Las elecciones recientes de Pedro Castillo en Perú, Xiomara Castro en Honduras y Gabriel Boric en Chile, sumadas a los gobiernos en función, que ya superan más de la mitad del mandato, de López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina, han suscitado un entusiasmo nada desdeñable en el Progresismo latinoamericano. Los comicios presidenciales en Colombia –29 de mayo– y de Brasil –2 de octubre– de 2022, en los que son favoritos Gustavo Petro y Luiz Inácio Lula da Silva respectivamente, podrían completar el cuadro de lo que sería algo así como una fase de progresismo 2.0. Esto nos obliga a formularnos por lo menos dos interrogantes sobre ese hecho político: ¿qué puede significar realmente este giro para los pueblos del subcontinente –y de forma particular para los sectores marginales de estas naciones? Y, ¿cuáles son las analogías con la primera era progresista cuyas conquistas parecen haber sido flor de muy pocos días?

Edwing Pinzón, sin título (Cortesía del autor)

La asunción de Hugo Chávez a la presidencia de la República de Venezuela en 2002, de Néstor Kirchner y Lula Da Silva en 2003, dio inicio a gobiernos que esgrimían un discurso soberanista y popular, que buscaba contrastar con los desastres provocados por la globalización ultraliberal que en Venezuela motivaron el estallido social de febrero de 1989 contra el FMI, conocido como el Caracazo –saldado con una represión que de acuerdo con datos oficiales dejó cerca de 300 muertos, y que según fuentes no oficiales, la cifra pudo alcanzar hasta los 3.000 protestantes asesinados. En Argentina, el llamado Corralito, que consistió en el secuestro de los fondos de los cuentahabientes del sector financiero en diciembre de 2001, fue el detonante de las reacciones populares que dejó un saldo de al menos cuarenta muertos.


El deterioro generalizado de la región al finalizar el siglo XX, alentó un cambio de signo también en los gobiernos de otros países del subcontinente que vio como Uruguay en 2005 elegía a Tabaré Vásquez (sustituido en 2010 por el mediático José “Pepe” Mujica), Bolivia en 2006 ungía a Evo Morales como primer presidente indígena, y Ecuador designaba en 2007 a Rafael Correa, que desde su campaña había prometido desmantelar la base militar norteamericana de Manta como parte del discurso soberanista. El cuadro lo completó en 2008 en Paraguay el obispo Fernando Lugo, derrotando al partido Colorado que había gobernado el país por seis décadas.


Estos gobiernos tuvieron como una de sus premisas la nacionalización de recursos como el petróleo y, en general, la modificación favorable de las condiciones de participación de los Estados en los recursos del subsuelo, que tuvo su lado opaco en el reforzamiento resultante del extractivismo y una marcada reprimarización de la economía. Sobre esa base fue posible una redistribución de las rentas que, en lo esencial, filtró mejoras en los sectores marginales a través de subsidios. Los aumentos del gasto social facilitados por un ciclo de precios altos de las materias primas, y una idea de integración que llevó a pensar que los intercambios intrarregionales eran una posibilidad de fortalecimiento político y económico –materializado en Unasur como máximo organismo regulador–, luego de la derrota del proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (Alca) que buscaba liderar los Estados Unidos, fueron parte del núcleo común del proyecto. Los golpes de Estado “blandos” a Fernando Lugo en 2012 y a Dilma Rousseff en 2016, la muerte de Hugo Chávez en 2013 y la victoria de Mauricio Macri en el 2015 en Argentina, son quizá los hitos más importantes que marcan el principio del fin del sueño progresista que terminó desdibujado en ese corto período de cuatro años, y cuyos avances estructurales más significativos fueron desmontados, casi en su totalidad, como fue el caso de algunos logros en las leyes que rigen las relaciones capital-trabajo.


La crisis de una Venezuela golpeada desde afuera por las sanciones de las grandes potencias, y en su interior por la corrupción de funcionarios como Rafael Ramírez, hoy prófugo, que saqueó durante diez años Pdvsa, es actualmente un caso mostrado, en no pocos escenarios, como ejemplo del que debe huirse, y como eso incluye a actores del progresismo 2.0, es claro que éste busca diferenciarse sustantivamente de sus antecesores.


El entorno económico mundial, luego de la crisis del 2008, ha intensificado los procesos de concentración y centralización del capital hasta niveles sin precedentes, haciendo de las multinacionales supra-poderes. La geopolítica está centrada, en este momento, en la disputa por un nuevo orden que, de hecho, muestra el fin de la unipolaridad que busca ser sostenida por el último hegemón que resiste la aceptación de la multipolaridad. La china, potencia emergente, con la excepción de Colombia, Ecuador y Venezuela –que siguen teniendo a Estados Unidos como el primer destino de sus ventas externas–, es ya el mayor socio comercial o iguala a los norteamericanos en los intercambios económicos con los demás países Suramericanos, marcando una dicotomía en los gobiernos de la región entre la lealtad al discurso de la llamada democracia occidental y los intereses económicos, que los nuevos progresistas parecen no saber cómo tratar.


El regreso del Kirchnerismo al poder en Argentina, luego del fracaso del gobierno de la derecha liderada por Mauricio Macri, y la derrota que en las elecciones de mitad de mandato sufrió en noviembre de 2021 el gobierno de Alberto Fernández, y que auguran la probabilidad de un regreso del macrismo en 2023, pueden estar indicándonos que estamos entrando en un juego análogo al del mito de Penélope en el que la derecha desteje en su mandato lo que el progresismo pueda alcanzar a tejer en el suyo, en un juego de alternancia permanente en el que a un paso temporal hacia adelante lo sigan, poco después, varios hacía atrás, mientras el movimiento social, entretenido, nubla el convencimiento de que sin acciones contundentes, masivas y permanentes sus sueños de una sociedad mejor no tendrán lugar.


No cabe duda que la política ha sufrido un corrimiento a la derecha y que eso ha tenido como efecto que los reclamos de los movimientos políticos alternativos sean cada vez más limitados. Y si bien no puede afirmarse que en los resultados electorales cualquier resultado da igual, eso tampoco debe llevar a aceptar sin miramientos que lo posible del realismo práctico borre lo deseable de los sueños. La búsqueda de conquistas irreversibles pasa, entonces, por extender el poder a las organizaciones de la base social para poder construir así una verdadera democracia.