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Estados Unidos tentado por el riesgo

Estados Unidos tentado por el riesgo

¿Una candidata experimentada y apoyada por el establishment como Hillary Clinton puede ser derrotada por un hombre tan brutal y resistido –incluso dentro de su propio partido– como Donald Trump? Aunque poco probable, esta posibilidad, que depende del voto de la América profunda, no está descartada.

 

“The system is rigged” (“El sistema está manipulado”). Ya sabíamos que en Estados Unidos el candidato que obtiene más sufragios a escala nacional no siempre se convierte en presidente; que la carrera por la Casa Blanca ignora a tres cuartos de los Estados en los que el resultado de la votación parece asegurado; que cerca de seis millones de ciudadanos que fueron condenados por la justicia perdieron el derecho a votar; que el 11% de los electores potenciales no disponen del documento de identidad que se exige para poder depositar una boleta en la urna; que el modo de elección concede a los dos partidos dominantes una ventaja exorbitante. Tampoco ignorábamos que el dinero, los medios de comunicación, los lobbies, el reparto de las circunscripciones electorales desfiguran la representación democrática del país (1).

 

 

Sin embargo, esta vez, se trata también de otra cosa. De una sensación que vuela por encima de las divisiones partidarias. De una bronca expresada en las primarias por los 12.024.000 electores del senador demócrata Bernie Sanders, pero también por los 13.300.000 victoriosos partidarios del multimillonario republicano Donald Trump. “El sistema está manipulado” estimaron, porque los gobernantes, republicanos y demócratas, desencadenaron guerras en Medio Oriente que empobrecieron a Estados Unidos sin aportarle la victoria. Manipulado, porque una mayoría de la población sigue pagando las consecuencias de una crisis económica que, en cambio, no les costó nada a los que la provocaron. Manipulado, porque el presidente Barack Obama decepcionó las esperanzas de cambio, inmensas, que había despertado su campaña de 2008. Manipulado, porque tampoco los electores republicanos esperaban gran cosa, después de haberse movilizado para arrebatar el control de las dos Cámaras del Congreso, primero en 2010 y luego en 2014. “El sistema está manipulado” porque no cambia nada en Washington, porque los estadounidenses se consideran despojados de su patria por una oligarquía que los desprecia, porque las desigualdades se profundizan y la clase media tiene miedo.

 

Sacudidas ideológicas

 

Sin embargo, a priori, todo había comenzado bien. Del lado demócrata, lo que debía haber constituido el paseo triunfal de Hillary Clinton hacia la nominación de su partido, una forma de sucesión dinástica fuertemente ayudada por Obama, se transformó en un combate encarnizado contra un francotirador septuagenario. Para sorpresa general, este último logró movilizar a millones de jóvenes electores, rurales y trabajadores, en torno a temas anticapitalistas. El dinero no constituyó un obstáculo para Sanders, dado que obtuvo una enorme cantidad gracias a millones de pequeños contribuyentes. Así, una de las principales “manipulaciones” de la política estadounidense, y una de las más detestadas, acaba de ser desbaratada (2). Una conquista tanto más prometedora puesto que Donald Trump también gastó infinitamente menos en su campaña para las primarias que varios de los republicanos a los que aplastó.

 

La “culpabilización del Estado” caracterizaba la mayoría de las campañas precedentes. Actualmente, hasta los electores conservadores reclaman que el poder público intervenga más en la vida económica. Además, las sempiternas arengas a la reducción del gasto social, la “reforma” de las jubilaciones, el recorte de las ayudas a los desempleados no forman parte del programa de Trump. Y, en materia de libre comercio, tema central de su campaña, quiere romper los tratados negociados por sus predecesores, tanto republicanos como demócratas, e imponer derechos de aduana a las empresas estadounidenses que hayan deslocalizado sus actividades. Por lo demás, su competidora y él coinciden en estimar que el Estado debe financiar la muy costosa reconstrucción de las infraestructuras de transporte del país (3). En síntesis, el consenso bipartidista en favor de la globalización y el neoliberalismo se hizo añicos. A fuerza de exhibir su cinismo y su rapacidad, las grandes empresas estadounidenses lograron destruir la idea de un vínculo obligado entre su prosperidad y la del país (4).

