¿Qué se puede esperar de la Ley 2460/25, nueva normativa de salud mental en Colombia? ¿Cuál es el panorama que en este campo encuentra la misma y cuáles sus horizontes de real desarrollo como parte sustancial de una política de los cuidados? ¿Es posible avanzar en el país hacia una democracia basada en un bien-estar que esté más allá de la simple administración de las dimensiones biopsicosociales del sufrimiento? Estos y otros interrogantes son despejados en este artículo.
El 16 de junio se firmó la Ley 2460 de 2025, que modifica diversos artículos de la Ley 1616 de 2013. Esta nueva ley, encabezada por Olga Lucía Velásquez –representante a la Cámara por Bogotá– , establece renovados lineamientos respecto a la salud mental en el país, pretendiendo reestructurar el viejo modelo en aras de darle paso a una política de la salud mental que comprende las dimensiones biopsicosociales del sufrimiento psíquico en una sociedad que se encuentra al margen de un estado de crisis constante frente a su bienestar mental (1).
Es necesario considerar que la salud mental es una deuda pendiente que el Estado tiene con la sociedad colombiana desde antes de la pandemia por covid-19. El capitalismo, como una racionalidad sistémica que administra el sufrimiento de quienes viven en él, ha generado heridas y lesiones graves en la psique de una profundad tal que ya desde antes de la pandemia se hablaba de cómo dicho sistema estaba en una dirección psíquica tanto en el Norte Global como en el Sur Global (2).
Ahora bien, con el acontecer de la pandemia varios pilares de la sociedad fueron tambaleando, elementos como lo económico, lo político, lo social, lo educativo, etcétera, sirven de ejemplo de estas desestabilizaciones profundas que Colombia contempló en su trasegar pandémico; igualmente, lo psicológico emergió con fuerza como una problemática que afectó de manera general a cada ciudadano y ciudadana, colocando a prueba el modo en que cada uno se relacionaba con su propia intimidad y con la esfera pública. Con todo, después del confinamiento y en el retorno a la “normalidad”, se puso sobre la mesa la reconstrucción del tejido social, relativamente desgarrado por la emergencia viral padecida, por lo que, entre muchos otros, la salud mental había sido un tema en cuestión a la hora de comprender cómo se estaba ejerciendo el cuidado dentro de esta sociedad y qué tipo de relación debe existir con lo psíquico (3).
Por lo tanto, la nueva ley surge para poder traer una renovación en las estructuras que componen la salud mental en el país, las cuales estaban en tela de juicio antes de la pandemia e, igualmente, fueron puestas a prueba en la pandemia. Esto se torna aún más importante en un contexto como el colombiano, el cual está atravesado por un conflicto armado, una amplia desigualdad y un estado de crisis constante que ha sido normalizado para evitar sentir una catástrofe que conduzca al final del país. La salud mental entre nosotros, entonces, refleja mucho de este mismo contexto, ya que es vivida en gran medida como un privilegio por aquellos que puedan acceder a ella de forma privada, una decepción para quienes deben lidiar con la mala atención psicoterapéutica de ciertos psicólogos o una visión meramente farmacéutica del sufrimiento psíquico; por supuesto, esto en los casos en los que existe un acceso a un cuidado de la salud mental.
Nuevas luces para un problema cada día más oscuro
Hay que dejar en claro desde el comienzo que la nueva normativa es una apuesta que se orienta en el sentido correcto de la problemática, ya que retoma muchos de los vacíos dejados por los intentos que le antecedieron, como la falta de articulación e integración, junto con la cuestión conceptual y la manera de entender la capacitación de personal idóneo. Esto se entiende desde el principio de la nueva ley, presta a ver la salud mental como una cuestión compleja y multifactorial, en la que se encuentran diversidad de elementos que definen lo que sería un proceso de recuperación terapéutico: “La atención integral en salud mental no se reducirá a un tratamiento médico, psicológico o psiquiátrico, y se llevará a cabo con un enfoque biopsicosocial y comunitario e incluirá acciones complementarias al tratamiento tales como la integración familiar, social, laboral, educativa y en actividades culturales, físicas, deportivas y/o recreativas” (4).
