¡Todos antiimperialistas! La lucha contra la hegemonía estadounidense, percibida antaño como una vieja quimera izquierdista o como síntoma de un “campismo” obstinado, reemergió contra todo pronóstico a principios de este año. The New York Times, que había apoyado todas las invasiones estadounidenses, se enardece de repente contra el aventurerismo de Donald Trump: “Después de un siglo defendiendo a otros países de los ataques extranjeros, Estados Unidos pasó a ocupar el lugar de una potencia imperial que intenta apoderarse del territorio de otras naciones” (20 de enero de 2026). Le Monde, que ya sólo usaba este término para describir la política extranjera rusa, recuperó el tono de los años 70 para fustigar “el nuevo imperialismo de Estados Unidos” (22 de enero de 2026). Y cuesta creer que Thierry Breton –que dedicó toda su carrera de empresario a adaptar a Francia al “modelo estadounidense” y a privatizar las infraestructuras– ahora esté arremetiendo contra “la élite neoimperialista” que gobierna en Washington. Ante el calor de su discurso, Darius Rochebin, presentador de la cadena de televisión LCI –que suele mantenerse dócilmente alineado con el Pentágono–, se exalta también y se da aires de Che Guevara.
Este momento de desconcierto –que recuerda al arrebato contestatario de las élites contra el sistema financiero durante la crisis de las subprimes en 2008-2009– da cuenta del pánico generalizado de los analistas ante las iniciativas muy poco diplomáticas del Presidente de Estados Unidos. Condenados, para retomar esa expresión que tanto les gusta, a “pensar contra sí mismos”, cada cual cree discernir una “Doctrina Trump” que podría explicar el desorden de la escena internacional.
Un primer enfoque consiste en tomarse en serio las declaraciones de la administración estadounidense, y los documentos que produce. Para justificar la operación en Venezuela, el asesor de Seguridad Nacional Stephen Miller explicó: “Vivimos en un mundo regido por la fuerza, la coerción, el poder”, lo cual aparentemente autoriza a Estados Unidos a “recurrir sin vergüenza al Ejército para defender sus intereses en su propio hemisferio […]. Sería absurdo permitir que un país situado en nuestro patio trasero les suministre recursos a nuestros adversarios y no a nosotros” (CNN, 5 de enero de 2026). La “Estrategia de Seguridad Nacional”, publicada el pasado diciembre, también retoma la idea de “zonas de influencia”: en vez de intentar garantizar un orden internacional universal, a partir de ahora Estados Unidos debería concentrarse en las zonas consideradas vitales, empezando por el continente americano, “nuestro hemisferio”.
¿Nuestro hemisferio? Trump se erigió en pacificador de Gaza, con la ambición de administrarla a distancia. Se inmiscuye en los asuntos de Irán, amenazando con intervenir militarmente para derrocar al poder vigente. Recientemente ordenó bombardeos contra grupos yihadistas en Nigeria y en Siria, mientras aprobaba una venta récord de armamento (11 mil millones de dólares) para Taiwán. Y exige aumentar el presupuesto militar estadounidense en un 50 por ciento, para llevarlo a 1,5 billones de dólares, una suma que sólo los conflictos del continente americano no alcanzan a justificar.
Del declive a la hegemonía
Algunos analistas atribuyen las acciones de Trump a su personalidad. Narcisista, inestable y fácilmente irascible, esta postura sostiene que el Presidente actúa sobre la marcha, al vaivén de sus estados de ánimo, de sus relaciones personales y de sus susceptibilidades. Sus decisiones, imprevisibles y basadas en una lógica transaccional a corto plazo, no parecen responder a ningún proyecto estratégico coherente, salvo, quizá, desviar la atención de la escena nacional y mantener contentas a las distintas facciones del bando republicano (1). Otros observadores, por el contrario, inscriben las iniciativas del Presidente estadounidense dentro de una lógica de conjunto totalmente consciente. Según [el ex diplomático republicano] A. Wess Mitchell, Trump adopta una política de “consolidación”: una estrategia que grandes potencias han utilizado frecuentemente a lo largo de la historia para “reforzar de manera proactiva su posición con tal de acrecentar su poder a lo largo del tiempo”. “La consolidación retribuye el riesgo a corto plazo con una ganancia a largo plazo”, explica el investigador (2). Para [el profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago] John Mearsheimer, Trump aspira más bien a acabar con el orden internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, que considera que se ha vuelto perjudicial para su país (3). De este modo, su propósito sería volver al colonialismo del siglo XIX, cuando las grandes potencias avanzaban sin freno e intercambiaban territorios sin preocuparse por la soberanía ni por las poblaciones locales.
