Antes de entrar en la discusión pública desatada por el discurso del arca de Noé, conviene recordar que este mito político no agota su sentido en el momento fundacional. Me explico. Su eficacia consiste precisamente en dirigir la mirada hacia el instante heroico en el que un pueblo parece salvarse de las aguas, mientras deja en la penumbra aquello que ocurre cuando la promesa finalmente se materializa y el nuevo orden es establecido. Todo relato de redención posee un segundo capítulo, casi siempre menos glorioso que el primero, porque la pregunta esencial nunca ha sido cómo se abandona el viejo mundo, sino qué clase de régimen se instituye cuando el arca alcanza tierra firme. Debido a lo anterior, resulta llamativo que buena parte de la discusión suscitada por la retórica bíblica de Carlos Alonso Lucio haya permanecido concentrada en la imagen del arca como símbolo de “salvación nacional”.
En una reciente columna, María Jimena Duzán (1) prefirió desplazar la atención hacia otro lugar. Su preocupación inmediata fue la autoridad moral de quien invoca el relato fundacional. Mediante la recuperación de investigaciones periodísticas previas sobre la actuación política y judicial de Lucio, así como de las críticas que ella misma formuló en su momento acerca de sus vínculos con distintas figuras del establecimiento colombiano, la reconocida periodista reconstruye varias de las controversias que, a su juicio, han acompañado durante décadas la trayectoria pública del hoy ideólogo de Defensores de la Patria. Duzán sostiene que la actual construcción de una imagen religiosa e intachable de Lucio coexiste con ese pasado, el cual, en su opinión, no debería quedar al margen del escrutinio público.



