La opinión interesada e ideológica afirma que el aumento del salario básico es el determinante del desempleo, la informalidad, la inflación y la quiebra de negocios. Esta letanía ganó eco, una vez más, al oficializarse por decreto el aumento salarial, en términos reales, de 18,7 por ciento para 2026 (el IPC de 2025 fue 5,1%), el más alto realizado recientemente en una sola vigencia. Estudios empíricos e históricos demuestran lo contrario.
En los albores del siglo XX, las clases dominantes empujaron a la sociedad colombiana por la ruta que apuntaba a un capitalismo nacional y democrático, si bien periférico, dependiente, jerárquico y clasista, sin transformaciones significativas del modo de producción tradicional.
Durante los siglos XX y lo avanzado del XXI, análogo al mundo capitalista, el país registra, a la vez, una dinámica progresista, deshumanizadora e insostenible. La clase trabajadora resultó víctima de la gradual penetración del sistema de mercado, la economía monetaria, el Estado intervencionista y la pérdida de medios de producción. Las necesidades humanas, la fuerza de trabajo y la naturaleza se mercantilizaron. Las dinámicas capital-trabajo, condicionan ahora la vida para que pueda calificarse de humana y digna. Todo es economía política.
Trabajo, productividad y crecimiento
La producción biopolítica está orientada a la creación de formas de vida. En su hegemonía, que también lo es del biopoder, están cada vez más entretejidas con las cuestiones sociales, culturales, ambientales, económicas y políticas. La producción de los bienes económicos también lo es de relaciones sociales y, en última instancia, la producción de la sociedad misma (1). Veamos esto en la historia nacional:
Durante el período 1905-2026 los habitantes de Colombia aumentaron de 4,1 a 53,4 millones, esto es, la población se multiplicó 13 veces. En paralelo, el PIB real se multiplicó por 161,5 durante estos 122 años (gráficos 1 y 2).
En general, en las sociedades capitalistas, el nivel de satisfacción de las necesidades humanas está asociado al ingreso per cápita. En el lapso 1905-2026, el PIB per cápita de Colombia se incrementó 12,5 veces; este es el resultado de dividir el PIB entre el número total de personas del país. Es una medida económica que indica la riqueza promedio generada por cada habitante. Adicionalmente, es un indicador clave del nivel de vida y desarrollo económico, aunque no refleja la desigualdad en la distribución de esa riqueza.
El Gini (grado de desigualdad) depende fundamentalmente de la relación del ingreso por la propiedad respecto al ingreso laboral. El coeficiente de Gini en Colombia es de 0,55; un valor cercano a 1 indica máxima desigualdad: clasificando entre los países más desiguales de América Latina. Un Índice de Gini superior a 0.5 indica un nivel crítico de desigualdad de ingresos que genera inestabilidad socio-política, riesgo de conflicto, exclusión y violencia. La desigualdad está ligada con los grados de pobreza: la incidencia de la pobreza monetaria es de 31,8 por ciento a nivel nacional; 28,6 urbana y 42,5 rural.
La tasa de crecimiento del PIB (ΔPIB) es aproximadamente igual a la suma de la tasa de crecimiento de la fuerza de trabajo ocupada (ΔFTO) y de la tasa de crecimiento de la productividad del trabajo (ΔPT), tenemos como resultante:
ΔPIB = ΔFTO + ΔPT
Adicionalmente, la tasa de crecimiento natural, que es la suma de la productividad y del crecimiento de la fuerza de trabajo, responde en sí a la rentabilidad del capital.
Población. En el lapso 1905-2026, la fuerza de trabajo ocupada aumentó 17,3 veces, de 1,5 millones de trabajadores a 25,4 millones. La población ocupada registra una participación relativa promedio de 35,7 por ciento en relación al total. Los cambios demográficos, las migraciones, la evolución de la estructura económica, la incorporación de nuevas tecnologías, la acumulación de capital y las políticas públicas, explican la varianza sobre esta tendencia; el coeficiente de variación promedio es de 13,1 por ciento. El rango de variación de la población ocupada respecto al total es de 18,5 puntos porcentuales; el valor mínimo es de 29 por ciento en el año 1964 y el máximo de 47,5 en 2026.
El trabajo asalariado es el pilar del capitalismo. En Colombia solo la mitad de la población ocupada se encuentra bajo relaciones salariales. Durante los 122 años estudiados, el número de trabajadores asalariados pasaron de 557 mil en 1905 a 13,1 millones en 2026; aumentan 23,5 veces.
En contraste, 6 de cada 10 ocupados en Colombia son informales, trabajan en negro, esto es, no protegidos por marcos legales, sin pagar impuestos, con trabajos precarios, inestables, sin seguridad social ni representación laboral.