Los partidarios de Trump, por su parte, ven esta política exterior como símbolo del poder recuperado de Estados Unidos, tras el debilitamiento que supuestamente causaron las presidencias de Barack Obama y Joseph Biden. “Estados Unidos vuelve a ser la única superpotencia”, comenta con entusiasmo Arthur Herman, historiador de Relaciones Internacionales, en las columnas de The Wall Street Journal (14 de enero de 2026). Según la investigadora Meaghan Mobbs, el intervencionismo de Trump recuerda que sólo Estados Unidos “sigue teniendo la voluntad y la capacidad de definir los desenlaces”, es decir, de hacer y deshacer a su antojo en el planeta (4). En cambio, otros analistas ven el activismo de Trump como “una confesión de debilidad” o “el canto del cisne de un país a punto de explotar” (5). Según ellos, al ver cómo el mundo se le escapa de las manos, Trump multiplica los embates, intentando evitar la decadencia de su país.
¿El declive de Estados Unidos? No pasaron ni cuatro años tras la Segunda Guerra Mundial para que apareciera ese cuento. Desde el acceso de la URSS a la disuasión nuclear (1949) hasta el desastre vietnamita (1968), pasando por el lanzamiento del Sputnik (1957) y el fin del patrón oro (1971), eminentes investigadores llevan anunciando sin pausa “el fin de la hegemonía estadounidense”. A principios de los años 90, mientras Sony adquiría Columbia Pictures y CBS Record, y el Rockefeller Center de Nueva York pasaba a manos de Mitsubishi, el “peligro amarillo” llevó al ensayista Jacques Attali a escribir: “Estados Unidos corre el riesgo de transformarse en una especie de zona de influencia de un nuevo centro situado en Tokio. Podría convertirse en el granero de Japón, como Polonia lo fue de Flandes en el siglo XVIII” (6). Un ejemplo de clarividencia: en ese momento, Japón entró en una crisis tan grande que llegó a designar la década del 90 como la “década perdida”, y Estados Unidos vio cómo se le abría la puerta a una era de dominación sin rival.
Nación en declive un día, nación hegemónica al día siguiente, ese balance es parte esencial de la mitología estadounidense: la de una nación que resiste a los sobresaltos de la historia, siempre capaz de volverse a levantar. Un nuevo episodio empezó con la crisis financiera de 2008. Mientras las instituciones financieras occidentales se derrumbaban, surgieron países emergentes para desafiar este orden mundial organizado en torno a una sola potencia, un solo bloque. Los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) celebraron sus primeras cumbres, y los asuntos del mundo parecieron escapársele a Washington, que asistió pasivamente a la caída de las dictaduras aliadas durante la Primavera Árabe de 2011.
La impunidad de Trump
Muchas cosas cambiaron, sin duda: entre 1999 y 2024, la participación del Producto Bruto Interno (PBI) chino en el PBI mundial pasó del 3 al 17 por ciento. Según un instituto australiano, actualmente China domina la investigación científica mundial en 57 de las 64 tecnologías consideradas “críticas” (citado por Le Grand Continent, 2 de septiembre de 2024). Asimismo, China se convirtió en el socio principal de muchos países emergentes, algunas veces desplazando a Estados Unidos. En el plano geopolítico, Washington se encuentra cada vez más aislado dentro de la Organización de las Naciones Unidas. Entre 1991 y 2020, de 1.513 Resoluciones en las que Estados Unidos no estuvo de acuerdo con China y Rusia, los otros Estados eligieron alinearse con Pekín y Moscú en el 86 por ciento de los casos, tendencia que no ha dejado de aumentar (7). Incluso países tradicionalmente aliados o vecinos están empezando a oponerse a la voz estadounidense.
Pero pese a que el poder de Asia creció, el mundo sigue girando en torno al mismo eje. Estados Unidos dicta la agenda mundial promoviendo gobiernos amigos, derrocando adversarios, apropiándose de los recursos de otros países, mediante la intimidación, el chantaje o la fuerza. Igual que siempre. Estados Unidos estuvo implicado en 392 intervenciones militares en el extranjero entre 1776 y 2019: más de 200 después de 1945, 114 desde el fin de la Guerra Fría y 72 desde el año 2000 (8). Por su parte, las intervenciones estadounidenses en los procesos electorales de otros países –que en el resto del mundo se llaman injerencias– son igual de frecuentes: hubo 81 entre el año 1946 y el 2000 (9).
