Treinta años intentando detener el cambio climático

El cambio climático, como lo registran los estudios especializados, avanza sin tregua. En este artículo se examina esta realidad, alertando que lo acordado en las COPs, está en deuda. Ahora, con la presidencia de Donald Trump y sus posturas radicales contra cualquier agenda ambiental, las opciones para resolver esta crisis ecológica son todavía más difíciles.

Se aproxima la inauguración de una nueva cumbre de negociaciones internacionales para enfrentar el cambio climático. El lunes 10 de noviembre, en la ciudad de Belén, en el estado brasileño de Pará, dará inicio otra conferencia más de los países parte de la Convención Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. Son las conocidas COP y que en este caso será la trigésima.  

El propósito de estas negociaciones, y de la convención en las que están enmarcadas, es reducir las emisiones de los gases que producen lo que conocemos como cambio climático, y de lidiar con sus consecuencias. 

Esas intenciones contrastan con la realidad. En el momento que se edita el presente número del periódico Le Monde diplomatique, la concentración de COen nuestra atmósfera está estimada en un poco más de 424 partes por millón (ppm); un año atrás, en setiembre de 2024, era de 422 ppm. Desde aquel entonces al día de hoy, se registró un aumento del 0.48 por ciento. Cincuenta años atrás, en setiembre de 1975, la concentración era aún más baja, con 328 ppm. La situación es muy clara: año tras año, las emisiones de gases siguen aumentando, y el cambio climático se profundizó (1).

Se han sucedido treinta COPs, sin lograr detener el aumento de esos gases invernadero. Son tres décadas de declaraciones y anuncios de todo tipo, pero los gases no dejan de acumularse en la atmósfera. Por lo tanto, lo que debe llamar nuestra atención ya no son los discursos enérgicos ni los compromisos audaces en esos encuentros, sino que es el fracaso colectivo. Es duro reconocerlo, pero la evidencia es abrumadora. 

La necesidad de enfrentar el cambio climático

Las advertencias científicas sobre un aumento de la temperatura promedio del planeta por la acumulación de distintos gases, llevó a que se firmara en 1992 un tratado marco para lidiar con ese problema. No se alertaba sobre una rareza ecológica, sino que ese efecto invernadero tendría severas consecuencias, desde la acentuación de eventos extremos como inundaciones y sequías a la acidificación de las aguas oceánicas.

Los culpables son un conjunto de gases, donde el más conocido es el dióxido de carbono (CO2). Pero también juegan papales cruciales el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O), el ozono (O3), gases con flúor e incluso el vapor de agua. El fenómeno se debe a las emisiones producidas por actividades humanas, en especial desde mediados del siglo XIX. Están encabezadas por CO2 debido a la quema de combustibles fósiles como hidrocarburos o carbón; le sigue en importancia el metano que se origina en la deforestación, ciertos cultivos y la ganadería. 

Las COPs 

Los momentos estelares en estas negociaciones internacionales son las llamadas COP (una sigla en inglés que refiere al encuentro de los países que son parte de la convención). A lo largo de todos estos años, las cumbres han ido creciendo en asistencia, ya que además de las delegaciones de los gobiernos se suma la presencia de organizaciones ciudadanas, empresas, académicos, y muchos otros actores, junto a legiones de periodistas. En sus primeros encuentros asistían menos de cinco mil personas, en las últimas se superan los cincuenta mil. La creciente atención que reciben hace que sea frecuente que asistan, al menos por unos pocos días, jefes de Estado. Pero, por momentos, se convierten en un show mediático.

La primera COP tuvo lugar en Berlín (Alemania), en 1995, y desde ese entonces en cada una de ellas se repiten discursos grandilocuentes. En 1997, en la COP-3 celebrada en Kyoto (Japón), con gran optimismo los gobiernos aprobaron un protocolo, con el nombre de esa ciudad, que se suponía que detendría el efecto invernadero. Este sigue vigente en la actualidad, pero las emisiones de gases invernadero no dejaron de aumentar. 