Para el sector formal y asalariado ha sido diseñada toda la estructura de reglamentación económico-legales (laborales, tributarias, seguridad social, política pública) que rige actualmente. En el período analizado, en relación con la población ocupada, el promedio de participación de los trabajadores asalariados es de 49,8 por ciento. La variabilidad relativa del conjunto de datos respecto a su media es de 23,8 puntos porcentuales. La tasa de incidencia del trabajo asalariado alcanza su mayor grado con un valor de 61,8 por ciento en el año 1984, durante el período en que alcanzó su apogeo la industrialización en Colombia y la política de sustitución de importaciones. La incidencia mínima del trabajo asalariado es alrededor del 38 por ciento a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Entre los años 1900-1970, la transformación de la matriz productiva del país se fue consolidando impulsada por políticas proteccionistas y de estímulo, el auge cafetero, la necesidad de sustituir importaciones tras las guerras conocidas como mundiales y la integración del mercado nacional. En los años 2024 y 2026, el trabajo asalariado aumenta de 50,9 a 51,6 por ciento.
Es en el reino de la producción donde se revelan claramente las desigualdades sociales. El economista francés Thomas Piketty en su libro “El capital en el siglo XXI” afirma que el capitalismo muestra una tendencia a incrementar la desigualdad; el mecanismo clave es la propensión a que la tasa de ganancia (G/K) exceda la tasa de crecimiento (ΔPIB), de modo que quienes viven del ingreso proveniente de la riqueza pueden acumular más rápido que los que obtienen salarios y sueldos. Según la teoría clásica, la participación laboral, y por lo tanto la participación de las ganancias, está determinada por el grado de desempleo y la balanza de poder entre el trabajo y el capital. El grado de desigualdad del ingreso en última instancia se fundamenta en la relación entre las ganancias y los salarios, esto es, en la división básica del valor agregado. En la Colombia de hoy el número de asalariados representa en promedio el 51 por ciento de la fuerza de trabajo ocupada y sólo obtienen ingresos equivalentes al 33,8 por ciento del PIB.
Productividad. Con este indicador se mide la eficiencia y rendimiento de un empleado. A nivel nacional se calcula dividiendo el PIB entre la fuerza de trabajo ocupada. En términos económicos, la productividad del trabajo se va expandiendo de acuerdo con el crecimiento de la densidad de capital (máquinas y equipo, infraestructura, ciencia, tecnología e innovación) con que opera el trabajador promedio. El crecimiento de la productividad laboral (ΔPT), en términos aproximados, es igual a la relación entre las tasas de variación de los acervos de capital fijo (ΔK) y de la fuerza de trabajo ocupada (ΔFTO). O sea:
ΔPT= ΔK/ ΔFTO
El ΔK depende del esfuerzo de inversión total (suma de las inversiones neta y de reposición) de la sociedad en relación al PIB. Por tanto, el ΔK depende del coeficiente de inversión total (IT/PIB), esto es, cuantas unidades del PIB destina la economía a la inversión total. En Colombia, la acumulación es deficiente producto de un bajo coeficiente de inversión, el cual viene debilitándose cayendo a mínimos: entre el 15-18 por ciento del PIB en 2023-2025, debido a factores como altos costos financieros, precios y salarios, reformas tributarias e incertidumbre empresarial. El “coeficiente óptimo” depende del nivel de desarrollo del país y sus objetivos, pero rangos comunes y deseables para economías en desarrollo y estables rondan el 25-30 por ciento del PIB.
La inversión está relacionada con la rentabilidad. Tanto Marx como Keynes consideran que la inversión es motivada por su rentabilidad neta esperada, que es la diferencia entre la tasa de ganancia esperada (la eficiencia marginal del capital) y la tasa de interés. Además, el crecimiento de la productividad es en esencia una medida del cambio técnico.
La evolución de la productividad laboral en Colombia registra una media históricamente baja, una variabilidad alta respecto a este valor central y años en que presenta valores negativos. La variación anual promedio de la productividad laboral en Colombia, durante el período 1905-2026, es de 1,9 por ciento y la dispersión de datos respecto a su media es de 153,4 por ciento. El rango de variación de la productividad anual laboral es de 20,7 puntos porcentuales; el valor mínimo es de -7,2 por ciento ocurrido en el año 2009 (secuela de la crisis financiera de 2007-2008, la más grave desde la Gran Depresión iniciada en 1929). El valor máximo fue de 13,5 por ciento en 2006; en este año, el crecimiento del PIB de Colombia fue uno de los mejores de la primera década del siglo XXI alcanzando el 6,7 por ciento, impulsado por la inversión y la demanda interna, la mejora en la seguridad y confianza, una política monetaria expansiva con bajas tasas de interés y expectativas positivas de ganancias. En 2006, la inversión alcanzó un nivel récord de alrededor del 26 por ciento del PIB, impulsada significativamente por la inversión en maquinaria y equipo, lo que tuvo un gran impacto en la productividad laboral.
