diferentes usos (5).

Y como quiera que la distribución de los minerales es marcadamente asimétrica en la corteza terrestre, el comercio internacional de estas materias se convierte en un mecanismo casi obligado cuando su consumo crece. Entre 2003 y 2008, el comercio de combustibles fósiles y de metales y minerales más que triplicó su valor y aumentó su volumen alrededor de un 50 por ciento.

Ahora, dado que la extracción tanto de los combustibles fósiles como de los metales arranca sobre los depósitos más superficiales y concentrados, el agotamiento paulatino de éstos obliga a recurrir a fuentes de más difícil acceso, llevando tendencialmente los costos de producción a niveles mayores, que si bien pueden ser contrarrestados en alguna medida con los desarrollos tecnológicos de los procesos productivos, no pueden evitar la inviabilidad de la extracción, pasado un límite, cuando, por ejemplo, en el caso de las materias combustibles el Índice de Retorno Energético alcanza el valor de uno (se insume una unidad de energía para producir una unidad de energía). En el caso de los metales esos límites los determina la dispersión del material en una cantidad determinada de roca (conocido como ley de la mena), pues a menor concentración crecen de manera inevitable tanto los requerimientos energéticos como la remoción de cantidades mayores de material estéril, y con ello los costos económicos y ambientales insostenibles, cuando se supera una dispersión determinada del material (6).

De tal suerte que pese a la diferencia establecida por los expertos entre los recursos –que comprenden las existencias totales de un elemento particular que se estima existe en la corteza terrestre– y las reservas –aquella pequeña parte de los recursos que por su concentración pueden ser explotadas con costos aceptables y de cuya existencia hay prueba técnica–, desde el punto de vista económico, este tipo de materiales del subsuelo debe considerarse como agotable.

Los análisis de la oferta de esta clase de bienes deben tener en cuenta la extracción acumulada de los periodos anteriores y su relación con la reserva conocida, pues de la proyección de la duración futura del recurso, bajo diferentes escenarios, depende, en buena medida, su precio. Pese a que en la última década, las inversiones mineras se han multiplicado por cuatro (sumando 80.000 millones de dólares) y los gastos en actividades de exploración y desarrollo de las setenta empresas petroleras más grandes pasaron de 315.000 millones de dólares en 2007 a 480.000 millones en 2011, los descubrimientos de yacimientos excepcionalmente importantes de minerales son cada vez menos frecuentes. Como efecto de lo anterior, así parezca paradójico, el porcentaje de las exportaciones mundiales de combustibles fósiles y productos de la minería aumentó del 13,2 por ciento en 2000 al 22,7 en 2012, reflejando tanto el aumento del consumo como la necesidad de contar con un inventario significativo de material extraído (al contabilizar el conjunto de las materias primas, el comercio mundial de estos productos pasó a representar el 31,7 por ciento) (7).

América Latina, de la euforia a la contención

Dado que la intensificación del proceso de reprimarización que experimenta América Latina en la última década tiene como eje central la minería, a futuro deben esperarse cambios significativos en la región. La minería se ha caracterizado por tener un ralentizado efecto multiplicador sobre los demás sectores económicos (como ya fue señalado atrás con los encadenamientos), impactos ambientales importantes, bajas tasas de creación de empleo por unidad de inversión, riesgos de inestabilidad cambiaria y fiscal, así como altas probabilidades de provocar la llamada “enfermedad holandesa” que, en las circunstancias actuales, podría representar para Suramérica la pérdida de los pequeños relictos de industria que aún mantienen nuestros países.

Remarcan e,n varios estudios sobre la minería en América Latina que Suramérica representa 5 por ciento del Pib total mundial, pero que provee el 15 por ciento de los metales y elementos masivos (que incluyen carbón, hierro, cobre, aluminio, níquel, cinc entre otros), con una fuerte tendencia a aumentar su participación. Chile es el primer productor de cobre, litio y yodo; el segundo de selenio; el tercero de molibdeno y el quinto productor de plata. Brasil el primer productor de niobio; el segundo de mineral de hierro; el tercero de bauxita y el quinto de estaño. Bolivia es el tercer productor de antimonio y el cuarto de estaño. México es el primer productor de plata del mundo y Perú el tercero. Suramérica produce el 92 por ciento del niobio del mundo, el 45 por ciento del cobre, el 34 de la plata y el 23 del estaño, convirtiendo a la región en un lugar crítico de la geopolítica y vulnerable al hecho que las materias primas han ingresado en los portafolios de los Fondos de Inversión y en los mercados de futuros, viéndose sometido el subcontinente al vaivén del casino de apuestas en que está convertido el sistema financiero mundial.