A mediados de la década de 2000 ya estaban instaladas las advertencias para evitar que el aumento de la temperatura global superara los dos grados centígrados. Es así que, en 2009, en la COP-15, en Copenhague, casi todos reclamaban medidas efectivas. La administración de Barack Obama (EE.UU.) aspiraba a cerrar acuerdos, ofreciendo algunos compromisos para evitar, lo que calificó, como la inacción mientras el planeta ardía. Evo Morales, entonces presidente de Bolivia, en esa ocasión sostuvo que el cambio climático era consecuencia del capitalismo y reclamó defender a la Madre Tierra. En aquel encuentro, EE.UU. convenció a China, India, Sudáfrica y Brasil en firmar, por separado, un acuerdo de reducción de emisiones y transferencia de fondos que se suponía que llevaría a que otros se sumaran. Pero al poco tiempo esa iniciativa se difuminó. Entretanto, Morales, de regreso a Bolivia, reforzó la extracción de hidrocarburos. 

Las alertas de los científicos y los movimientos ciudadanos se volvieron a intensificar, mientras seguían aumentando los gases invernadero. En 2011, en la COP-17, en Durban (Sud África), se acordó crear un nuevo instrumento que impusiera obligaciones a todos los países. Pero concretarlo demandó unos cuatro años, y recién en 2015, en la COP-21, reunida en París (Francia). se firmó el hoy famoso Acuerdo de París.

Aquel compromiso, aunque en su letra imponía acciones concretas de cada país en varios frentes, muchos las esquivan o las cumplen inadecuadamente. Entretanto, en las siguientes COPs se sumaron, por ejemplo, más compromisos, como uno para abandonar los automóviles con motores de combustión interna, otro que busca dejar atrás la quema de carbón para generar electricidad, o medidas para abatir las emisiones de metano. Pero las emisiones siguieron aumentando.

Los intereses corporativos, en especial los petroleros, penetraron estos espacios de negociación, alcanzando extremos como en la COP-28 en Dubai (Emiratos Árabes Unidos), bajo la presidencia de quien al mismo tiempo era director en la Compañía Nacional Petrolera Abu Dhabi (Adnoc), una de las corporaciones más grandes del mundo en ese rubro. En la preparación de aquella COP había dicho que no existiría una base científica que fundamentara la necesidad de una reducción progresiva de los combustibles fósiles para evitar que la temperatura media siga subiendo y cruzara el umbral de 1.5 grados, y con un tono que parecería de irritación, agregó que si eso se intentara, haría que el mundo “retrocediera a las cavernas” (2). Por ahora, nuestro mundo no regresó a esa prehistoria pero, una vez más, las emisiones de gases invernadero siguieron aumentando.

La marcha del cambio climático

Los participantes del encuentro en Belén deben lidiar con ese aumento de los gases invernadero. En 2024 alcanzaron un nuevo máximo, con 40.8 mil millones de toneladas de equivalentes al CO2 (una medida que permite agrupar a todos los gases invernadero). El año anterior, aquel total había sido de 40.3 mi millones de ton CO2-equivalentes. Las emisiones de gases están incrementándose a un ritmo del 1 por ciento por año. 

Esto ocurre a pesar de aumentos sustantivos en inversiones e instalación de fuentes alternativas, como la solar o eólica, y de los llamados para que los procesos productivos tengan un saldo neto de cero emisiones de gases invernadero. Por ahora, esas fuentes alternativas no suplantan a las viejas fuentes, sino que se suman a ellas. Esto se debe a que la demanda por energía crece a un ritmo todavía más rápido de la que proveen las fuentes alternativas.  

Todo esto resulta en al menos dos fracasos. La promesa de suplantar las fuentes basadas en combustibles fósiles no se está cumpliendo, y tampoco se concretan los compromisos de acotar o reducir el consumo, dejando de lado los usos superfluos para mantener aquellos que son necesarios.

Años atrás los responsables de estas debacles se encontraban en los países industrializados del Norte, con Estados Unidos y las naciones europeas a la cabeza. Sin embargo, China ha pasado a ser el mayor emisor de gases invernadero del planeta. En el pasado año emitió aproximadamente 12.5 miles de millones de ton de CO2, lo que es casi un tercio de todos los gases emitidos en el planeta. Es más, ese volumen supera a la suma de los aportes de Europa y América del Norte.  

El segundo lugar corresponde a EE.UU. con el 11 por ciento de las emisiones totales planetarias. En cambio, el tercer puesto en este momento le corresponde a la India con 8.22  por ciento; en 2024 emitió 3.3 millones de CO2 equivalentes, mostrando un acelerado ritmo de aumento. Esto hace que la Unión Europea ahora se ubique como cuarta contaminante (sus 27 miembros son responsables de casi el 6% del total global). 