La abundancia de fuerza de trabajo barata unida a una amplia disponibilidad de recursos naturales usados para la expoliación económica son un desincentivo para la inversión en tecnologías que ahorran trabajo humano. Además, una oligarquía rentista y consumidora, en contubernio con un establishment político corrupto y derrochador, asfixian la capacidad del sistema económico en sus potencialidades de acumulación (% inversión/ganancias) y crecimiento. En resumen, en Colombia, el bajo nivel de la productividad total de los factores (PTF, eficiencia con que una economía combina todos sus recursos: trabajo, capital, tierra, tecnología para producir bienes y servicios) se compensa con lo barata que es la fuerza de trabajo y la disponibilidad de rentas generadas por la naturaleza.
La inversión en Colombia no sólo es baja, también es deficiente cualitativamente. Poco se avanza hacia la transferencia, adaptación y, menos, la producción de ciencia y tecnología asociada a la cuarta revolución industrial que permita elevar la competitividad de la economía colombiana en el mercado global. Las revoluciones industriales son procesos de profundas transformaciones económicas, sociales, culturales, políticas y tecnológicas. La Cuarta Revolución Industrial es la transformación digital de la industria que integra tecnologías avanzadas como la Inteligencia Artificial, el Internet de las Cosas, el Big Data y la robótica para crear sistemas ciber físicos que son inteligentes, conectados y autónomos.
Productividad laboral, inflación y salario básico
Estas tres variables están intrínsecamente ligadas. La inflación erosiona el poder adquisitivo, la productividad mide la eficiencia de los trabajadores, y el salario mínimo busca equilibrar ambos para preservar el bienestar de la clase trabajadora. No obstante, aumentos desmedidos sin respaldo productivo pueden disparar la inflación y el desempleo, afectar la sostenibilidad económica y agudizar la lucha distributiva entre las clases sociales. Además, la relación entre los salarios reales y la productividad del trabajo define el costo laboral unitario real; las empresas tienen un fuerte incentivo para resistir los incrementos en el salario real que supera el crecimiento de la productividad y las induce a reducir la demanda de fuerza de trabajo (gráfico 3).
De una parte, el termino inflación, que es un fenómeno moderno, significa un aumento persistente en los precios. Hasta mediados del siglo XX, los países capitalistas se caracterizaban por oleadas sucesivas de aumentos y caídas en los precios. Es sólo en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) que los niveles de precios empiezan a mostrar un nuevo patrón, con su aumento sin cesar. Desde entonces, la inflación ha estado tan presente que ha tomado el aura de un fenómeno natural.
La economía convencional ha fracasado en su intento por explicar el repentino y sostenido aumento de los precios de bienes y servicios en todo el mundo. Sus principales teorías (“demasiada oferta monetaria” o “empuje de los costes salariales” o “expectativas de inflación”) han resultado inadecuadas y empíricamente erróneas. Así pues, las medidas políticas dominantes se han reducido a un endurecimiento monetario con escasos efectos sobre la inflación, pero, a la vez, con efectos perversos en el crecimiento y el empleo.
Según la teoría marxista, la inflación se trata no sólo de un fenómeno monetario, sino un síntoma de las contradicciones inherentes al capitalismo, impulsada por la lucha distributiva del ingreso entre las clases, la dinámica del capital monopolista (industrial, comercial y financiero) y la búsqueda de plusvalía, donde los aumentos de precios reflejan el poder de los capitalistas para transferir costos (salarios, materias primas) a la clase trabajadora y extraer trabajo no pagado, exacerbado por la expansión monetaria estatal en crisis y crónicos déficit fiscales financiados con deuda pública, resultando en espirales precios-salarios y crisis sistémicas. Según Anwar Shaikh, “la inflación moderna es el balance entre el tirón de demanda generado por el nuevo poder de compra de inyecciones monetarias y la respuesta de la oferta que depende de la rentabilidad y del grado de utilización del crecimiento” (2).
Operativamente, la tasa de inflación resultara igual a la tasa de variación del salario nominal (en nuestro caso el salario mínimo legal: ΔSML), más la tasa de variación del margen de ganancia (ΔMG), menos la tasa de variación de la productividad del trabajo en la producción de bienes salarios (ΔPTbs), más el incremento en los impuestos cobrados por el Estado al consumo y adquisición de los bienes y servicios que satisfacen las necesidades de la clase trabajadora (ΔTXCBF, en Colombia estos equivalen al IVA sobre la CBF de 19%). Tenemos entonces:
Inflación= ΔSML+ΔMG- ΔPTbs+ ΔTXCBF
La inflación también puede surgir por un conflicto entre el margen de ganancia que se fijan como objetivo las empresas, rentas fiscales y los salarios reales que se fijan como objetivo los trabajadores. Los trabajadores no son determinantes principales del alza continua del IPC; la participación porcentual global de los costos laborales en los costos totales se estima en un rango general aceptable entre 25-35 por ciento para empresas con costos normales en Colombia. El alza del SMMLV esta indexado principalmente con las variaciones anuales del IPC. En consecuencia, el impacto del incremento del salario básico (ΔMMLV) en los costos totales de las empresas (ΔCT) es igual a: ΔMMLV X CL/CT, esto es:
ΔCT= ΔMMLV*0,3
La inflación es principalmente causada la mezquindad y avaricia de los capitalistas y la casta política; además, es necesario contemplar los impactos que generan la desvalorización de la moneda, la deuda pública para financiar gastos improductivos, la inyección de dinero proveniente de economías ilícitas y transacciones subterráneas, los envíos de dinero de los migrantes por canales formales e informales y los especuladores que generar burbujas e inestabilidad. En conjunto generan un “tirón de demanda” que no está armonizado o en equilibrio de la oferta. El desequilibrio oferta-demanda genera una escasez (exceso de demanda) si la demanda es mayor, lo cual altera los precios y el mercado hasta que se restablece el equilibrio natural a través del ajuste de precios (provocando un proceso inflacionario).
