El delirante, el guapo, el fanfarrón

Los vientos que cruzan al país desde semanas atrás, potenciados con válvulas autoritarias que recuerdan la nefasta “mano firme y corazón grande”, controladas desde las casas de gobierno ‘cachaca’ y ‘costeña’, no impulsan ni dispensan sorpresas, aunque sí aires mortecinos que desde meses atrás irritan el olfato de la sociedad colombiana.

Son turbulencias que pegan con fuerza sobre lo construido por quien le antecedió en la Presidencia, vientos en los que se extrañan las dulzuras producidas por los sueños de reconciliación que impulsan tantas y tan diversas comunidades. De ellos se respira, como cuento de horror con asiento en el desierto más desolado del mundo, la desesperanza reinante en gran parte del país por la prometida, por el actual mandatario nacional, erradicación de la violencia armada.

Proveniente de esas ventolinas, alcanza a escucharse, como eco cercano, un grito estrepitoso pronunciado por Abelardo durante la campaña electoral: “A esas personas que están al margen de la ley, un mensaje categórico: ‘disponen de un mes para entrar en razón y organizar su sometimiento al Estado de derecho’” (1). 

Se trata de una vocalización de ira, que emplaza, sin dejar margen para acordar. Son palabras recogidas e impulsadas, como en una vieja película del oeste gringo, por vientos que levantan polvaredas en terrenos áridos y hasta golpear el rostro de quienes allí habitan, anunciándoles momentos aciagos: “Entrégate, no tienes escapatoria”, enfatiza el oficial. “Mide tus palabras”, es la respuesta del ‘forajido’. “Aquí estoy, ven por mi”, prosigue este. Sabe que se juega la vida y está decidido a ello. Los dos se miran, calculan, están prestos para lo que sigue.

El escenario está dispuesto, y en las semanas que siguen al 7 de agosto, el oficial, ahora Presidente, cada día, en repetidas oportunidades si la ocasión se presenta, con teatralidad, como si aún estuviera en campaña electoral, consciente del reto que tiene de imponer la agenda pública y copar el escenario mediático, y en ella, como estrellas dominantes los temas de inseguridad y violencia, alzando su voz les enfatiza de manera ampliada, con manos y rostro agresivos, a los que califica como “narcoterroristas”, lo dicho semanas atrás mientras la ventisca le golpeaba el rostro: “Aquí no hay espacio para el diálogo. Como lo dije el día de mi posesión, esa opción está agotada”.

Los días siguen y la polvareda que se levanta en el territorio nacional irrita la vista del ahora “comandante supremo de las fuerzas armadas”. Aparentando firmeza y seguridad en sí mismo, se acomoda la gorra que cubre su cabeza, otea el horizonte y se niega a reconocer los múltiples y diversos oponentes armados que lo ocupan. Embargado en su delirio, asegura que impondrá la paz en todo el país con “[…] la fuerza de las armas”, y del humear de sus cañones volverá “la seguridad (para) todo el territorio nacional”. Embargado en su delirio, convencido de la real irrealidad que lo habita, concluye: “Los que quieran abandonar la criminalidad pueden someterse a la justicia a través de los mecanismos establecidos por la ley” (2). En otras palabras: ¡Entréguense!

Mientras esto dice, a su alrededor, más allá o más acá, se escuchan detonaciones de diversidad de armas. Él permanece imperturbable. Otea una vez más el horizonte, se restriega los ojos y asegura: “En este país no hay disidentes, grupos subversivos ni alzados en armas, mucho menos estructuras con legitimidad política” (3).

Torpe es aquel que se niega a reconocer sus errores (Ver, Estulticia y poder, pág. 7), que pueden ser personales pero que en asuntos de Estado también pueden heredarse, fruto de los poderes que se representan. Y De la Espriella, como si no incorporara ni fuera producto de claros intereses de clase, desdeña la historia y la realidad nacionales, los intereses y poderes que anidan en cada una de sus regiones, amén de las características de su geografía y las sombras protectoras que extiende sobre quien la habita o transita con el favor de sus bosques y las tenues luces provenientes de la luna, una retaguardia extensa y efectiva que ha permitido la movilidad y el ocultamiento de todo aquel que no encuentra opción política viable en el Estado y en el régimen político colombiano, hoy corporizado en la diatriba impuesta por De la Espriella.

Esa simplicidad en su visión de país, y en su comunicación con este, le asegura desde ahora un lugar privilegiado entre los estúpidos, según el decir de Ángel Beccassino (Ver pág. 4). Y así será porque no hay mayor mediocre que quien, como cabeza de un país, se niega a valorar la vida, y en ella las sociedades, en toda su complejidad.

Lo grave de su pensar y proceder es que una persona que ha contado con todas las posibilidades para conocer el país en profundidad, así como la historia universal, con todo el legado que arrojan los conflictos por los cuales han transitado diversidad de sociedades, en medio de encarnizadas guerras civiles que los han llevado casi a su autodestrucción o en enfrentamientos armados con países vecinos o contrapoderes extraterritoriales que han llevado al cementerio o dejado sobre los campos de combate a millones de personas, se niegue a valorar los axiomas de todo tipo que de ello se desprenden. 

