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La vida actual: entre el consumismo que hastía y el hastío que consumimos

La vida actual: entre el consumismo que hastía y el hastío que consumimos

Sin embargo, ese progreso ha relegado los valores inmateriales de la vida, y, consecuentemente, la Humanidad dista más que nunca de alcanzar una felicidad óptima para los más numerosos. No nos dejemos engañar al respecto por el creciente rendimiento de la técnica y la economía, pues posiblemente sus éxitos hayan generado una eficiencia máxima de todo cuanto es rentable, pero tan solo una medida ínfima de los valores humanos realizables.

Roland Nitsche (Texto: La sociedad del hastío)

 

Antes que nada, hay que señalar que la palabra “consumo” no puede ser objeto de satanización, pues el acto de consumir, es una obviedad decirlo, es un requerimiento de la vida, siendo lo realmente importante, más bien, el examen de las formas y las características que éste adopta en la época del capitalismo desarrollado. No se trata de hacer lo que cierta mirada moralizadora gusta de llevar a cabo, esto es, lanzar diatribas contra el placer de la vida, la riqueza de los objetos, la proliferación de necesidades o la configuración del presente; por el contrario, lo que es menester es defender estos aspectos en tanto constituyen rasgos afirmadores de la existencia, claro está, atendiendo la pertinencia de interrogarlos allí donde la lógica capitalista los destina a la insulsez, al despilfarro o al daño irreparable del medio ambiente.

En lo relativo al placer de vivir, corresponde hacer una crítica simultánea, de un lado, al cristianismo, que le dice no a la búsqueda y la consumación de la vida como goce, y, de otro, a la tontería capitalista que anuncia que la dicha de vivir se compra. Impugnar el consumismo, no el consumo, no es rechazar el goce de vivir sino cuestionar en qué consiste este goce y qué lo confiere, de la misma manera que impugnarlo significa reivindicar el tiempo concreto de nuestra existencia como el único dominio para llevar a cabo una buena vida.

Respecto a los objetos, hemos de reconocer que nunca una sociedad como la nuestra dispuso de más objetos materiales y espirituales, los mismos que, si bien en algunos casos son objetables por superfluos o dañinos, en muchos otros nos facilitan y gratifican nuestro cotidiano vivir, siendo también nuestra sociedad lo que más ha propiciado la ampliación del acceso a ellos, contribuyendo de esta manera a que ganemos en calidad y disfrute de la vida. Los objetos, en tanto hechura humana, son plasmación de ingenio, creatividad y estética. Basta pensar en cuántos objetos hay en el mundo y con cuántos entra uno en cotidiano contacto para darse cuenta que, por principio, no es válida para todos los casos la crítica que señala el carácter pasajero de ellos, carácter que los destina al derroche infructuoso, tal como lo promueve la lógica capitalista; en este sentido, de la misma manera que con los amores y con los amigos, con los objetos nos es factible establecer relaciones duraderas e inscribirlos en nuestra historia personal.

Un ejemplo de lo anterior es el de esa maravilla que es el objeto-libro, que al ser comprado en una librería es retirado del circuito mercantil e incluido en un vínculo que a través de la biblioteca personal lo destina a acompañarnos por siempre. Pero muchos otros objetos que contribuyen a definir los términos de la vida que hacemos en el día a día son también investidos por nuestra afectividad de tal manera que se convierten en huella de la trayectoria de nuestra existencia, no destinándolos, por tanto, a ser parte de lo que se desecha anodinamente. Incluso, varios de los objetos, que deben dar paso a la aparición de otros que potencian sus funciones, no dejan por esta razón de pertenecer a un pasado que ellos nos facilitaron, lo que queda probado por la dificultad con la cual muchas veces nos desprendemos de su compañía.

Sujeto y objeto

No siempre se cumple que la característica del derroche que estipula el frenesí capitalista sea lo que rija nuestra relación con los objetos, pues, en tanto que somos sujetos, podemos hacer de ellos unos rasgos de nuestra historia. En todo caso, uno se realiza en la vida y disfruta con ella contando con los objetos, teniendo en cuenta que, junto a las funciones que nos prestan y al afecto que nos suscitan, son también signos que hablan de nosotros y estética que nos hace más gustosa la vida. El mundo de los objetos nos acompaña desde que somos sapiens-sapiens, y, si es cierto que hay formas deleznables de hacernos a ellos y utilizarlos, como es el caso de lo que promueve el consumismo burgués, también es cierto que ellos pueden ser condición de nuestro buen vivir y marca de nuestra historia personal.

Algo parecido acontece con el asunto de las muchas veces defenestrada necesidad. Sin desmedro del requerimiento de diferenciar entre necesidad, demanda y deseo, hemos de decir que, si bien se presentan necesidades insulsas y en ocasiones dañinas, causantes del empobrecimiento y la enajenación del ser humano, también hemos de reconocer que en la amplitud, la diversificación y la cualificación de ellas tenemos un indicio de la riqueza humana. De manera taxativa se podría expresar: “Decidme cuáles son vuestras necesidades (y vuestros deseos y demandas) y os diré qué riqueza encierra vuestro ser y la calidad de vida que encarnáis”. El problema no es que el ser humano cree necesidades nuevas; el problema es qué necesidades crea.