Valga agregar que al cociente entre el salario nominal promedio (SNP) y la productividad promedio de la fuerza de trabajo ocupada (Ppfto) se le suele denominar costo laboral unitario de la fuerza de trabajo (CLU). Por lo mismo, la diferencia entre las respectivas tasas de variación mostrará la tasa de variación de ese costo laboral unitario:
ΔCLU= ΔSNP/ ΔPPFTO
Visualizamos la inflación con cargo al índice de precios al consumidor (IPC) y suponemos que éste refleja adecuadamente el valor de la canasta básica familiar (Vcbf). En complemento, dado el poder de los capitales productivos, de comercialización y financieros, los capitalistas pueden trasladar a los precios el aumento de los costos salariales y, de este modo pueden mantener el margen de ganancia (y la tasa de plusvalía) relativamente constante. El Estado también impone arbitrariamente los tributos e impuestos y los obliga a pagar mediante amenazas. Finalmente, la noción de “seguridad alimentaria” significa que una mayor parte de la CBF debe ser satisfecha con producción nacional; cuando no es así, su valor se ve afectada directamente por las variaciones en la tasa de cambio (cantidad de pesos que se deben pagar por un dólar); en Colombia, aproximadamente el 38 por ciento de los productos que componen la canasta familiar son importados y pagados en dólares. La devaluación y la inflación se retroalimentan mutuamente.
De otra parte, el salario mínimo oficialmente en Colombia fue creado en el año 1945 como salario mínimo legal (SML), en esa época el gobierno fijaba el salario por decreto para cada región, por cada actividad o sector económico, edad de los trabajadores, entre otros, es decir no existía una sola referencia como la que existe actualmente. Se dice que el primer salario mínimo fue de 2 pesos (equivalente a un dólar estadounidense). Al principio, el valor del SML se mantenía fijo por varios años, pero en otras ocasiones, en un mismo año se aprobaban varios incrementos debido a las fluctuaciones del IPC; es hasta el año 1979 cuando el ajuste se empezó a realizar de forma anual. En el año 1983, mediante el decreto 3506 se unificó el salario mínimo mensual legal vigente, lo que permitió tener un SMMLV unificado para todos los trabajadores del país. La Constitución de 1991, especialmente su Artículo 53, sentó las bases para la remuneración mínima en Colombia, estableciendo principios fundamentales como la “remuneración mínima vital y móvil”, buscando proteger el poder adquisitivo del trabajador y de mantener la estabilidad económica y el bienestar social, con la Corte Constitucional interviniendo para asegurar que este salario cumpla con su fin de dignificar el trabajo. En la actualidad, el SML lo fija anualmente la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales, creada mediante la Ley 278 de 1996, pero como casi nunca se ponen de acuerdo finalmente es el gobierno el que lo termina estableciendo bajo el nombre de “Salario mínimo por decreto”. En diciembre de 2025, el Gobierno colombiano decretó que el salario mínimo para 2026 aumentaría un 22,7 por ciento, fijando el monto base en $1.746.882, lo que, sumado al auxilio de transporte, representa un ingreso total de $2.000.000 mensuales para el trabajador, buscando implementar un “salario mínimo vital” para mejorar condiciones de vida y acorde con la CP de Colombia.
En 2025, del total de la fuerza de trabajo ocupada (23,3 millones de trabajadores) el 48,9 por ciento (11,4 millones) devengaba menos de un salario mínimo mensual legal vigente (Smmlv); 10,9 por ciento (2,5 millones) percibía un Smmlv; 26,1 por ciento (6,1 millones) ganaba entre 1 y 2 Smmlv; 7,4 por ciento (1,7 millones) devengaba entre 2 y 3 Smmlv y 6,7 por ciento (1,6 millones) recibía más de 3 Smmlv.
Durante el período 1905-2006, el valor medio de la variación anual de la productividad laboral en Colombia es de 1,9 por ciento; la inflación histórica anual (IPC) es de 9,6 por ciento y el incremento anual del salario mínimo (Smlv) es de 6,7 por ciento. En 2025, la productividad laboral cayó en -1,5 por ciento, la inflación fue de 5,1 por ciento y el aumento del Smmlv se acordó en 9,6 por ciento.
