Las juventudes chinas corren contra el tiempo

En China, el jubilado y el repartidor aparecen como figuras antagónicas de una economía que da síntomas de estancamiento. Mientras muchos adultos mayores gozan todavía de los beneficios del ascenso social, los jóvenes encuentran en las aplicaciones la única alternativa laboral. Si son universitarios, la frustración con este empleo precario es aun mayor.

Superpongan dos mapas de la misma escala: uno de China y el otro de Europa. Ubiquen Urumqi, la capital de la región occidental de Xinjiang, justo encima de Reikiavik, la de Islandia. Entonces, tendrán que buscar a Pekín por el lado de Vilna, a Cantón a la altura de Belgrado, mientras que Harbin y su festival de hielo aparecerán en algún punto del óblast de Arcángel, en el norte de Rusia.

No cabe duda: China es inmensa. Tan grande que sus contrastes a menudo desafían la idea misma de unidad nacional: más de 1.400 millones de habitantes, 56 etnias, un clima muy variado –mientras en el noreste visten campera de abrigo, en el sudoeste andan en ojotas– y una lengua común que es la materna sólo para seis de cada diez personas –y de la que todos se quejan porque no siempre entienden las distintas formas que adopta a medida que se van alejando de sus casas–. Hasta el mahjong [juego de mesa similar al rummy], la pasión nacional, se juega conforme a distintas reglas según la región.

Información adicional

Entre el desempleo y el algoritmo, un drama global
Autor/a: Renaud Lambert*
País:
Región: Mundo
Fuente: Periódico Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº265, Mayo 2026
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