 

Aunque Hillary Clinton haya prometido confiar misiones importantes a su marido, gran arquitecto de la derechización del Partido Demócrata hace un cuarto de siglo, su formación política ya no tiene más el rostro que ambos moldearon cuando ocupaban la Casa Blanca. Sus votantes son más de izquierda y se ven menos tentados por los acuerdos con los republicanos: el término “socialismo” ya no los espanta… Y, respecto de cuatro puntos emblemáticos del volantazo conservador de los “nuevos demócratas” durante la década de 1990 –los tratados de libre comercio, el boom penitenciario, la desregulación financiera y la moderación de los salarios–, Hillary Clinton tuvo que dar garantías a los partidarios de Sanders.

 

Las diatribas de Trump contra la inmigración mexicana, el Islam, su sexismo, sus elucubraciones racistas inspiran un desagrado tal que a veces impiden percibir el resto. Sin embargo, ya se trate de gasto social, política comercial, derechos de los homosexuales, alianzas internacionales o incursiones militares en el exterior, Trump repudió con tal insistencia las Tablas de la Ley de su partido que cuesta imaginar un próximo giro de los dirigentes republicanos en todos esos puntos. A menos que prefieran perder definitivamente “su” base, la que ya les expresó su impaciencia votando en las primarias por un candidato conocido por su vehemencia, incluso contra dirigentes de su bando. Trump estima: “Nuestros políticos promovieron enérgicamente una política de globalización. Esta enriqueció a la elite financiera que aporta para sus campañas. Pero millones de trabajadores estadounidenses no obtuvieron más que miseria y dolor”. Viniendo de un multimillonario que divide su tiempo entre un penthouse en Manhattan y su avión privado, a la declaración no le falta picante. Sin embargo, el resumen está bastante bien hecho.

 

Todo esto podría hacer pensar que… el sistema no está manipulado. Y que, como lo sugiere Francis Fukuyama en un artículo que publicó recientemente en Foreign Affairs, la democracia estadounidense funciona dado que responde a la bronca popular, desmonta la dinastía Clinton, humilla a los barones republicanos y coloca en el centro de la elección la cuestión de las desigualdades, del proteccionismo y de la desindustrialización (5). Y, tal vez, anuncie el fin de una doble impostura política.

 

A lo largo de los años, el Partido Demócrata se convirtió en el instrumento de las clases medias y altas universitarias. Sin embargo, exhibiendo los símbolos de su “diversidad”, recogió una mayoría de sufragios negros e hispanos; apoyándose en los sindicatos, conservó una base electoral obrera. Pero su visión del progreso dejó de ser igualitaria. A veces individualista y paternalista (la recomendación de hacer más esfuerzos), a veces meritocrática (la recomendación de realizar más estudios), no ofrece ninguna perspectiva a la parte periférica del país que, lejos de las costas, queda al margen de la prosperidad de las grandes metrópolis mundiales, del derrame de las fortunas de Wall Street y Silicon Valley. Y que ve desaparecer los empleos industriales que durante mucho tiempo sirvieron de armazón a una clase media con pocos diplomas pero relativamente segura de su futuro.

 

A esta última y a los “pequeños blancos” pobres, el Partido Republicano anterior a Trump tampoco tenía mucho para ofrecer. En efecto, su objetivo central era reducir los impuestos a los grandes empresarios, permitirles exportar e invertir en el exterior. De todos modos, hablándoles de patria, religión y moral a los obreros y los proletarios blancos, sobreactuando la persecución al país profundo por parte de las minorías asistidas y los intelectuales llenos de altanería, los conservadores se aseguraron durante mucho tiempo de que las víctimas designadas de su política económica y comercial les siguieran sirviendo de carne de cañón electoral (6).

 

La popularidad que obtuvo Trump entre ellos se explica por otros motivos. El promotor neoyorquino no les habla solamente de Biblia y portación de armas, sino de industrias que hay que defender, acuerdos comerciales que hay que denunciar. Hillary Clinton no necesariamente reconquistó el afecto de esos votantes enojados instalando con cariño a la mayoría de ellos en “una cesta de gente deplorable” compuesta por “racistas, sexistas, homófobos, xenófobos e islamófobos”. Este diagnóstico psicológico fue establecido durante una colecta de fondos en Nueva York ante una “cesta de gente”, ésta sí necesariamente admirable dado que había pagado caro por escucharla.

