Lindsey Graham, senador de Carolina del Sur, es parte del fan club del Presidente. Pero a diferencia de Trump, que en su asunción dijo que su éxito se mediría por los conflictos a los que no se dejaría arrastrar, siempre defendió la guerra.
El 4 de enero pasado, apenas se iniciaba el año, el presidente de Estados Unidos volvió a Washington en su avión. Se lo veía en buena forma. En Mar-a-Lago, donde había estado jugando al golf, también había presenciado, el día anterior, la transmisión en vivo y en directo de la captura de su par venezolano, Nicolás Maduro, por parte de un comando del Ejército estadounidense. Sorpresa total, ejecución perfecta. Por lo tanto, Donald Trump tenía todavía más ganas que lo habitual de hablar con los periodistas. Desaforado, amenazó a seis países a la vez en cuestión de minutos: aquellos a los que acababa de atacar, como Venezuela y Cuba –fueron asesinados 32 guardaespaldas cubanos de Maduro–, pero también a Irán, un país al que ya había bombardeado siete meses antes. Colombia, México y el territorio de Groenlandia se sumaron a la lista.