Esto implica entender que la salud mental es un asunto que no se limita al plano individual, sino que el protagonismo está repartido en distintos actores sociales e individuales que intervienen a la hora de hablar sobre lo que acontece al momento de trabajar en temas de sufrimiento psíquico. Aspectos nodales reflejados en la nueva ley, corresponden a la atención primaria en salud mental, su enfoque comunitario, la interseccionalidad y la atención a la cuestión del consumo de sustancias psicoactivas y la necesaria implementación en la educación básica para poder crear impacto cultural sobre el tema. Todos estos son elementos que habían sido objeto de análisis en el pasado y que aparecen para intentar abarcar de la mejor forma la complejidad presente a la hora de abordar el propósito de la ley en cuestión.
En este sentido, el trabajo que está sobre la marcha expresa un verdadero interés por atender las evidentes necesidades de salud mental que fluyen en el país, ya que abarca con precisión las distintas limitaciones que tiene el sistema hasta ahora; no solo eso, sino que, para comprometerse de forma material, crea un presupuesto específico para trabajar los temas de salud mental, sumado a la creación de una instancia específica dentro del Ministerio del ramo que se ocupará de la salud mental.
En este sentido, lo que se tiene es una normativa ambiciosa que apunta correctamente a los puntos álgidos a ser atendidos en el país para poder mejorar el modo en que la gente se relaciona con la salud mental. Algo igualmente importante por considerar es el modo como la nueva ley apunta a trabajar sobre los prejuicios culturales y sociales que están presentes a la hora de enfocar la salud mental, un elemento importante para entender que la lucha por comprender que el sufrimiento psíquico es un elemento común en las sociedades y que, por lo mismo, deben ser atendidas sin ningún tipo de tabú al respecto.
Por lo tanto, el panorama con la nueva reforma es optimista. El Estado es consciente de la existencia de agujeros dentro de la cuestión de la salud mental que deben ser atendidos correctamente para que el tema del bienestar dentro de la sociedad colombiana no se limite a una simple supervivencia paliativa en términos psíquicos. Comprender cómo es que la salud mental hace parte de la vida cotidiana, es decir, como dentro de toda praxis política, social, cultural y económica se despliega un tejido que envuelve lo psíquico, es algo que no debe ser ignorado dentro de la administración de un Estado, ya que esto es un elemento capital para el sano desenvolvimiento del ejercicio democrático.
Esto último es así en la medida en que se comprende la democracia como un ejercicio del cuidado y de la atención, y no solo como un espacio libre para el crecimiento económico y el consumo. Esta nueva ley, entonces, pone de manifiesto un interés por velar por el sano desenvolvimiento de subjetividades por medio de transformaciones que se dan desde lo particular y lo colectivo; no solo se queda en el marco de una reconfiguración del consultorio privado, sino que sale de él para poder establecer marcos comunes con el mundo que rodea a la persona que sufre, dando pie a la construcción de lazos sociales que, aunque ignorados, siguen haciendo parte de él y que lo atraviesan y afectan en su día a día. La familia, la escuela, la universidad, el trabajo, la ciudad en que vive, sus hábitos y sus rutinas, sus vínculos con los otros, etcétera, todo esto es tomado en cuenta al momento de apuntar a una política de salud mental, por lo que esta nueva ley es una apuesta directa a una democracia de los cuidados, antes que a una del rendimiento, ya que enfervoriza al sujeto que vive el sufrimiento psíquico a movilizarse y transformar tanto su entorno como a sí mismo, permitiendo ver que salud mental es un asunto de la totalidad que somos.
Democracia, salud mental y política de los cuidados
En este sentido, esta normativa se inserta en una nueva orientación para concebir la democracia en un contexto como el que actualmente atraviesa el país: crisis ambiental, social, política, económica etcétera, el cual hace parte de una situación global. Para el caso que aquí compete, la salud mental, cómo esta situación ha producido formas (sean nuevas o viejas) de sufrimiento psíquico es un problema que múltiples autores se han preocupado por profundizar, especialmente el modo en que la ausencia de una política de los cuidados –que permita afrontar el sufrimiento psíquico de manera multifactorial produciendo cambios que posibiliten una reconstrucción del tejido social– permite que pervivan maneras de lidiar con dicho malestar que terminan por conducir a una erosión de los sostenes sociales y éticos de la sociedad por medio de alternativas reaccionarias y violentas debido a la experiencia límite (5) que se está viviendo, tal y como lo señala Berardi:
El retorno posmoderno del fascismo se basa en una antropología completamente diferente. La comunidad es solo la memoria nostálgica de una pertenencia pasada que ya no existe. Es lamento, no experiencia viva. La vida social ha sido pulverizada en el espacio metropolitano pospolítico, desterritorializado, y la potencia no es más que un mito, un contrapunto de la presente impotencia. La potencia sexual está en declive, ya que la población blanca envejece, y el estrés, la depresión y la angustia perturban la esfera erótica. La autonomía de las mujeres fue la amenaza definitiva al poder masculino y alimentó un sentimiento reprimido de venganza machista que hace erupción cada vez más a menudo en actos de violencia […] El nuevo modelo de fascismo no surge de una euforia futurista juvenil, sino de un sentimiento extendido de depresión y de un impotente deseo de venganza (6).
