Cinco años de investigación, dos semilleros universitarios y una comunidad indígena que abrió sus caminos: esos son los ingredientes de este libro, resultado del proyecto “Memoria e historia: vivencias, saberes, rituales y narrativas ancestrales del resguardo indígena Pijao de Palma Alta”, que el grupo Tumátambo y los semilleros Caid y Vórtice sostuvieron con la comunidad de Palma Alta desde 2019. Su propósito no se agota en documentar prácticas culturales: busca fortalecer la identidad del pueblo Pijao y visibilizar saberes que el Estado, los emporios industriales y la academia hegemónica han buscado borrar o ignorar.

Natagaima, municipio del sur del Tolima, carga una historia de violencia y despojo que el libro no elude: reconocido como cabildo en 1992 y beneficiario de una entrega de tierras del Incora en 1995, el resguardo Pijao de Palma Alta llegó a ese umbral tras siglos de conflictos coloniales y, más recientemente, del paramilitarismo que entre 2002 y 2010 agudizó la violencia en su territorio y en 2003 cobró la vida del líder Baudelino Romero Márquez. Solo con los acuerdos de paz de 2016 la comunidad pudo retomar el camino de la recuperación cultural, historia que late bajo cada página de este libro y da a la propuesta su urgencia política.

Antes de llegar al resguardo, el libro recoge un hecho particular: los propios investigadores se narran. En el primer capítulo, “Alistando las maletas”, cada integrante del equipo recorre su historia personal, abuelos que enseñaban la siembra según el ciclo lunar, madres y tías que suplieron figuras ausentes, jóvenes de veredas del Huila que llegaron a una universidad que, según reconocen ellos mismos, “colonizó el pensamiento”. Este gesto autobiográfico funciona como condición epistemológica del método: como sostiene el investigador Alfonso Torres Carrillo, los lugares son producto de relaciones entre el hombre y la tierra, y solo quien reconoce esas relaciones en su propio cuerpo puede luego escucharlas en otro territorio.

Caminar la palabra, como propone el título, lleva a recorrer físicamente el territorio, escuchar a las mayoras en sus propios espacios y recordar colectivamente. Las tertulias dialógicas son su materialización más concreta: el equipo investigador se sentó con la comunidad, bebió chicha en totuma y escuchó. Una mayora lo resume así: “La chicha no es solo una bebida, son nuestros ancestros, el espíritu en nosotros que nos deja ser” (comunicación personal, julio de 2022). De ahí surge también la primera persona del plural que recorre el texto, “nosotros y nosotras”, “nos enseñaron”, decisión tanto teórica como ética: el antropólogo Patricio Guerrero Arias la llama corazonar, concepto que denuncia la castración afectiva del pensamiento colonial y reivindica la afectividad como forma legítima de conocimiento. Frente a una academia que exige la tercera persona para simular objetividad, el libro elige la primera como acto de resistencia: la autoridad para narrar no viene de un título universitario sino de haber caminado con la comunidad.

Ese posicionamiento dialoga con el giro decolonial latinoamericano: del sociólogo Boaventura de Sousa Santos toma la crítica a la colonialidad del saber, esa imposición de un conocimiento único, como si fuera verdad universal; de Mathusalam Pantevis Suárez y D. Pérez Vargas recoge la noción del “zur”, escrito con z, por lucha y resistencia,  y del mismo Santos, el concepto de teorías de retaguardia, que no niegan el pensamiento eurocéntrico sino que lo amplían con los saberes que ha invisibilizado. Lo que distingue a este libro de otros trabajos decoloniales es que no se queda en la teoría: pone esas categorías a funcionar en el territorio concreto de Palma Alta.