Como puede verse, en estos momentos se entremezclan países del Sur y del Norte entre los más grandes contaminadores. En efecto, se pueden mencionar con grandes emisiones, por ejemplo, a Indonesia (2.49%), e incluso a algunos latinoamericanos (Brasil con 2.44% y México con 1.29%) (3). 

De ese modo, la problemática del efecto invernadero dejó de ser un asunto que puede simplificarse entre un “norte contaminador” y un “sur limpio”. Los indicadores porcentuales regionales muestran que en la última década las emisiones desde América Latina aumentaron un 9.3, las del Medio Oriente un 15, y las de África llegaron al 25. En cambio, las emisiones desde Europa se han reducido (un estimado del 1.4 % por año en la última década), y en menor proporción lo venían haciendo las de EE.UU.

Es cierto que muchas de esas naciones tienen aportaciones proporcionalmente pequeñas, como ocurre por ejemplo con buena parte de los estados latinoamericanos (como es el caso de Colombia que aporta el 0.41% de ese total). Pero todos ellos suman a ese gran total que no deja de crecer cada año. De todos modos, esa condición es aprovechada por varios gobiernos para seguir emitiendo, esquivando atacar sus causas, o insistiendo en extraer y exportar combustibles fósiles. Por ejemplo, en Colombia y otros países andinos, la principal fuente de estos gases se encuentra en la deforestación, la agropecuaria y los cambios en el uso del suelo, de donde las medidas para revertirlas requieren, pongamos por caso, lidiar con la tenencia de la tierra o las políticas en ganadería y agricultura. Pero esos temas son esquivados una y otra vez. Entretanto, Brasil, a pesar de los discursos verdes del gobierno Lula, parece decidido a seguir buscando petróleo en sus costas. Estos son ejemplos de moralidades distorsionadas que intentan justificarse en que destruir la ecología planetaria poco a poco, en pequeñas dosis, sería aceptable, ya que siempre habrá algún otro que contamina mucho más. 

El incendio del trumpismo

Los que lleguen a Belén a discutir la salud del planeta también padecerán los severos cambios que impone la presidencia de Donald Trump. Por un lado, se deben atender las drásticas alteraciones dentro de ese país, y por el otro, sus implicancias y consecuencias internacionales. 

En el frente interno, se están desmontando las agencias encargadas de monitorear las emisiones de gases invernadero y estudiar sus consecuencias. Se derogaron los programas que promovían las energías renovables implantados bajo el gobierno de Joe Biden, y se liberalizó la explotación de hidrocarburos. Se anulan o recortan exigencias y controles ambientales de todo tipo. Se despidieron a científicos y se está cancelando el financiamiento a los laboratorios que miden esos gases. Las emisiones de ese país podrían elevarse, y como no son medidas, se alimenta la fantasía de la inexistencia del cambio climático. Esas mediciones eran, además, en muchos casos globales, y ya no contarán con ellas otros científicos o gobiernos.

En el espacio internacional, Trump se volvió a retirar del Acuerdo de París, y ataca los acuerdos internacionales ambientales. Considera que son parte de una agenda política de una izquierda cultural que debe ser rechazada. 

Sus posiciones de extrema derecha alientan a otros en la misma dirección, como ocurre con el gobierno de Javier Milei en Argentina. Al mismo tiempo, esa radicalidad hace que otras posturas, incluso las conservadoras de la vieja guardia, resulten más moderadas. 

Todos esto quedó en evidencia en el discurso de Donald Trump pronunciado en la 80 Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Mas allá de sus quejas por haber quedado varado en una escalera mecánica que dejó de funcionar, al improvisar varias secciones, su pensamiento quedó al desnudo (4). 

Sin nunca dejar de ocultar su megalomanía, afirmó: «Todo lo verde es bancarrota». Europa y otros países, según su entendimiento, estarían “al borde de la destrucción por la agenda de la energía verde”. Agregó que esas posiciones arruinaron a Alemania y están destruyendo los paisajes rurales británicos por la proliferación de molinos de viento y paneles solares. Se burló de la agencia de las Naciones Unidas para el ambiente (Pnuma), ya que había predicho un “holocausto irreversible” que no estaría sucediendo. 

Según Trump, el cambio climático es “el más grande fraude perpetrado en el mundo”, sus predicciones están “todas erradas” y fueron hechas por “personas estúpidas”. Le advirtió a los delegados que si no “escapan de ese fraude verde”, sus países caerían. Como justificación dijo, ante las miradas atónitas de sus oyentes: “Yo soy realmente bueno en predecir cosas”, para enseguida emplear un dicho de la jerga de los vendedores sosteniendo que era el mejor de ellos. Remató con una autoreferencia: “Trump estaba en lo correcto en casi todo”. 

