El pasado 10 de diciembre el Premio Nobel de Literatura cumplió 120 años. El primero en recibirlo fue –1901– el francés Sully Prudhomme y el más reciente ganador (2021) fue Abdulrazak Gurnah (Tanzania, 1948). A lo largo de estos años ha sido otorgado a 118 escritores (102 hombres y 16 mujeres) y, su entrega solamente ha sido suspendida entre 1940 y 1943 debido a la Segunda Guerra Mundial. El país más premiado ha sido Francia (15 veces), seguido por Estados Unidos de América (12), Reino Unido (11) y Alemania (8). Esto significa, entre muchas otras cosas, que el francés, el inglés y el alemán son los idiomas a través de los cuales, a juicio de los jurados, se ha expresado lo mejor del arte “universal” hecho con palabras.

Eduardo Esparza, sin título (Cortesía del autor)

Como era de esperar, con 120 años de historia, el premio más prestigioso no ha estado exento de controversias. Para algunos, este premio representa el triunfo de la industria editorial capitalista sobre el genio literario del autor o de la autora, el contubernio entre genio creativo e interés de lucro mediante la programación de lectores por la vía del creciente y cada vez más intensivo mercadeo global, un culto radical al individualismo artístico, o un verdadero reconocimiento a las y los mejores, una hoja de ruta para perseguir las huellas de nuestras maneras de echarnos cuentos, entre otras menores y mayores polémicas.


Por ejemplo, no hay que olvidar que en 1964 el ganador del premio lo rechazó porque no quería que su palabra escrita fuera “institucionalizada”, ni tampoco quería “presionar” a sus lectores. Se trataba nada más y nada menos que del filósofo francés Jean-Paul Sartre. Tampoco hay que olvidar que cuando en 2016 el turno le correspondió al músico estadounidense Bob Dylan, él mismo, quien además no asistió a la ceremonia de premiación aduciendo problemas de salud, manifestó irónicamente que sus posibilidades de ganar eran tan escasas como poner “un pie en la luna”. De hecho, cuando se conoció la noticia, muchas personas en América Latina vaticinaron que si a Dylan le habían otorgado el Premio Nobel de Literatura, no tardaría mucho en pasar lo mismo con Rubén Blades. La mujer de mayor edad en recibirlo hasta hoy ha sido Doris Lessing, una de los íconos del feminismo británico, quien al ser laureada (2007) contaba con 88 años de edad, y tampoco asistió a la ceremonia de premiación bajo el mismo argumento esgrimido por Dylan. Lo más paradójico de este último caso es que la misma Lessing se desescolarizó por voluntad propia cuando contaba con 13 años, y, además, ella nunca creyó en la educación institucional y formal como una opción legítima para aprender sobre sí misma y los demás, sobre todo para aportarle algo al mundo. Una creencia que, como era de suponer, puso en jaque al oficio de algunos de sus seguidores, sobre todo entre aquellas personas que han dedicado su vida a enseñar literatura en centros educativos para niños, niñas, adolescentes y jóvenes universitarios de pregrado o posgrado.


Entre todas las polémicas desatadas desde 1901, y partiendo por reconocer la pertinencia del Nobel de Literatura, desde el reconocimiento de la opción por el proceder desescolarizado y desescolarizante de personas que, como Lessing, no le dieron crédito a ningún centro de educación de baja o alta calidad, ni a las asignaturas de literatura, ni mucho menos a los maestros y maestras dedicados a su enseñanza, dos pregutas: 1) ¿Por qué –sin desconocer las críticas que se le hacen– hay que seguir defendiendo al Premio Nobel de Literatura? 2) ¿Cómo deberíamos leer literatura, es decir, arte hecho con palabras? (¿Hay algún manual de lectura?).


Si bien desde una actitud desescolarizada y desescolarizante hay una plétora de razones para defender la existencia de este premio, importante resaltar la más evidente: como tal, este premio permite acceder a un inventario de autores, autoras y obras de manera más o menos libre en relación con los currículos institucionalizados, más o menos pública en cuanto a que ni siquiera en China se puede ocultar o censurar este listado para la ciudadanía en general y más o menos gratuita en términos monetarios. En esta vía, recuerdo al viejo Noé (q.e.p.d.), a quien conocí en el Pacífico colombiano. Noé aprendió a leer y a escribir en 1999, a los 50 años de edad, gracias a que su nieto Fidel, quien apenas contaba con 16, decidió dedicar dos horas de sus días, durante un año, a motivar a su abuelo a aprender el abecedario y con ello abrir con sus propias manos las puertas de la literatura. Conocí a Noé en el año 2010, mientras mis pasos me llevaban por los territorios negros de Chocó en pos de un trabajo de campo y él, con orgullo, me contó que estaba leyendo, en orden (del más antiguo al más reciente), al menos algún fragmento de los premios Nobel, empezando por la traducción al español de algunos apartes de la obra de Prudhomme. “Voy leyendo Nobel por Nobel”, me dijo con la misma sonrisa orgullosa que alegraba su rostro cuando hablaba acerca de, o se refería a su nieto Fidel. Desde entonces, con algunos y algunas colegas, solemos referirnos al Premio Nobel de Literatura como “el método de Noé”.


Como Noé antes de 1999, según los datos más recientes (de 2015) del Instituto de Estadística de la Unesco (IEU), “cerca del 84% de la población mundial adulta sabe leer y escribir. Esto representa un aumento de un 8 por ciento desde 1990, pero deja todavía a alrededor de 774 millones de adultos analfabetos […]. La mayor parte de adultos analfabetos vive en Asia occidental y meridional y en el África subsahariana. Dos tercios de ellos son mujeres”. Noé murió en 2021, a los 72 años, en el contexto de la pandemia por covid-19. Ignoro cuántas millas de literatura premiada alcanzó a saborear, pero sí sé que se sentía orgulloso, como negro, del Nobel que le fue otorgado en 1986 a Wole Soyinka, el primer africano marcado con el sello de Alfred Nobel.


