No es nueva la discusión acerca de qué hacemos con los autores y creadores cuyas vidas le hacen sombra a su obra, a través de comportamientos reprochables por insensibles, manipuladores inhumanos o hasta criminales. Qué hacemos con esos “monstruos”, como los llama la crítica de libros y escritora estadounidense Claire Dederer. En otras palabras, ¿es posible separar al autor de su obra? Y más que responder con un sí, un no, o un depende, la autora profundiza en la complejidad de esa decisión y se la deja al lector, no sin antes llevarlo por un recorrido de casos, unos más célebres que otros por la atrocidad de los hechos. Ella traslada la resolución al público, que reconoce la genialidad de estos creadores. Pero este dilema que compete a cada quien, y que parece una solución un tanto amplia, no carece de matices.
Dederer ofrece una amplia lista de nombres, en su mayoría de hombres muy reconocidos: Woody Allen, Roman Polansky, Miles Davis, Vladimir Navokov, Pablo Picasso, Ernest Hemingway, Raymond Carver, entre otros. Aporta también el de algunas mujeres como Doris Lessing, Virginia Woolf, Silvia Plath…, incluso ella misma se incluye en esa lista. Por cierto, cabe aclarar que para entrar en la categoría de “monstruo”, el sexo no es un atenuante. Con este libro la autora hace un valioso aporte a la discusión de ese fenómeno tan popular, conocido como cancelación, pero con elementos de juicio que escapan a la emocionalidad y el instinto de la manada. Incluso ella misma reconoce el gusto y la admiración que siente por parte de las obras de estos genios-monstruos. Admite seguir disfrutando varias películas de Polanski, como Chinatown, a pesar de saber que violó a una menor de edad; o de las de Woody Allen, como Annie Hall, a pesar de estar acusado de abusar sexualmente de su hija adoptiva y que usaba como motivo recurrente en sus filmes la relación de los personajes interpretados por él con menores de edad; o que disfruta de la música de Miles Davis, quien además de ser un compositor y músico virtuoso era un maltratador de mujeres.
Ahora bien, es preciso señalar que la sociedad ha indultado casi cualquier comportamiento de estos hombres que hacen parte del selecto y escaso grupo de los “genios”. Ellos han estado por encima de las normas, en muchos casos protegidos por el poder, por la crítica, por otros creadores, por sus lectores, espectadores o admiradores y estudiosos de su trabajo. Al parecer, su genio creador necesita de libertad absoluta, del poder de la transgresión, a pesar de sus incoherencias o del daño que por el camino hagan a quien se cruce. Ellos tienen “la libertad de ser cualquier cosa, incluso un loco o una mala persona” (p. 128).
Llegados a en este punto, Dederer hace la distinción entre hombres y mujeres genios que integran el grupo de los monstruos, con el atenuante de que las mujeres han gozado de menos libertad y han sido cuestionadas al menor gesto transgresor. Entre sus monstruosidades más destacadas, atención, figura alejarse de sus hijos para construir su obra. Comportamiento duramente sancionado, que es apenas normal y previsible de un hombre si considera que su familia es un lastre para su desarrollo como artista. Al respecto, se citan casos como el de Doris Lessing, quien abandonó a sus hijos en Rodesia en los años cincuenta para emigrar a Londres y continuar con su carrera, o el de Joni Mitchell, quien dio en adopción a su bebé recién nacido para consolidar su carrera como cantautora de música folk, cuando estaba iniciando, con cierto éxito, a la edad de 21 (relato encubierto en la letra de la canción “Little Green”, del álbum Blue).
Sin embargo, Dederer no plantea que deberíamos desterrar de nuestras preferencias a uno u otro autor, solo nos pide que pensemos en lo que hacía cada artista con su vida personal conforme aparecía cada obra que los consolidaba y los ubicaba en la cima del prestigio. Es decir, que coloquemos en la balanza el hecho de que son creadores excepcionales, pero que su comportamiento como persona también merecía críticas, y en algunos casos ser penalizado. La autora nos plantea “¿qué hacemos con el arte de los hombres monstruosos? […]s ¿qué hacemos con las personas monstruosas a las que queremos?” (p. 292), una decisión que compete a cada persona, quien no debería guiarse por el calor de la tendencia, sino por una revisión larga y reflexiva antes de condenar, perdonar o buscar un punto intermedio, o al menos uno que le ayude a respaldar su elección.
Favián Ortiz Reyes