En la misma línea, nos referimos al presente que vivimos. Parodiando a Borges, hemos de decir que todas las épocas de la humanidad fueron difíciles y que la nuestra no es una excepción en lo relativo a la dificultad. En consecuencia, nada asegura que sea la peor o la más difícil, siendo claro, en todo caso, que si atravesamos por serios problemas también poseemos más herramientas intelectuales y materiales para encararlos, en tal forma que pesimismos y derrotismos no son justificables. Ahora, vivimos un presente que, si bien deja aún mucho que desear y muchas realizaciones por alcanzar, es, sin embargo, un tiempo de indiscutibles logros en lo social, lo individual, lo intelectual y lo relativo a los objetos que nos acompañan, constituyendo todo esto un difícil pero maravilloso universo de la pluralidad que posibilitan, en este abanico de opciones, las elecciones personales, de tal manera que –sin desconocer las determinaciones sociales, económicas y políticas que entran a imposibilitar, muchas veces y para muchas personas, la singularidad y la afirmación de una vida– cada uno puede, en consonancia con la particularidad de su deseo y con las modalidades de su goce, hacer una obra y una estética propias con su existencia.

Los eufemismos de la sociedad de consumo

Pero hablemos del consumo y de la forma suya que llamamos consumista, adoptada en la sociedad capitalista tardía y la cual es consumismo desaforado. Tenemos, entonces, que de ese consumismo desaforado deriva, en gran medida, el hastío que corroe a muchos seres en nuestra época y el cual frecuentemente se encubre tras las máscaras de múltiples expresiones de entusiasmo vacío. Lo primero es reiterar que el consumo es una función constituyente de nuestra condición humana, pues nuestra articulación como sociedad reclama cuatro niveles imprescindibles respecto de los objetos y de los bienes: producción-distribución- circulación-consumo. De aquí que sea un error decir “sociedad de consumo”, pues todas lo son y nunca pueden dejar de serlo: es decir, en todas las sociedades se consume. En este orden de ideas, conviene advertir acerca de ese tan acentuado gusto contemporáneo por los eufemismos: apelamos a expresiones que velan la verdad de lo que hablamos.

En el caso de la sociedad, nos encanta acudir a epifenómenos que nos distraigan de la obligación de nombrar lo que en lo esencial la define, explicando esto la proliferación de nominaciones que cernimos sobre la realidad social en que vivimos hoy por hoy: sociedad “industrial”, sociedad “de la información”, sociedad “del conocimiento”, sociedad “de masas”, en fin, sociedad “de consumo”. Adjetivamos de esta manera con algo contingente el sustantivo sociedad, escamoteando calificarlo con el nombre de aquello que la especifica porque atañe a su estructura y que hace a su esencia: capitalista. Sí, así de sencillo: la nuestra es una sociedad capitalista, y nombrándola en esta forma la identificamos por lo que constituye el soporte de su existencia y la condición de su funcionamiento, esto es, la relación trabajo asalariado-capital, destinada a la producción de mercancías y, por ende, al primado del mercado.

En la línea de lo anterior, el problema al que tenemos que abocarnos es el del consumo que nos hastía y el hastío que consumimos, lo que no es sino una manera de nombrar la forma de consumo que va imponiendo progresivamente la sociedad del capital, consumo hipertrofiado y devenido consumismo, siendo esta modalidad del consumo lo que genera el hastío y el tedio que, más allá de la voracidad incontinente y de los entusiasmos vacíos, se cierne hoy sobre nuestras sociedades.

Proseguir el examen de este tedioso consumismo y de este consumo atediante exigiría llevar a cabo el siguiente derrotero:

Qué caracteriza al consumismo como fase fatalista del consumo y cuál es el individuo-consumidor que demanda y sostiene al capitalismo.

Por qué el capitalismo no puede dejar de acelerar progresivamente el consumo.

La crisis central del sujeto en nuestra época no es que no sepa qué desea sino que no quiere saber qué es lo que desea, lo que lo sume no sólo en una gran incertidumbre respecto al logro de una identidad propia sino que además lo hunde en una angustiante impotencia.

La impotencia del sujeto ante la crisis de identidad que lo signa, impotencia que lo hace fácil presa de la identidad-mercado y la identidad-masa, en otra palabras, de la identidad-moda.

En qué consiste el deseo (precisando sus diferencias con la necesidad y la demanda), eso que, siendo lo más propio del sujeto y soporte de una identidad suya que lo singulariza y lo historiza, se diferencia del simple y errático anhelar que es la moneda de curso común en nuestra sociedad.

Por qué el capitalismo, para preservar su lógica y sostener su dinámica, requiere obturar la emergencia del sujeto del deseo y promover el individuo del anhelo.

Cómo el atrapamiento del individuo en la asfixiante malla del consumismo, olvidado de su deseo y arrojado al anhelo, termina por abrir las puertas del tedio y atentar contra la dicha del vivir, desatando incluso fuerzas peligrosamente hostiles contra la vida misma y ya no sólo contra la humana sino asimismo contra la del planeta todo.

