Al principio sólo parecía una pelea común, de esas que separan familias en todo el mundo. Como es habitual, se creyó que con buena voluntad, una simple charla resolvería el problema. Pero, mediante un viaje de Moscú a Volgogrado, descubrimos que detrás del enojo había una fractura. La de un país que ya no tolera más la guerra.
Vladimir y Nikolai eran dos primos muy unidos. Aunque sus actividades profesionales los hicieron tomar distintos rumbos, su vínculo no había cambiado en mucho tiempo. Vladimir se había mudado a Moscú para convertirse en consultor de grandes empresas extranjeras. Nikolai se había quedado en su ciudad natal, Volgogrado –que antes se llamaba Stalingrado–, donde dirigía una pequeña empresa que suministraba repuestos a las industrias locales.