La variabilidad relativa de los datos respecto a su media, calculada como la desviación estándar dividida por la media aritmética, es de 153,4 por ciento en el caso de la productividad laboral anual; 111,1 en la inflación histórica anual; 123,6 en el incremento anual del salario básico. Durante los 122 años analizados, el rango de variación de productividad laboral es de 20,7 puntos porcentuales, con un valor mínimo de -7,2 por ciento en el año 2009 y un máximo de 13,5 en 2006. El rango de variación de la inflación es de 54,2 puntos porcentuales, el valor mínimo es negativo en 21,7 por ciento registrado en 1930 (en medio de la crisis de la Gran Depresión iniciada en 1929), el máximo de 32,6 en 1963 (reflejo de los desajustes en la balanza de pagos, políticas monetarias expansivas, devaluaciones cambiarias, la dependencia de factores externos y la bonanza cafetera que generó un “jalón de demanda”). El rango de variación anual del Smlv es de 30,4 puntos porcentuales; un mínimo de cero durante la primera mitad del siglo XX (que, como vimos, en esa época, no existía un salario mínimo unificado); y un máximo de 30,4 por ciento en 1980, impulsado principalmente por la necesidad de compensar la alta inflación y el aumento del costo de vida.
La matriz de correlación permite calcular los coeficientes de conexión entre la variación anual de la productividad laboral, la inflación histórica anual y el incremento anual del salario básico. La correlación positiva casi perfecta es entre la inflación y el SML con un valor positivo de +0,58. En segundo lugar, la fuerza y dirección de la relación lineal entre el SML y la productividad laboral es media y negativa: -0,29. Por último, la correlación entre la inflación y la productividad laboral registra un valor poco significativo y negativo: -0,05. El crecimiento de la productividad no conduce automáticamente a un aumento de los salarios reales; se requieren mecanismos sociales, políticos, institucionales y legales para crear vínculos entre los dos. El hecho de que los salarios crezcan al ritmo de la productividad no implica que haya una distribución justa o equitativa del producto; solo garantiza que la distribución entre el capital y el trabajo se mantenga constante.
Costo de vida y acceso a la CBF
Si bien la forma de satisfacción puede variar, existe un consenso moral sobre las necesidades básicas para el desarrollo de la existencia humana digna. Las necesidades humanas son históricas (construidas socialmente), pero también universales. Toda persona tiene derecho a la satisfacción óptima de sus necesidades fundamentales; de no ser así, dan lugar a niveles inaceptables de deterioro psicosomático e indignidad.
La Canasta Básica Familiar (CBF) es un conjunto de bienes y servicios esenciales para la nutrición y el bienestar de un hogar promedio, usada para medir el costo de vida y la línea de pobreza; su valor mensual (Vmcbf) cambia según el país y a través del tiempo. El Dane en Colombia no publica un único “valor” fijo de la canasta familiar, sino que monitorea el Índice de Precios al Consumidor (IPC) y sus componentes para ver las variaciones en el costo de vida. Retomando la “Clasificación del Consumo Individual por Finalidad” de NNUU, agrupa la canasta familiar en 12 divisiones principales, que incluyen: Alimentos y bebidas no alcohólicas, Bebidas alcohólicas y tabaco, Vestido y calzado, Vivienda, servicios públicos, combustibles y electricidad, Muebles, aparatos y equipos para el hogar, Salud, Transporte, Comunicaciones, Recreación y cultura, Educación, Restaurantes y hoteles, y Bienes y servicios diversos. La canasta familiar que mide el Dane en Colombia la integran 443 bienes y servicios.
Según las proyecciones del Dane, Colombia cuenta con 18.017.252 hogares en 2026. El promedio de personas por hogar es 3,9 para el total nacional; diferenciando la parte urbana de la rural, en la primera el promedio de personas por hogar es de 3,8, en la segunda es de 4,5 personas. De acuerdo con su condición socioeconómica, el 31,8 por ciento de las personas se encuentran viviendo bajo condiciones de pobreza, el 24,9 en situación de vulnerabilidad, el 39,9 pertenecen a la clase media y el 3,4 a la clase alta. Para calcular el Vmcbf y establecer el grado de satisfacción óptima de las necesidades fundamentales, este artículo toma en referencia al grupo social más representativo a escala nacional: la clase media (7,2 millones de hogares), grupo social que goza de los niveles generales más adecuados de satisfacción de necesidades básicas y de mínimos dignos, de acuerdo con estándares históricos y sociales actuales.
El nivel de satisfacción de las necesidades fundamentales depende de los ingresos normales y corrientes de los hogares. El salario de mercado es el determinante central del nivel de vida general de la clase trabajadora. El gráfico 4 describe la evolución del valor mensual de la Canasta básica familiar (Vmcbf), del salario mínimo mensual legal vigente (Smmlv) y del poder adquisitivo del Smml respecto al Vmcbf en porcentajes (% Smmlv/Vmcbf) para el período 1947-2026.