 

Una elección marcada por tales sacudidas ideológicas, e incluso por un deseo de patear el tablero, ¿puede, de todos modos, terminar con la victoria de la candidata del statu quo? Sí, dado que esta última tiene por adversario a un outsider todavía más detestado que ella. En el fondo, la principal “manipulación” está ahí. Esta caracteriza a otros países además de Estados Unidos. Francia podría atravesar una situación parecida el año próximo: broncas populares contra la globalización, la segregación social y la connivencia de las “elites”, pero seguramente viciadas por un juego político que, tanto en un caso como en el otro, hará que la tostada caiga del lado de la manteca.

 

La apuesta de Trump

 

Como nada muy inesperado puede venir de Hillary Clinton –la que, rodeada de expertos, encuestadores y publicitarios, calcula todo hasta el último milímetro– Trump eligió poner la situación patas arriba. Lo hizo tirando por la borda la estrategia que fijó su partido.

 

La reelección del actual presidente en 2012 había sorprendido a los caciques republicanos. Por lo que habían llegado a la conclusión de que su próxima victoria exigiría reducir la ventaja electoral de los demócratas entre los negros (Hillary Clinton los movilizaría menos que Obama) y sobre todo los hispanos, cuyo peso demográfico no deja de aumentar. Como estos últimos suelen chocar con la política restrictiva de los republicanos en materia de inmigración, convendría mostrarse más abiertos sobre el tema y legalizar a una parte de los clandestinos. Dado que las lealtades electorales no están inscritas en los genes, nada impide que un hispano vote a la derecha si se opone al aborto o no le gusta pagar impuestos. Los inmigrantes polacos, italianos, lituanos votaban a los demócratas antes de apoyar a Ronald Reagan; en el año 2000, el 70% de los musulmanes se pronunciaban a favor de George W. Bush; ocho años más tarde, el 90% de ellos eligieron a Obama (7) …

 

En lugar de intentar arañar algunos votos en un electorado latino y negro hostil a los republicanos, Trump hizo la apuesta inversa. La de acrecentar su ventaja entre los blancos no hispanos. Por más que estos representen una fracción declinante de la población, ésta todavía constituía el 74% del electorado en 2012. Para movilizarlos, en particular a los obreros y los empleados con pocos diplomas, Trump atizó simultáneamente el temor a que una afluencia de inmigrantes provoque inseguridad y disolución identitaria y machacó la promesa de un renacimiento industrial (“Make America great again”). Un discurso como este resuena en el seno de grupos sociales por los que el establishment demócrata ya no se preocupa mucho, ya que no los asocian ni a la modernidad digital ni a la diversidad demográfica. Seguramente porque estima que esos grupos se debaten en una cultura y un universo terminados, en decadencia, “deplorables”.

 

Ahora bien, aunque las metrópolis garanticen una parte creciente de la prosperidad del país y de su producción de imaginario, es más bien en los Estados de la periferia donde se juega la elección. Así, pues, durante algunos meses, California y Nueva York deben abandonar sus pretensiones, dado que su voto ya está ganado (para los demócratas) y que el margen de la victoria no tiene ninguna importancia. Inversamente, Ohio, Pensilvania, Michigan y Wisconsin tienen su revancha. Como el resultado de la votación es más incierto allí, los cortejan, los eligen para realizar actos electorales, los cuidan de cerca. Y ¿qué descubrimos allí? Que esos Estados, más blancos, más viejos y a menudo menos instruidos que la media perdieron centenares de miles de empleos debido a las deslocalizaciones y la competencia china o mexicana, que amontonan los predios industriales abandonados, que aprovecharon menos la recuperación económica que el resto del país. Por eso, el discurso proteccionista e inquieto de Trump es bien recibido en esos lugares y a Hillary Clinton le cuesta más vender el “buen balance” del presidente Obama.

 

Pronto, cuando las ciudades-mundo hayan crecido aun más, cuando la inmigración haya transformado a Estados Unidos en un país mayoritariamente compuesto de “minorías”, los demócratas tal vez puedan prescindir del Midwest obrero, como anteriormente dejaron de lado a los “pequeños blancos” del Sur. Este año no.