El imperialismo estadounidense no nació con Trump, pero ahora se muestra sin hipocresías. El Presidente no se molesta en ocultar sus injerencias; las anuncia en las redes sociales. No las reviste de un discurso moral universalista como sus predecesores. La Doctrina Monroe pretendía proteger Latinoamérica contra el colonialismo europeo; la política de contención, durante la Guerra Fría, oficialmente apuntaba a proteger el “Mundo Libre” contra la propagación del totalitarismo; las operaciones de cambio de régimen de los años 2000 se justificaban porque aspiraban a exportar la democracia (véase Gilbert Achcar, pág. 18). Si Trump quiere algo –petróleo, minerales, dinero– lo agarra.
¿Por qué no lo haría? El inquilino de la Casa Blanca sabe que su país goza de total impunidad. Su poder económico y militar puede doblegar al más obstinado. Cada vez que Estados Unidos pisotea el derecho internacional, todo el mundo mira para otro lado, para no enemistarse con Washington. Rusia no quiere que Estados Unidos vuelva al tablero ucraniano; en cambio, a la Unión Europea le preocupa que se retire. India y Brasil temen sanciones aduaneras. En cuanto a China, nunca se mezcla en los asuntos del resto mientras no amenacen sus intereses. Por el momento, no tiene ni la voluntad ni los recursos militares para jugar a ser el gendarme del mundo.
De este modo, la hegemonía estadounidense opera sin que nadie le ponga frenos. A lo largo del siglo XX, las organizaciones obreras internacionales, los partidos socialistas y comunistas, los movimientos de liberación nacional, el Movimiento de Países No Alineados e incluso el movimiento altermundialista lograron generar solidaridades, movilizaciones, contradiscursos unificados y coherentes frente al imperialismo estadounidense. Pero ahora la izquierda se encuentra en retroceso en todos los continentes. En cuanto a los Brics, sus intereses divergentes, su adhesión al juego económico mundial y su atención intermitente al bienestar de sus poblaciones les impiden articular una propuesta alternativa. No parece haber ningún frente internacional común que sea capaz de transformar la indignación moral en fuerza política. Trump no necesita convencer: impone su ley, y la falta de reacciones sienta jurisprudencia.
Imperialismo sin complejos
Esta impunidad incita a Trump a golpear cada vez más fuerte, sobre todo a sus “aliados” del Viejo Continente. Es consciente de su nivel de servilismo. Washington puede espiar a funcionarios y dirigentes europeos (Barack Obama), negociar a sus espaldas para robarles contratos de armamento (Joseph Biden) u obligar a las empresas europeas a acatar sus sanciones contra otros países, so pena de multas colosales (todos los presidentes desde hace treinta años). Dependientes de Estados Unidos en el plano militar, económico, energético y digital, los europeos no tienen otra opción que aceptar todas las humillaciones. Nunca amenazan con expulsar al personal diplomático estadounidense, elevar aranceles, vetar empresas, cerrar instalaciones militares, sancionar a los espías, boicotear las competencias deportivas…
La Unión Europea es una presa aun más fácil para Trump porque ha perdido peso en la escena internacional. Se la mantiene al margen de la mayoría de los grandes conflictos, desde Gaza hasta Venezuela, e incluso de las negociaciones de paz en Ucrania, donde opina mucho pero influye poco. Su participación en el PBI mundial, que en 2004 llegaba al 31 por ciento, apenas alcanza un 17 por ciento veinte años más tarde. Prueba de la asimetría de las relaciones transatlánticas, el retroceso es impactante. En 2008, el PBI europeo representaba un 110 por ciento del de Estados Unidos; hoy la cifra cayó a un 67 por ciento. Una diferencia de crecimiento considerable, que ubica al Viejo Continente entre los rezagados del planeta.
El imperialismo sin complejos de Trump revela la debilidad de los europeos, que acatan todas las intimaciones del Presidente estadounidense. De este modo, desde hace un año vienen aumentando considerablemente el gasto militar, y redujeron la compra de gas ruso en favor del estadounidense. Aceptaron un acuerdo comercial que grava los productos europeos que ingresen a Estados Unidos, pero exime a los productos estadounidenses que hagan el camino inverso. Un “buen acuerdo que traerá estabilidad”, se felicitó la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. “Europa se inclina ante Estados Unidos en cada ocasión, incluso en detrimento de sus propios intereses, pero a cambio no obtiene ni el respeto ni la reciprocidad de Estados Unidos, sólo más desprecio y explotación”, reprocha con ironía el diario chino Global Times (19 de enero de 2026).