Durante los 80 años analizados, el poder adquisitivo promedio del Smmlv en términos del Vmcbf es de 44,7 por ciento; esto es, un hogar de clase media requiere, en promedio, de 2,2 perceptores de ingresos equivalentes a un Smml cada uno. El rango de variación porcentual es muy alto, pues a mediados del siglo XX el ingreso de un trabajador le permitía mantener a su familia; en 2026, el mismo hogar requiere que 3,2 de sus miembros laboren y perciban cada uno un Smmlv para adquirir la Cbf. Durante este lapso de tiempo, el autoconsumo se reduce y los hogares populares y de clase media dependen casi que totalmente de la economía monetaria y el mercado laboral. Además, es obvio que la Cbf se ha vuelto más compleja, las cantidades y calidades han cambiado, han entrado nuevos bienes y servicios y han dejado de consumirse otros y la relación nacional/importados de los artículos de la Cbf muestra un desequilibrio en favor de aquellos de origen extranjero.
La participación salarial es la relación entre el salario real y la productividad, y el salario real es la relación entre el salario monetario y el nivel de los precios de la CBF. La relación entre el valor del salario mínimo mensual legal y el valor de la canasta básica familiar mensual (% Vsmml/Vmcbf) registra tres subperíodos durante 1947-2026: i) hasta inicios de la década de 1960, el Vsmml permitía a los hogares adquirir más del 80 por ciento de la Cbf; ii) durante el período 1964-1997, se reduce gradual y sostenidamente la capacidad de compra de los trabajadores, afectando negativamente su consumo, nivel de vida y bienestar; esta pérdida del poder adquisitivo del salario nominal ocurrió porque el aumento del costo de vida fue mayor que el aumento del Smmlv; es decir, aunque los trabajadores recibían el mismo dinero (salario nominal), podían comprar menos bienes y servicios que antes porque el dinero “valía menos” en términos reales; en 1964 el Vsmml equivalía a 63,2 por ciento del Vmcbf y en 1997 toca el piso de 17,7 por ciento; iii) en los años 1998-2026, el Vsmmlv recupera lentamente parte de su valor adquisitivo de 17,9 por ciento a 31,4. En 2026, el Vmcbf para un hogar de clase media es de US$1.492 en dólares estadounidenses y el Smmlv es de US$469.
La intensidad de la relación lineal o conexión entre las variaciones del Vsmmlv y el Vmcbf en el análisis de interrelaciones es positiva perfecta: +0,98; esto es, el alza del Vsmml está ligada con los aumentos en el costo de vida. De acuerdo con la teoría marxista, el valor de la fuerza de trabajo (salario) es el valor de los medios de vida necesarios para que el obrero viva y se reproduzca. Sin embargo, la conexión entre el poder adquisitivo del Vsmml respecto al Vmcbf (%Vsmmlv/Vmcbf) es negativo y medianamente significativo (-0,37), al igual que la asociación entre el Vmcbf y la relación salario/canasta familiar (-0,42).
En resumen, a partir de la década de 1970 el costo de vida en Colombia se dispara y eleva de manera incontrolada provocando una rápida depreciación de los ingresos de los trabajadores. El célebre paro cívico de 1977, que marcó un punto de inflexión en la historia de la movilización social, fue provocado por el descontento generalizado causado por la inflación galopante, el aumento del costo de vida, el desempleo creciente, la desigualdad social y la pobreza.
Es la lucha de clases entre trabajadores y capitalistas lo que determina el valor de la fuerza de trabajo. La crisis mundial de la estanflación (estancamiento económico, alto desempleo e inflación elevada) ocurrida en la década de 1970, en consonancia con la aplicación de políticas neoliberales y del ataque del capital contra las organizaciones e ingresos de los trabajadores a partir de la década de 1980, crearon un rompimiento estructural en la curva de participación salarial. En consecuencia, estas dinámicas conllevaron a un período de empobrecimiento de la fuerza de trabajo y, en paralelo, de alza en las ganancias de los capitalistas, todo lo cual impulsó el crecimiento económico durante las tres décadas siguientes. El resultado de este auge en las décadas finales del siglo XX e inicios del XXI fue mano de obra barata y bajos costos financieros. La inflación erosiona los salarios reales, tanto más si los trabajadores ya están debilitados. No existe diferencia cualitativa que separe a los pobres de las clases de trabajadores asalariados. Por el contrario, se extiende cada vez más la condición común de existencia y actividad productiva que define a la multitud.
Unido a la devaluación acelerada de la moneda colombiana (de 2 pesos por un dólar a mediados del siglo XX, en 2023 alcanzó un pico significativo cercano a los $5.000 por dólar; con mínimos alrededor de $3.670 al finalizar enero de 2026), la economía subterránea ilegal (estimada en 30% del PIB) ha empujado permanentemente la demanda con efectos inflacionarios (“tirón de la demanda” y resistencia de la oferta); así, por ejemplo, el lavado de dinero (acciones para dar apariencia de legalidad a las rentas de origen ilícito) en contubernio con la especulación inmobiliaria elevaron el precio del suelo en las principales ciudades de Colombia en 2.000 por ciento entre principios de la década de 1980 y la actualidad. En paralelo, durante el período 1980-2026, el precio de la canasta básica familiar mensual de la clase media se multiplicó 213 veces.