De otra parte, ¿hay algún manual para leer a un/una premio Nobel? Al respecto, recuerdo que alguna vez un maestro me habló de la diferencia que, según él, estableció Julio Cortázar entre “el lector macho y el lector hembra” (ya el sexismo en la frase me generó sospecha). Nunca corregí a mi maestro de su error porque la vida no nos dio la oportunidad, sobre todo porque años después sí encontré lo que exactamente quería decir Cortázar. Lo dijo en 1980 en el marco de una entrevista que le realizó la profesora peruana, emérita, Sara Castro-Klaren, quien por entonces trabajaba para el Department of Romance Languages and Literature del Darmouth College en Estados Unidos de América. En la conversación, la profesora Sara le preguntó a Cortázar lo siguiente: “¿Existiría algún paralelo entre el lector macho, es decir, edificador de un orden, con el escritor capaz de destruir la literatura para conseguir desde ahí elaborar una nueva obra? ¿Qué tipo de lector (hembra/macho) eres tú, digamos, al leer Don Quijote…?”


A mi juicio, la respuesta de Cortázar fue mejor imposible, como decimos coloquialmente en Bogotá: “No comprendo demasiado esa referencia a un posible paralelo entre un lector macho, es decir, edificador de un orden según vos, con el escritor capaz de destruir la literatura para conseguir desde allí elaborar una nueva obra. Creo que estás mezclando elementos heterogéneos. En todo caso no lo comprendo demasiado. En la frase siguiente cuando me preguntás qué tipo de lector si lector hembra o lector macho era yo cuando leía una serie de libros que citás empezando por Don Quijote, te diré que yo como lector no tengo nunca una actitud agresiva que parecería a priori ser el signo de la virilidad, del machismo. Aunque todo esto, sabemos muy bien que es un juego muy relativo. Mi conducta de lector, tanto en mi juventud como en la actualidad, es profundamente humilde. Es decir, te va a parecer quizá ingenuo y tonto, pero cuando yo abro un libro lo abro como puedo abrir un paquete de chocolate, o entrar en el cine, o llegar por primera vez a la cama de una mujer que deseo; es decir, es una sensación de esperanza, de felicidad anticipada, de que todo va a ser bello, de que todo va a ser hermoso. No tengo ninguna prevención previa […]. Me alegro de que cuando abro un libro lo abro como una especie de premonición de goce, de que todo va a estar bien. Y, claro, si las cosas no salen así, bueno, abandono el libro o lo termino con una cierta decepción”.


En la misma línea de inspiración que traza la respuesta que Cortázar le dio a la profesora Sara en 1980, hasta aquí, como lo comprenderá el lector, frente a la segunda pregunta formulada es indispensable resaltar que no hay un manual ni para leer a un/una premio Nobel de literatura en particular, ni para leer literatura en general y, sobre todo, no es deseable que exista. Como en el amor, en la vida, ante la muerte, ante la crisis, no hay una fórmula mágica para amar, vivir, asumir la muerte o enfrentar las crisis. Leer literatura es como tocar a la puerta del lugar en el que vive una persona desconocida. Si te abren la puerta, sugiero que te presentes y que le pidas a esa persona que se presente también. Luego, si deciden conversar (en la puerta o más hacia el interior del lugar), como en cualquier diálogo es posible que te resulte agradable o desagradable, pero eso ya lo podrás juzgar luego de un tiempo, o ahí mismo y con base en la experiencia. Sin embargo, lo importante, lo preocupante es que puedas al menos tocar a la puerta. Por eso, quizás, el único manual para leer a un/una premio Nobel es poder saber leer y escribir y, la verdad, por esta razón es un escándalo que el 16 por ciento de la población mundial no pueda hacerlo, y que las más perjudicadas por esto sean las mujeres y, entre ellas, las mujeres asiáticas y africanas. De lo cual se deriva otro escándalo, y no menor: ¿quiénes pueden además acceder a Internet y quiénes no? Sobre todo porque hoy no es suficiente con leer, sino que también se requiere con urgencia que todas y todos podamos acceder a la posibilidad de hacerlo a través de las autopistas de información que hoy nos ofrecen las tecnologías. Por eso duele que desde los fondos públicos o bien no se invierta en ese acceso, o se malversen los recursos destinados a ello. En el manual para leer a un/una premio Nobel de literatura el primer paso es esforzarnos en conseguir un Fidel para cada Noé.


Coda: entre diciembre de 2021 y enero de 2022 pude leer la novela Paraíso, escrita por el más reciente premio Nobel de literatura. Solo tengo unas pocas recomendaciones: ojalá cada lector o lectora que pueda leer y, además, pueda acceder a Internet, no deje de buscar las palabras en suajili o en árabe que por allí se mencionan, pero, además, no deje de investigar los nombres de los lugares, de los paisajes, de la comida, de los vestidos, de las religiones que allí figuran. Y tenga en cuenta dos cosas más, por favor: no compare a Gurnah con nadie más (cada autor o autora es único, única) y sepa usted que está ante el arte hecho con palabras del segundo hombre negro en recibir el premio más codiciado del mundo erudito.

*Director de la Fundación Sujetos en Luto, “porque todos y todas hemos perdido algo o a alguien”