Lo que se tiene aquí, entonces, es una dinámica pulsional en la cual hay que trabajar sobre lo que sería la devastación que se está atravesando. La nueva normativa, en este orden de ideas, propone una formulación que surge desde una potencia de Eros, en su baile con Tánatos, para poder encontrar una solución creadora que se oriente hacia una erotización de los lazos con el mundo, más que la simple reducción destructiva de estos, como puede acontecer con la privatización del malestar.
El sufrimiento psíquico, entonces, está ahí como un caldo de cultivo para abarcar propuestas reaccionarias hacia lo frágil, en lugar de comprenderlo como una parte que atraviesa a todos los sujetos y que debe ser atendida como una problemática compartida, por eso, la política de los cuidados que se hace presente con esta nueva ley es una pulsión creadora que propende por crear estructuras comunitarias de protección ante el peso de existir.
El buen funcionamiento de la democracia, siguiendo lo dicho, se beneficia de esta política de los cuidados en la medida en que quienes participan dentro del país para la construcción del mismo están orientados por un bienestar que los constituye y que viven diariamente, por lo que toda decisión y elección en el marco democrático se lleva a cabo desde la pretensión de sostener esos cuidados que le permiten continuar con el bien común que se entreteje en el día a día. No solo eso, sino que la construcción de un marco político, económico y social que está vinculado íntimamente con la cuestión de la salud mental, como un tema de cuidado colectivo y común para todos, conlleva que se busque integración y articulación a la hora de abordar problemáticas dentro de la comunidad.
El cuidado como principio orientador de lo social, en lugar de la hiperindivualización y la explotación de la competencia como motor del progreso, implica que se atienda de manera más consciente sobre las problemáticas que afloran dentro del país; la salud mental, en este caso, debe estar abierta a todos los sujetos para que puedan superar el sufrimiento que los atraviesa, de modo que logren construir comunidad desde la colectividad y el trabajo conjunto. De ahí que crear lazos requiera de un cuidado como política pública que atienda el llamado de necesidad de las personas, no solo ofreciendo objetos para acallar el dolor y hacer que el mundo siga girando. No se puede superar el sufrimiento psíquico por medio de la simple administración organizacional del mismo, sino que debe ser una atención que tome en cuenta al otro en su complejidad como un ser atravesado por trasegares de todo tipo y que, en última estancia, terminan por ser determinantes para el tipo de sociedad que desea y el tipo de solución que prefiere para llegar a dicha sociedad.
Es que la cuestión de la salud mental se ubica directamente en la misma dimensión de una política de los cuidados que Colombia lleva tiempo reclamando, así evidente en su consideración en los textos de las reformas de salud y pensión, las cuales son la cara más llamativa de esta política que el país está luchando por cultivar de forma legislativa. Por supuesto, esto va acompañado por una lucha social que se da posterior a la expedición de leyes, de modo que la letra no quede muerta, sino que posibilite la construcción concreta de otro tipo de país. Pensar en la manera en que se tejen formas de sostener la vida de modo colectivo, y con la asistencia que el Estado debe garantizar a quienes lo componen, es hacia lo que apunta esta nueva ley de la salud mental, sin embargo este no es un camino hacia el cielo en su totalidad.
Riesgo de letra muerta y condiciones de posibilidad
Aunque la norma se ve como un punto a favor ante la construcción de una sociedad más justa, su aprobación es solo el primer paso hacia un proceso más complejo. En primer lugar, como se dijo antes, uno de los elementos más importantes que se impone ante esta nueva ley es el panorama hiperindividual que rodea el tema del sufrimiento psíquico, el cual se instaura como una forma reduccionista de advertir la salud mental que limita la multifactorialidad de estos malestares al descargar toda la responsabilidad sobre el sujeto. Esto es importante porque la nueva ley se orienta a una construcción comunitaria y ética para comprender la salud mental, dejando de lado una visión del individuo como una figura autónoma que no es afectada por las redes que lo entrelazan con el mundo.