En síntesis, la relación entre la tasa de crecimiento real y la tasa de crecimiento máxima (el “ratio de producción”) puede interpretarse como un indicador del grado de utilización del potencial de crecimiento de la economía. Cuanto mayor sea este coeficiente, mayor será la probabilidad de que el exceso de demanda acabe acelerando la inflación en lugar del crecimiento (Shaikh 1999).
Costo laboral unitario (CLU)
La riqueza producida colectivamente por los trabajadores se convierte en propiedad privada del capitalista; es la expropiación de lo común (3).
El único fin de la producción capitalista es el incremento incesante de la ganancia y no la satisfacción de necesidades, que pasan a una prioridad secundaria, que se lleva a cabo en tanto que es necesario para el movimiento continuo del proceso productivo y la ganancia. El capital explota al mismo tiempo tanto la fuerza de trabajo como las necesidades y deseos de los consumidores.
En la economía capitalista, sólo surge un producto excedente cuando la duración de la jornada laboral excede tiempo de trabajo necesario para reproducir el nivel de vida de los trabajadores empleados, esto es, sólo cuando se realiza trabajo excedente, el cual es un resultado de la economía política, no técnico o “natural”. Por consiguiente, la relación entre los salarios reales y la productividad siempre ha sido conflictiva. La relación entre los salarios reales promedio y la productividad promedio del trabajo define el costo laboral unitario (CLU). Las empresas tienen un fuerte incentivo para resistir los incrementos en el salario real que superen al crecimiento de la productividad.
Por tanto, los esfuerzos por fortalecer la economía con el fin de eliminar el desempleo involuntario no tendrán éxito a menos que vayan acompañados de políticas para aumentar la productividad más rápido que el salario real, a fin de compensar cualquier efecto negativo sobre la rentabilidad del capital, esto es, a menos que prevengan que los costos laborales unitarios reales aumenten. Los gráficos cinco y seis describen la evolución del CLU y la tasa de desempleo en Colombia durante el período 1905-2026.
El Costo Laboral Unitario (% salario promedio por trabajador/productividad laboral promedio) registra una media de 72,8 por ciento. La dispersión relativa de datos respecto a su media es baja: 8,4 por ciento; este valor deja ver la relación entre el tamaño de la media y la variabilidad del CLU, permitiendo concluir que el valor promedio es bastante estable a lo largo de estos 122 años analizados. El rango de dispersión de los datos es de 27,4 puntos porcentuales. El valor mínimo es de 62,6 por ciento observado en el año 2022 (se explica principalmente por una fuerte recuperación del empleo y la productividad tras la pandemia, sumado a que los salarios reales (ajustados por inflación) cayeron, lo que significa que los aumentos nominales no compensaron el alza de precios). El valor máximo es de 90 por ciento en 2001 (en este año, Colombia experimentó una desaceleración económica general, de forma conjunta con aumentos en el salario mínimo y reformas laborales que incrementaron recargos a las empresas).
El CLU presenta una correlación poco sólida, si bien es positiva, con la productividad por trabajador (+0,15) y salario por trabajador (+0,32); en contraste, el coeficiente de correlación es significativo y positivo entre el salario por trabajador y la productividad por trabajador (+0,98).
La opinión interesada y demagógica de los economistas apologistas del capital, los medios de comunicación, los gremios empresariales y las organizaciones políticas de derecha declaran que el aumento en los salarios o salarios más altos, son causantes de contracción económica, menos empleos, más inflación, más informalidad y reacción en cadena de quiebra de negocios, dado el incremento de los costos o gastos para las empresas o empleadores. En contraposición, el economista canadiense David Card, ganador del Nobel 2021, demostró con estudios empíricos pioneros (junto a Alan Krueger) que aumentar el salario mínimo no destruye empleo, desafiando la teoría económica tradicional, y que a menudo solo redistribuye la riqueza sin efectos negativos significativos en el empleo, concluyendo que los impactos son complejos y dependen del contexto.
CLU y desempleo
La tasa de desempleo depende de los niveles de producción, productividad, fuerza de trabajo y tasa de ganancia. Adicionalmente, el ajuste mutuo entre el crecimiento de la producción y el crecimiento de la productividad crea una correlación conocida como ley de Verdoon (a largo plazo, el crecimiento de la productividad laboral tiende a ser proporcional al crecimiento de la producción, generalmente con un coeficiente cercano a 0,5, lo que significa que un aumento del 10 por ciento en la producción se asocia con un aumento de alrededor del 4.5 por ciento en la productividad, debido a fenómenos como rendimientos crecientes a escala, aprendizaje práctico y acumulación del intelecto colectivo).
