La guerra en Medio Oriente descalabró aun más la exigida demanda energética mundial. La interrupción de los flujos de gas y petróleo provenientes del Golfo Pérsico, la escasez y el alza de precios agravan un mercado afectado por la situación geopolítica de otros dos grandes productores, como Rusia y Venezuela.
Al lanzar su guerra aérea contra Irán en febrero de 2026, Estados Unidos e Israel provocaron no una sino dos ofensivas mayores: la primera, deliberada y planificada desde hace tiempo, contra las infraestructuras militares y gubernamentales iraníes; la segunda, aparentemente fortuita, contra el sistema energético mundial.
Para muchos Estados importadores, tanto en Asia como en otras regiones, la brusca interrupción de los flujos de gas y de petróleo provenientes del Golfo Arábigo-Pérsico se tradujo en escasez de combustible para los transportes y la producción eléctrica, acompañada por un aumento de los precios. En Filipinas, el presidente Ferdinand Marcos Jr. declaró “el estado de emergencia energética” y estableció una semana laboral de cuatro días a las agencias gubernamentales. Otros países cerraron escuelas y redujeron el tiempo de trabajo, o, como Corea del Sur, establecieron un tope a los precios mayoristas de los combustibles para intentar apaciguar el descontento de los consumidores. El aumento de la cotización del petróleo no perdonó a Estados Unidos, a pesar de ser un país poco dependiente de las importaciones, y sus consecuencias en los surtidores tienen mucho peso en el presupuesto de los hogares pobres y modestos.