El presidente de EE.UU. considera que la reconversión energética, junto a la inmigración, es un “monstruo de dos colas” que destruye todo que debe ser detenido. Reconoce que los países europeos redujeron sus emisiones de gases invernadero, pero está convencido que eso significó la pérdida de muchos puestos de trabajo y el cierre de fábricas. Esas “políticas brutales de energía verde no han ayudado al ambiente” y denuncia que los “ambientalistas radicalizados” quieren que se detengan las fábricas y “no tener más vacas”.

Pide que se rechace inmediatamente ese “concepto globalista”, ya que hace que los países se “dañen a sí mismos” mientras se está “destruyendo una gran parte del mundo libre y del planeta”. Se felicita a sí mismo por liberalizar la explotación de petróleo e incluso celebra el uso del carbón –todas medidas contrarias a las pretendidas en las negociaciones internacionales. La fantasía se acentúa cuando Trump sostiene que ha ordenado que esos combustibles fósiles deben ser llamados como “limpios” y “hermosos”.

El planeta sigue en llamas 

Como puede verse, casi todo lo que Trump afirma está reñido con la evidencia científica, y atenta contra las nociones más básicas de la justicia social. Sus expresiones están entremezcladas con falsedades y exageraciones, incoherencias y burlas, como ya es sabido en su caso. Pero de todos modos esas posturas tienen efectos internacionales sustantivos, sea como ejemplo que ampara a otros, como por distorsionar cualquier negociación. 

En efecto, sus rechazos a las políticas ambientales son aprovechados de modos directos o indirectos, por ejemplo, por los países petroleros de Medio Oriente y Rusia, para seguir explotando hidrocarburos. Los jefes de Estado de China, India y otras naciones no caen en esos discursos extravagantes, pero aprovechan toda esta situación para seguir quemando carbón. 

Los argumentos y las acciones se han escorado tanto hacia la extrema derecha política, que casi cualquier medida ambiental termina siendo mejor al extremismo trumpista. La consecuencia es que programas como la transición energética europea, sea apoyada por muchos, aunque en realidad sigue siendo una apuesta corporativa que no resuelve las causas que generan el cambio climático, y entre sus consecuencias está exacerbar la minería en algunos países latinoamericanos. 

Los gobiernos latinoamericanos, como varios otros en el Sur global, aprovechan estas confusiones para seguir con un juego por el cual, de un lado insisten en recibir más ayudas financieras para lidiar con medidas de mitigación y adaptación al cambio climático, y del otro, sus acciones para detener sus propias emisiones son débiles o insuficientes, mientras insisten en extraer o explorar por más combustibles fósiles.

Se podrán señalar muchas razones, y aunque unas sean aceptables para algunos o inaceptables para otros, el resultado final es que los gobiernos han sido incapaces de detener el cambio climático. Hay naciones que revisten mayores responsabilidades, en especial los grandes emisores, pero eso no exime a los demás países, incluidos nosotros, en América Latina. En este momento ya no hay inocentes.

Es por todo esto que debemos ser claros: somos testigos de una de las mayores muestras de incapacidad en la diplomacia internacional. Atrapados en una angustiante mezcla entre ceguera ecológica y egoísmo económico. Las COPs pueden tener algunos méritos, pero como proceso, hasta ahora han fracasado en proteger nuestro planeta. Es hora de entenderlo para reclamar otro tipo de alternativas. γ

1. Indicadores del Global Monitoring Laboratory, NOAA (National Oceanic & Atmospheric Administration), https://gml.noaa.gov/ccgg/trends/

2. Cop28 president says there is ‘no science’ behind demands for phase-out of fossil fuels, D. Carrington y B. Stockton, The Guardian, 3 diciembre 2023.

3. Los indicadores se basan en: GHG emissions of all world countries – 2025 report, European Comission, JRC Science for Policy Report, https://edgar.jrc.ec.europa.eu/report_2025

4. Su intervención completa en @Rev, https://www.rev.com/transcripts/trump-speaks-at-un

*Investigador en el Centro Documentación Información Bolivia (Cedib) y en el Centro Latino Americano de Ecología Social (Claes), e investigador asociado en el Observatorio Latino Americano de Conflictos Ambientales (Olca).

Información adicional

Autor/a: Eduardo Gudynas*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº259, septiembre 2025
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