Como de costumbre, los aduladores de la Unión Europea apelan a más Europa, a una Unión más fuerte, unida, capaz de resistir a los apetitos de Trump. Hay que construir “la Europa de la defensa, la Europa de la energía, de la unión de los mercados de capitales y de la salud, la Europa de la salud y de la soberanía alimentaria, la Europa del desarrollo digital y de la reconquista de las tecnologías clave”, exclama Breton (Le Grand Continent, 21 de enero de 2026). Pero esta postura olvida que la Unión fue históricamente concebida para responder a los intereses de Estados Unidos, que se esforzó siempre por impedir que emergiera una fuerza autónoma. En 1963, saboteó el Tratado del Elíseo, que el general De Gaulle había imaginado como el instrumento de un acercamiento franco-alemán, que podría sentar las bases para una Europa independiente. Bajo presión estadounidense, el Bundestag alemán agregó al texto un preámbulo atlantista, que reafirmaba el compromiso inquebrantable de la República Federal de Alemania con la Otan y la alianza con Estados Unidos.
Washington también apoyó las sucesivas ampliaciones, consciente de que cuantos más miembros tuviera la Unión más débil sería, incapaz de hablar con una sola voz, entorpecida por pesados procesos de toma de decisiones. Tras la oleada de adhesiones de 2004, la secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Europeos, Elizabeth Jones, se alegraba de estar concretando un “objetivo político estadounidense de larga data”. Nicholas Burns, subsecretario de Estado para Asuntos Políticos, insistía: “La Unión Europea debería abrirse a nuevas ampliaciones, pues concuerda con nuestros intereses. Miramos a Bosnia y a Serbia. Miramos a Albania, Macedonia y Croacia. Miramos a Ucrania y a Georgia, y afirmamos que todos esos países deberían tener algún tipo de vínculo con la Unión” (10). Esta estrategia funcionó de maravillas. Europa es actualmente incapaz de presentar un frente común para oponerse a las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia.
Parece que esta tormenta ya pasó. Ya le seguirá otra. Los líderes responsables de la sumisión de Europa ante Estados Unidos no van a ser los artífices de su resistencia. Emmanuel Macron, extrañamente puntilloso para defender Dinamarca y Groenlandia, se mantiene igual de dócil cuando las presiones amenazan a otros pueblos. En un mensaje que Trump hizo público el 20 de enero, el Presidente francés escribía: “Estamos totalmente de acuerdo con ustedes respecto de Siria. Podemos hacer grandes cosas por Irán. [Pero] no entiendo qué están haciendo en Groenlandia”. En otras palabras, todo está permitido –las guerras, las injerencias, las desestabilizaciones– siempre que la nube no se cierna sobre el Viejo Continente. γ
1. Véase por ejemplo “The National Security Strategy is less a strategy than a mood board”, The Washington Post, 5 de diciembre de 2025.
2. A. Wess Mitchell, “The Grand Strategy behind Trump’s Foreign Policy”, Foreign Policy, 14 de enero de 2026.
3. Entrevista con John Mearsheimer en South China Morning Post, Hong Kong, 19 de enero de 2026.
4. Meaghan Mobbs, “The U.S. is the sole superpower”, 19 de enero de 2026, www.realcleardefense.com
5. Respectivamente: el economista e historiador Arnaud Orain, en Le Monde, 15 de enero de 2026, y el periodista Guillaume Duval, asesor en el Instituto Jacques Delors, 2 de enero de 2026, www.legrandcontinent.eu
6. Citado en Emmanuel Lozerand, “Le Japon de Jacques Attal”, Écrire l’histoire, N° 7, París, primavera de 2011.
7. Dimitri Nurullayev y Mihaela Papa, “Bloc politics at the UN: How other states behave when the United States and China-Russia disagree”, Global Studies Quarterly, Vol. 3, N° 3, Oxford, julio de 2023.
8. Monica Duffy Toft y Sidita Kushi, Dying by the Sword: The Militarization of US Foreign Policy, Oxford University Press, 2023.
9. Dov Levin, Meddling in the Ballot Box: The Causes and Effects of Partisan Electoral Interventions, Oxford University Press, 2020.
10. Citados en Youri Devuyst, “American Attitudes on European Political Integration – The Nixon-Kissinger Legacy”, Institute for European Studies, IES Working Papers, N° 2, Bruselas, 2007, https://aei.pitt.edu
*Director de Le Monde diplomatique, París.
Traducción: Agustina Chiappe