Entre esos axiomas no figura por parte alguna alcanzar la paz como fruto de la renuncia voluntaria del contrario a usar las armas que porta para defender la causa, económica o política que ostenta, algo imposible de materializar si no ha perdido su moral de combate, o si no ve realizada la totalidad o parte de las demandas que lo llevaron a entrar en combate.

Enceguecido por el peso de la ideología que le orienta, seguro de comandar por norma constitucional, no por carrera, un ejército con décadas de despliegue sobre un siempre activo teatro de operaciones, les asegura a los comandantes del mismo que le traerán la paz al país, pero “[…] no la paz que se negocia con los delincuentes, no la falsa paz que arrodilla al Estado. La paz que se impone con la fuerza de las armas” (4).

Consecuente con ello, embriagado en sus decires, convencido de ser el más guapo entre los guapos, no deja de emplazar a una y otra banda, a uno y otro grupo armado. Estando en Medellín se enfoca en Los Conejos, La Oficina y Héroes de Tarazá; en Santander, el turno es para Los Necios; en Cúcuta, para el Eln; en Cali, para las Farc; en Santa Marta, es para las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (Acsn). A todos estos alzados en armas, metidos en un mismo talego pese a sus notables diferencias en origen, propósitos, estructura, y funcionamiento, les amenaza: “Por la razón o por la fuerza” serán destruidos. Y desfogado en verbo, enfatiza: “O se entregan o los doy de baja”.

Como se sabe la cuerda se rompe por el lado más débil. Es así como pocos días después es abatido “Bendito Menor” en La Guajira, arrojado a las fieras por su inexperiencia o por sus jefes, más otros de quienes operaban junto a él, todos en bolsas blancas, tendidos, vencidos, exhibidos para las cámaras de video y el despliegue del espectáculo necropolítico y de guerra psicológica, pasando el ‘comandante de las fuerzas armadas’ sobre ellos y, como cualquiera de los fanfarrones recién llegados a un polvoriento poblado del oeste gringo, les recuerda a uno y otros: “El que no se someta va a terminar en una bolsa. […]. Solo tienen la opción de someterse de inmediato o enfrentar con todo el peso a la fuerza pública”. Un manejo mediático que recuerda, como anota Adriana en su nota (ver página 9), que “[…] hemos perdido el asco moral. […] cada vez más atrocidades entren en el ámbito de lo aceptable”.

Un operativo más y otro muerto de renombre de las Acsn, esta vez alias El Cholo, y seis de sus acompañantes. La respuesta no da espera y ordenan paro en Santa Marta. La ciudad queda paralizada. Nadie se atreve a subir una reja para abrir su negocio. La evidencia del control real que ejercen sobre la ciudad emplaza al gobierno. En evidencia, De la Espriella está desnudo, como los cadáveres embalados para el ya vivido espectáculo en el que la muerte se impuso a la vida: podrá obligar a replegarse u ocultarse a los cientos de ojos que miran, detallan y anotan en el celular a quienes no obedecieron la orden impartida y serán blanco futuro de sus armas, pero no podrá obligar a la población a reabrir el comercio.

Pese a todo, el machote no puede quedarse callado. Aterriza en la ciudad, arma en cinto; se desplaza por algunas de sus calles, imparte órdenes, vocifera. Transpira su arrogancia. Se muestra invencible aunque está burlado: su desnudez es evidente.

Es la primera respuesta directa, abierta y con amplio impacto social que reciben todas sus amenazas. El país entra en una senda de violencia en creciente, característica que marcará los cuatro años que siguen. Otros guapos, más o iguales a él, alzan la voz, aunque su sonido no salga de sus gargantas sino del accionar de sus armas, o del simple acelere de las motonetas en las que los milicianos paras recorren, vigilan y controlan la ciudad.

Un nuevo pistolero, delirante, guapo y fanfarrón, ha llegado al ‘oeste’, esta vez colombiano. Enfrentado a la historia, a la realidad de los territorios, así como a variedad de actores armados, queda ante un escenario que poco le favorece. Todos le miran y le apuntan. Él está en posición de tiro. Su destino es incierto.

También el del país. 

1. “Abelardo de la Espriella dio ultimátum a los grupos armados: “Disponen de un mes para entrar en razón y organizar su sometimiento”, Infobae, 25 de junio de 2026.

2. “Palabras del presidente de la república, Abelardo de la Espriella, durante la ceremonia de reconocimiento de la nueva cúpula de las Fuerzas Militares y del Directo de la Policía Nacional”, https://www.presidencia.gov.co/prensa/Paginas/Palabras-del-Presidente-de-la-Republica-Abelardo-De-La-Espriella-durante-260826.aspx.

3. íd.

4. íd.

Información adicional

Autor/a: Carlos Gutiérrez Márquez
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº270, octubre 2026
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