Esto es una llamada a comprender la formación del profesional en salud mental como un indispensable proceso de educación crítica y transformadora no solo de los sujetos, sino de los propios espacios en los que estos se inscriben. Siendo una visión profundamente social de lo que es la psicología y salud mental, algo que puede chocar con perspectivas que entienden aún que la salud mental es un fenómeno que funciona aisladamente y en la cual solamente participan el sujeto y sus problemas de forma cerrada, sin que lo exterior participe y sea objeto de trabajo frente a los procesos de transformación del sujeto que sufre psíquicamente. Esto implica, igualmente, entender al profesional de la salud como un actor social que debe inmiscuirse en pensar la vida de los sujetos y entender que su actuar es un proceder político en el que existe una ética de la escucha y de los cuidados, algo que está más allá de trabajar sobre la individualidad de las personas.
Esta cuestión de cómo se forman aquellos que atienden la salud mental ya ha sido señalada en el pasado por investigadores de esa área: “Se identifica como necesario que los programas diversifiquen los enfoques desde los cuales se concibe y se forma en salud mental; de esta manera, se responde a los retos de trascender los enfoques biomédicos y se contribuye a una formación interdisciplinaria e intersectorial, que otorgue posibilidades a los profesionales, de hacer lecturas acordes a las necesidades del contexto” (7) . Esto evidencia una falta de atención por parte de los programas de formación, los cuales se reducen, de acuerdo a la investigación citada, a una hegemonía del factor evaluativo y de diagnóstico, dejando de lado, entre otros, temas como la salud mental comunitaria, la salud pública, todos elementos que son cruciales para atender el sufrimiento psíquico.

Así, esta nueva ley requiere suficiente claridad de sus reales retos para poder configurarse como una verdadera transformación en las formas de comprender y habitar el cuidado. La cuestión de la formación sería una de ellas, pero, igualmente, hay que poner la participación de la comunidad como un factor de impacto, así como entender que el estudio y la práctica del cuidado requiere de una multidisciplinariedad que sustenta un saber que aporta a mejorar las condiciones de atención del sufrimiento psíquico, algo que involucra a los centros de investigación y a la ciencia, esta última, como protagonista que está presente para constantemente potenciar la dinámica. Todo esto, claro está, lleva implícito que la financiación va a estar presente para poder mejorar todo lo hasta aquí mencionado, ya que esto es un esfuerzo que requiere de un brazo económico que permita que todo esto sea realizable, evitando caer en una política de gobierno y sí en una de Estado que se extienda en el futuro.
Es así como se encuentra el país ante una disyuntiva en el modo de percibirse. No solo orientado por y hacia el progreso económico y el aumento de la competitividad, sino como una verdadera potencia de vida que pueda llegar a reconstruir el tejido social que se ha desgastado en el marco de la sociedad capitalista pospandémica que actualmente se desenvuelve en Colombia. La nueva ley de salud mental tiene ante sí el desafío de superar los vacíos hasta el momento existentes en la praxis, en donde distintos factores como la formación de los profesionales, la infraestructura, la financiación y la falta de vínculos de la academia y la comunidad, imposibilitan una verdadera comprensión de la salud mental como una dimensión del país que tiene un potencial transformador que está compuesto por elementos éticos que sustentan una política de los cuidados.
Esto implica que el país considere a su población más allá de simples cifras, con indicadores de crecimiento y progreso económico, y de un paso de calidad al valorarlas en sus singularidades que, por lo tanto, requieren de una protección y un bienestar para poder sostener toda la red social, económica y política indispensables para una sana democracia. La salud mental no es solo un factor más que incide en los parámetros de aumento en la competitividad laboral, sino que es parte fundamental de lo que es el entendimiento de los sujetos como humanos que son poseedores de una fragilidad que les es intrínseca y que, por lo mismo, debe ser atendida desde los distintos actores que componen el mundo que habitan.
Transformar la visión de los cuidados, asumiéndola como un aspecto que sirve de trasfondo para conservar la calidad humana de lo social es algo que está presente en la nueva ley; no obstante, se requiere de la potencia que está más allá de la norma para poder crear un impacto profundo que permee, de manera notable, en las estructuras existentes, como para que la letra sea viva y genere esas mutaciones necesarias para cuidar del sufrimiento psíquico que surge en el marco de la Colombia actual, inscrita en un contexto global en el que la crisis de la salud mental crece cada día y tiene unos impactos políticos que pueden resultar contraproducentes para una democracia sana.