La chicha de maíz es el corazón del segundo capítulo. Orlando Pamo, líder de la comunidad, lo resume en una infografía que él mismo construyó: “El maíz es el espíritu puro […] y por eso mismo es tratado como una divinidad”. Esa condición de deidad estructura la cosmovisión Pijao y su relación con el territorio: la chicha circula la palabra en los duelos, las fiestas y las decisiones comunitarias. El libro contrasta esa bebida ancestral, servida en totuma, con el vaso de plástico de la vivienda urbana: una diferencia que no es de protocolo sino de cosmovisión, y que vuelve visible cómo la colonialidad opera también en los objetos y los rituales cotidianos. 

Una línea de tiempo construida junto a la comunidad conecta, desde el siglo XVI hasta 2018, la persecución colonial de la chicha, en su más reciente etapa con la entrada de los emporios cerveceros Bavaria y Germania, las campañas publicitarias que la acusaban de “embrutecer”, el Decreto 1839 de 1948 que prohibió su venta arguyendo el “chichismo” como enfermedad, y el asesinato del líder Baudelino Romero en 2003. Con ese hilo, el libro muestra que la opresión cultural y la política marcharon juntas: recuperar la chichería es también un acto de memoria histórica. Fanny Culma, cabildante del resguardo, lo hace cuerpo al narrar cómo su bisabuela, su abuela y su madre cargaron ese saber generación tras generación, incluso pagando cárcel por sostenerlo: “[…] mi abuelita Eva […] estuvo pagando dos meses de cárcel en Ibagué por el proceso, por la chicha. Ya pues, ahí quedó mi mamá y ahí seguí yo” (comunicación personal, 19 de noviembre de 2022).

El libro despliega, además, mapas satelitales, fotografías de las tertulias, carteles de propaganda antichichera de los años cuarenta e imágenes de la totuma: ninguno es mera ilustración, cada uno carga argumento. Carteles de Bavaria como “NO MÁS CHICHA” o “La chicha engendra el crimen” hacen visible, en su forma más descarnada, la colonialidad del saber. Aunque hay una tensión que recorre el libro sin resolverse del todo: en ciertas secciones el denso aparato conceptual decolonial irrumpe justo cuando los testimonios empezaban a respirar, distanciando el registro académico de la vocación comunitaria del texto y alejando a lectoras poco familiarizadas con Santos o Guerrero. Esa dificultad revela, sin embargo, que escribir desde el cruce entre la investigación universitaria y el saber indígena nunca puede ser del todo limpio, y el libro no pretende que lo sea.

Los prólogos abren la obra hacia afuera: Martín Plascencia González, de la Universidad Autónoma de Chiapas, conecta el fuego y la chicha del Tolima con el posol y el fogón de su región, situando el libro dentro de una red continental de memorias bioculturales indígenas respaldada por el proyecto mexicano Pronall. Un hilo recorre todo el libro: narrar la chicha es narrar el maíz, narrar el maíz es narrar la tierra, y narrar la tierra es narrar la lucha por no perderla. Caminar el territorio y caminar la palabra son, en esta propuesta, el mismo acto: una convergencia entre oralidad, cuerpo, espacio y memoria que distingue a esta obra de los estudios decoloniales que no se enraízan en una comunidad concreta. Como dijo Orlando Pamo en una tertulia: “esto viene desde muchos años […] nos enseñaron y pues no hemos dejado perder la tradición” (comunicación personal, 1 de octubre de 2021).

Pocas obras académicas sobre comunidades indígenas en Colombia logran lo que esta consigue: narrar desde adentro, con rigor y conciencia política, sin convertir a la comunidad en objeto de estudio. Y el hecho de haber surgido de semilleros estudiantiles, de jóvenes con raíces campesinas que llegaron al resguardo cargando sus propias memorias de la tierra, le da una autenticidad que ningún marco teórico podría fabricar. Su valor reside en la decisión de producir conocimiento caminando con el pueblo Pijao, una decisión que lo convierte en una contribución genuina tanto para los estudios decoloniales como para la memoria histórica del sur del Tolima.

Mariana Fernanda Narváez Rivera

Angie Ximena Chavarro Durán

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