La tasa de desempleo en Colombia, en los 122 años examinados, registra un valor promedio de 7,1 por ciento. El coeficiente de variación expresa una relación poco homogénea entre los datos: 63,5 por ciento. El rango de dispersión es de 17,5 puntos porcentuales. El valor máximo es de 19,7 por ciento en el año 2000, debido a problemas estructurales como la baja creación de empleo formal, un mercado laboral incapaz de absorber la creciente fuerza laboral, alta informalidad y una dependencia económica de factores externos, exacerbado por una desaceleración económica y la falta de inversión que generara empleos de calidad, afectando fuertemente la producción nacional y el consumo). El mínimo es de 2,2 por ciento registrado a principios del siglo XX en Colombia. La baja tasa de desempleo que caracteriza a la primera mitad del siglo XX se explica por una economía predominantemente agraria y artesanal donde la mayoría de la población rural se autoempleaba o trabajaba en pequeñas unidades, una baja participación laboral femenina, y un desarrollo urbano e industrial que absorbía mano de obra; sin embargo, el trabajo informal y el subempleo eran la norma, con pobreza visible (90% del total poblacional).
El coeficiente de correlación entre las variables CLU promedio anual y la tasa promedio de desempleo anual, en el lapso 1905-2026, registra un nexo positivo de valor medio: +0,41. Por esta razón, es lógico concluir que la tasa de desempleo depende de otros factores (por lo menos explican el 60% de los cambios en las tasas de desempleo involuntario): incorporación de los desarrollos en ciencia, tecnología e innovación, los niveles de producción y acumulación de capital, productividad, cambios demográficos, la calidad de la educación y las habilidades, evolución de la fuerza de trabajo, particularidades de la intervención del Estado, jurisprudencia laboral, dinámicas como la demanda agregada, apertura del mercado y rentabilidad del capital.
Además, de acuerdo con la argumentación teorizada por Marx, en las economías capitalistas existe una conexión entre la automatización de procesos productivos (software, control de líneas de montaje con robots y gestión de información con IA, máquinas y equipos), el desempleo, el salario real y los precios (expresión monetaria del valor de las mercancías). A medida que la demanda de trabajo es aumentada por el crecimiento de la producción, es simultáneamente disminuida por el continuo crecimiento de la productividad. En resumen, los factores que determinan la tasa de desempleo en Colombia son una mezcla de elementos estructurales y coyunturales; todo ello influenciado por ciclos económicos y eventos disruptivos sociales, políticos, tecnologicos y ambientales.
La tasa de ganancia neta real es el impulsor central de la acumulación. Dentro de este marco, el desempleo involuntario es inherente al capitalismo, resultado de la acumulación de capital y la búsqueda de ganancia, creando un “ejército industrial de reserva” de trabajadores disponibles que presiona los salarios a la baja y aumenta la explotación de la fuerza de trabajo. Las relaciones nacionales entre los salarios, la productividad y la rentabilidad del capital conducen a una tasa de desempleo nacional persistente (4). En Colombia, incluso en momentos de auge económico, las tasas de desempleo involuntarios se mantienen por encima del 8 por ciento, lo que expresa un síntoma sobre los factores de tipo estructural que se hallan en el núcleo de esta problemática socio-laboral (población “sobrante” desde los intereses y necesidades del capital).
El repaso crítico de las experiencias de la clase trabajadora desde el punto de vista de sus necesidades humanas fundamentales durante el período 1905-2026 muestra que la base material presiona hacia un cambio sustancial del modo de producción hegemónico y tradicional. Es imprescindible, entonces, la compaginación de esta situación objetiva con la profundización de una conciencia social (la dimensión subjetiva) adecuada para impulsar los cambios estructurales requeridos para la dignificación del trabajo y la emancipación humana.
El trabajo sigue siendo la base constituyente de la sociedad, alcanzando hoy a ser una fuerza social animada por los poderes del conocimiento, la inteligencia, la pasión, el afecto, la ciencia y el lenguaje, todo lo cual, en conjunto, configura un poder constituyente. El intelecto general es una inteligencia social, colectiva, creada por conocimientos, técnicas y saberes acumulados. Contra la ilusión de la naturalidad del capitalismo y la nueva realidad de la globalización de las relaciones económicas y sociales, se requiere la constitución absoluta del trabajo y la cooperación, reorganizada y redefinida como un poder político positivo. Esta es la organización del trabajador social, una organización de poder político y productivo como unidad biopolítica manejada por la multitud, organizada por la multitud, dirigida por la multitud. La democracia absoluta en acción (5).
1. Hardt, Michael y Negri, Antonio, Multitud. Guerra y democracia en la era del imperio. Editorial Debate, España, 2004 , p. 397.
2. Shaikh, Anwar, Capitalismo. Competencia, conflicto y crisis. FCE, México, 2022, pp. 974-975
3. Hardt, Michael y Negri, Antonio, op. cit., 2004, pp. 222-223.
4. Shaikh, Anwar, op. cit., 2022, p. 1021.
5. Hardt, Michael y Negri, Antonio, Imperio. Ediciones desde abajo, Colombia, 2001, pp. 340-381.
*Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique edición Colombia y desdeabajo.