Colombia, para combatir el fascismo, la desigualdad y la violencia que brota de contextos como el que vive el país, debe responder al llamado del sufrimiento psíquico que aqueja a sus ciudadanos; de lo contrario está abriendo la puerta para una psicopolítica basada en la visión del otro como un contrario, como un enemigo y como un sujeto que debe ser eliminado para poder disminuir las condiciones que le producen dicho padecer psíquico. Es por eso que la nueva ley tiene un potencial transformador. Queda esperar que la estructura cambie para poder ver crecer nuevos brotes en el jardín, y no que la maleza consuma todo.
1. Esto es algo presente en los estudios de la Política Nacional de Salud Mental del ministerio de salud y protección social, donde se puede apreciar por regiones cómo es que se desarrolla el sufrimiento psíquico en el país.
Ministerio de Salud y Protección Social, Política Nacional de Salud Mental 2024-2033, Bogotá, 2024a. Disponible en: https://www.minsalud.gov.co/Anexos_Normatividad_Nuevo/Document-2025-01-17T111829_306.pdf
2. Berardi, por citar un caso, venía señalado justamente cómo es que los efectos económicos del capitalismo son un reflejo de la dinámica psíquica de los sujetos. Generación Post-Alfa: patologías e imaginarios en el semiocapitalismo. Buenos Aires: Tinta Limón, 2007. Igualmente, los estudios organizados por Safatle, Junior y Dunker ahondan más en la lógica de la administración y aprovechamiento del sufrimiento psíquico en la era neoliberal en Suramérica, especialmente Brasil, previo al acontecer de la pandemia. Safatle, V., Junior, N. y Dunker, C.. Patologias do social: Arqueologias do sofrimento psíquico. Autêntica: São Paulo, 2018 y Neoliberalismo como gestão do sofrimento psíquico. Autêntica: São Paulo, 2021.
3. Sobre este punto hay que ver la información recopilada por el ministerio de salud y protección social, donde se aprecian los índices de crecimiento en el sufrimiento psíquico del país. Ministerio de Salud y Protección Social. Análisis de situación de la salud mental con énfasis en determinantes sociales. Colombia, 2024b. Bogotá. Disponible en: https://www.minsalud.gov.co/sites/rid/Lists/BibliotecaDigital/RIDE/VS/PP/ENT/asis-salud-mental-determinantes-sociales-colombia.pdf
4.Congreso de la República. (16 de junio de 2025). Ley 2460 de 2025. Disponible en: https://www.alcaldiabogota.gov.co/sisjur//adminverblobawa?tabla=T_NORMA_ARCHIVO&p_NORMFIL_ID=77789&f_NORMFIL_FILE=X&inputfileext=NORMFIL_FILENAME , p. 8.
5. Este concepto es una interpretación de Maurice Blanchot, la experiencia límite: “es la respuesta que encuentra el hombre cuando ha decidido ponerse radicalmente en cuestión […] Movimiento de impugnación que atraviesa toda la historia, pero que a veces se encierra en un sistema, a veces perfora el mundo y va a terminar en un más allá del mundo donde el hombre se confía a un término absoluto”.
Blanchot, M., La conversación infinita (I. Herrera, Trad.), Madrid, Arena Libros, p. 261.
6.Berardi, F. La segunda venida. Neoreaccionarios, guerra civil global y el día después del Apocalipsis (T, Lima, Trad.). Buenos Aires: Caja Negra, 2021, p. 42.
7. Buitrago D., Bedoya D. & Vanegas A. “Formación en salud mental en psicología, trabajo social, medicina, enfermería y terapia ocupacional en Colombia”. Hacia. Promoc. Salud., 25(2), 54-69, 2020, p. 68.
*Profesor universitario e investigador. Estudiante del doctorado en filosofía de la Universidad Federal de São Carlos (Brasil), magister en metafísica de la Universidad de Brasilia (Brasil), magister en filosofía de la Universidad Industrial de Santander (Colombia) y filósofo de esta misma universidad. Miembro del Laboratorio de Teoría Social, Filosofía y Psicoanálisis de la Región Centro-Oeste vinculado a la Universidad de Brasilia.
juanalmeyda96@gmail.com