Necesidad de una ética del consumo que sepa sumarse al enfrentamiento político del devastador modelo productivista-consumista que, cual aprendiz de brujo, desató el capitalismo.

 


Palabra desatada

Cuando de tertulias y conversación se trata, las derivas y caminos por los que toma un encuentro alrededor de un tema que se presenta como centro y unas líneas que se proponen para la reflexión son tantos como palabras se enuncian, pensamientos afloran y diversos entendimientos emerjan a la hora de entregarse a ser, pensar, debatir y, aunque sea un ideal, dialogar con otros. Tal fue el caso del encuentro en torno al tema del consumismo y el hastío en el presente nuestro, en donde la discusión se orientó por dos caminos no excluyentes entre sí y se enriqueció como fruto de las interpretaciones de varios participantes que nutrieron la conversación.

El primero de ellos tuvo que ver con todo lo que implica la relación de los seres humanos con los objetos, ‘la ineludible relación de la naturaleza con la cultura’ por expresarla desde un plano más general, aquello que pone una interrogación por las necesidades del ser humano, por los hábitos de consumo que históricamente se han configurado, por la relación de éstos con la cultura, el contexto, la geografía, las condiciones mismas del ser humano como ser del lenguaje y ser deseante: por ejemplo, situó una participación, no se satisface el hambre con suplementos vitamínicos que serían suficientes para vivir; al contrario, se dedican horas para lograr una comida que estimule el gusto y se disfrute placenteramente. En todo lo anterior se dejan ver determinantes así reconocidos de esa relación nuestra con los objetos y con lo que consumimos, de la significación que podamos o no tejer alrededor de ellos, del entendimiento de ellos –los objetos– como posibilidad pero también como límite, la primera para el mejoramiento de la calidad de vida y el segundo como lo necesario en una sociedad, como la actual del capitalismo, que nos inscribe ya no en un consumo mínimo y necesario sino en un consumismo desaforado.

“Estamos inundados de objetos”, dijo un participante, y ello nos situó en la pregunta por los móviles de esa creciente necesidad de consumir. En un plano individual, la tertulia se detuvo en el problema de una identidad en crisis que, además, necesita cuánta cantidad de objetos para la individuación y la singularización del ser, de lo cual se pudiera extraer una reflexión sobre el tipo de humanidad que se forma y promueve en la ideología actual; una sociedad que oferta objetos desechables e incita a comprar algo nuevo, mejorado, más funcional o meramente estético, antes que el anteriormente adquirido cumpla su ciclo, incluso haciendo suyos, para la promoción del consumismo, significantes como el signo, la identificación y el deseo. Pero también está el plano social, y esto nos conecta con el segundo camino que tomó la tertulia, en tanto estas relaciones del individuo con los objetos están enmarcadas en un contexto social, en un tipo de sociedad específica, le pone en relación con los otros (a cada uno de nosotros que también somos ‘otros’), con la humanidad entera, con el planeta, con los estilos y las formas de vida y consumo de otras culturas, de donde el tamiz de la mirada democrática en este asunto se hará muy necesario, así como una forma alternativa política al asunto: promover una ética del consumo, una ética del mercado y un sujeto que sepa posicionarse en relación con los objetos, ‘¿Qué objetos realmente necesitamos?’, se preguntaba un tertuliante…

El segundo camino que siguió el encuentro, muy conectado al anterior, nos llevó a la indagación de las posibilidades de este planeta en que vivimos para resistir la producción de los objetos que estamos demandando y cuál es nuestro papel en ello. A partir del reconocimiento de lo valioso de muchos objetos con que hoy día contamos, que hace imposible una denegación de ellos o una aspiración a volver el tiempo atrás, y vivir como sociedades de hace muchos, muchísimos años, ‘el reciclaje’, ‘una desmaterialización de la economía’ y un ‘consumo responsable’ se plantearon en la tertulia como opciones para la sostenibilidad del planeta, uno que es finito y que acabará, pero cuya finitud no es un impedimento para plantearnos formas de vida que no recrudezcan el problema ambiental.

Por último, decir que por los caminos que tomamos es posible llegar al reconocimiento de una doble dimensión del problema del consumo en la sociedad actual: éste afecta la relación con los objetos tanto a nivel individual como colectivo y, además, está vinculado al contexto social y cultural, incluso de la ‘humanidad de la era del capital’, si puede llamarse así, como a los asuntos de la subjetividad y la particular relación que sepa construir cada quien con el mundo, con la vida, con la humanidad.


* Este artículo es un resumen de “La conversación del miércoles”, proyecto de formación ciudadana organizado desde hace cinco años por la Corporación Estanislao Zuleta en Medellín, ciclo 2012: De la cultura que tenemos a la cultura que queremos.

** Equipo de trabajo del proyecto La conversación del miércoles: Carlos Mario González, Diana Suárez, Vincent Restrepo, Álvaro Estrada, Eduardo Cano, Santiago Gutiérrez, Alejandro López, Isabel Salazar y Sandra Jaramillo.

www.corpozuleta.org o en http://www.youtube.com/user/haylibros/videos?view=1.

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