 

Este año es demasiado temprano para, sin riesgo, poder retar como a niños malcriados a todos aquellos que reaccionan (mal) a los problemas que ellos mismos crearon. Para instarlos a formarse, cambiar de oficio, mudarse. Dado que, con Trump en la arena, los demócratas ya no pueden estar seguros de que lo que les queda de base obrera no tiene otro refugio electoral que el que ellos les brindan. De esta manera, Hillary Clinton, encarnación de una “elite” política que desde hace un cuarto de siglo llevó al mundo popular a la catástrofe, debe tener en cuenta a poblaciones cuya suerte económica está amenazada y a las que la pérdida de estatus social aterroriza. Su curriculum vitæ es brillante; pero, en 2016, gran cantidad de estadounidenses parecen buscar la alternancia y, para lograrlo, disponen de un cartucho de dinamita llamado Donald Trump.

 

Entonces, de pronto, los blancos en situación de miseria recobran importancia y son apreciados como ocurrió hace medio siglo con el lumpen-proletariado negro. Descubrimos, entonces, que la expectativa de vida de los mineros de los Apalaches, los cultivadores de tabaco de Virginia, todos aquellos que tuvieron que cambiar de empleo, convertirse en vigilantes en Walmart perdiendo en el cambio dos tercios de su salario, cae. Que, de ahora en más, para los blancos sin diploma, esta expectativa de vida es inferior en cerca de trece años a la de los blancos que pasaron por la universidad (67,5 frente a 80,4); en el caso de las mujeres, la brecha es de un poco más de diez años (73,5 frente 83,9). No solamente en los guetos negros se encuentran casas de empeño, jóvenes madres solteras que dependen de las asignaciones sociales, tasas elevadas de obesidad, toxicomanía. Para esta población en la miseria, la experiencia de Hillary Clinton, su respeto por las normas políticas de Washington no necesariamente constituyen una ventaja.

 

¿A qué se parecerá su futuro “posindustrial” cuando hayan cerrado todas las minas de carbón que les daban empleo, cuando los choferes de taxi y camión sean reemplazados por vehículos autoconducidos por Google, cuando las cajeras de supermercado se conviertan en escáneres y los obreros en robots? ¿Todos programadores? ¿Todos mozos? ¿Todos autoemprendedores que reparten comida ordenada por una aplicación de teléfono celular, locadores de habitaciones a turistas, jardineros “silvestres”, cuidadores a domicilio? Hillary Clinton no responde a esta inquietud; seguramente la asimila a un rechazo del progreso. Donald Trump la machaca para interrogar a aquellos a los que la brutalidad de su personalidad y su falta de experiencia política pudiera asustar: “¿Qué tienen para perder?”.

 

Manipulado o no, pronto descubriremos si el sistema estadounidense se volvió lo suficientemente frágil como para darse a un hombre como él. Pero si, en las semanas que vienen, un atentado, una mala performance televisiva o el descubrimiento de correspondencias comprometedoras alcanzaran para alejar a Hillary Clinton de la Casa Blanca, quedará probado que, lejos de combatir eficazmente a la derecha autoritaria, el partido del statu quo neoliberal constituye de ahora en más su principal combustible. 

 

1 Para un análisis más detallado, véase Serge Halimi y Loïc Wacquant, “El Tío Sam da clases de instrucción cívica”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, diciembre de 2000 y Benoît Bréville, “¿Dónde se definen los resultados”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, noviembre de 2012. Véase también Elizabeth Drew, “Big dangers for the next election”, The New York Review of Books, 21-5-15.

2 Según una encuesta de mayo de 2015, el 84% de los estadounidenses estima que el dinero ocupa un lugar demasiado grande en la vida política de su país (The New York Times, 2-6-15).

3 Hillary Clinton promete destinarle 275.000 millones de dólares en cinco años; Trump, el doble. Véase Janet Hook, “Trump bucks his party on spending”, The Wall Street Journal, Nueva York, 19-9-16.

4 Véase William Galston, “The double political whammy for business”, The Wall Street Journal, 20-7-16.

5 Francis Fukuyama, “American political decay or renewal?”, Foreign Affairs, Nueva York, julio-agosto de 2016.

6 Véase Thomas Frank, Pourquoi les pauvres votent à droite, Agone, Marsella, 2013.

7 Según The New York Times del 9 y 10 de enero de 2016.

*Director de Le Monde diplomatique.

Traducción: Bárbara Poey Sowerby

 

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