La destorcida de los precios de las materias primas en el último período, se tradujo en el 2013 en la reducción de las exportaciones de la América del Sur y la Central en 1,8 por ciento, mientras que las importaciones conservan su mismo nivel, provocando importantes desbalances en la cuenta corriente. La consecuente afectación del gasto social, que en escasa medida está limitada a los subsidios, también amenaza con transformarse en un problema. Programas como Bolsa Familia, que el gobierno de Lula da Silva estableció en Brasil en 2003; el Juntos de Perú, que data de 2005; Puente en Chile (como parte integrante de Chile Solidario), iniciado en 2002, o Familias en Acción, en Colombia, que arrancó en el 2000, todos ellos constituidos en la única correa de transmisión entre la riqueza enajenada y la población, pueden verse fuertemente reducidos en un futuro cercano.

En Colombia, la prensa realza que las reservas probadas netas de hidrocarburos de propiedad de Ecopetrol, ascendieron a 2.084 millones de barriles de petróleo equivalente (Mbpe) al cierre del 2014, situando la vida media de las reservas en 8,6 años, que es una cifra irrisoria que debería llevar a pensar que el uso de ese petróleo como mercancía en el comercio internacional es un exabrupto. Igualmente, le hacían caja de resonancia a que las exportaciones desde el Cerrejón alcanzaron una cifra récord al superar las 34 millones de toneladas el año pasado, sin señalar que ese esfuerzo exportador busca compensar la caída de los precios como tampoco que la intensificación del volumen de extracción y venta aumenta los efectos contaminantes, en muchos casos irreversibles, de la explotación y transporte del mineral. La locomotora minera, como el mismo gobierno lo empieza a reconocer, se descarriló, y ahora buscan la locomotora agropecuaria de plantación como su sustituto, en un baile de ciegos en el que la pareja seleccionado siempre es la menos apropiada.

Ante todo esto, no es extraño que la economía de socavón y los modos de vida derivados de su intensificación comiencen a ser puestos en las mira de las reflexiones críticas. Es claro en el mundo que para los llamados países emergentes un consumo per cápita equivalente al de los países del centro es imposible, dados los límites de los recursos naturales y las consecuencias ambientales previsibles de una explotación de esa magnitud. Por eso, el pensamiento crítico debe seguir colocando en la discusión el derroche de los países del centro, exigiendo su decrecimiento, al tiempo que revoca la consideración de simples mercancías de los bienes primarios, propugnando por el reconocimiento que no son los costos de producción simples sino los de reposición basados en conceptos como el de exergía los que deben definir los precios y los usos de los recursos básicos (8). 

1 Ver Informe sobre el comercio mundial 2014. Comercio y desarrollo: Tendencias recientes y función de la OMC (www.wto.org/spanish/res_s/booksp_s/world_trade_report14_s.pdf).

2 Al observar el caso de los cereales vemos que el 71 por ciento del trigo lo producen tan sólo 11 países; el 80 por ciento del maíz 10, y el arroz es aún más altamente concentrado, pues el 82 por ciento de la producción tiene lugar en siete países.

3 Roberts Paul, El hambre que viene: La crisis alimentaria y sus consecuencias, Ediciones B, Barcelona, España, 2008.

4 Naredo J. M. y Valero A.; Desarrollo económico y deterioro ecológico, Argentaria Visor, Madrid, 1999.

5 Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo (IIED), “Proyecto minería, minerales y desarrollo sustentable, abriendo brecha”, http://www.infoandina.org/sites/default/files/recursos/9287IIED.pdf).

6 Los expertos calculan que en la actualidad en las minas de cobre de los EE.UU, por cada tonelada de cobre se remueven 200 toneladas de material estéril, pero, si las minas a explotar contuvieran tan sólo 50 gramos del metal por tonelada métrica, la obtención de una tonelada de metal obligaría a la remoción de 20.000 toneladas de roca.

7 Informe de la OMC, citado.

8 Ver sobre recursos, reservas, costo de reposición y exergía el trabajo de Alicia Valero Delgado, “Estudio de la evolución exergética del capital mineral de la Tierra”, Universidad de Zaragoza (tesis doctoral).

 

 


*Economista. Integrante del consejo de redacción, Le Monde diplomatique, edición Colombia

 

 

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