Franz Kafka
Ediciones Desde Abajo, 2024
72 páginas.
La versión de En la colonia penitenciaria, de Franz Kafka, lanzada en 2024 por Ediciones Desde Abajo, conmemora el centenario de aquel abogado flemático, obsecuente, poco enterado de la vida cultural en Praga, que pasó cerca de 15 años trabajando en despachos judiciales de la capital de Bohemia y que, a la postre, sería considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX.
De día blindaba a hombres ricos y prestantes con pólizas de seguro impecablemente redactadas. De noche, cuando los espectros del ejército de Federico II se apoderaban del puente Carlos y Malá Strana, el joven Kafka (porque nunca llegó a viejo, a pesar de jubilarse) se dedicaba a relatar el destino absurdo e inevitable de sus personajes que, a diferencia de él, conseguían escapar al estado vigilante y opresivo de las formas familiares y sociales, si bien el precio a pagar resultaba ser no pocas veces la muerte.
De las más de 3.000 páginas escritas por Kafka, según los más entendidos, cerca de medio centenar fueron empleadas en un relato que aún hoy, a pesar de todo el horror creado, reproducido y emulado, consigue impactar al lector. La versión de Ediciones Desde Abajo, ilustrada a cuatro manos por Luis Eduardo Sarmiento e Isabella Abad, cuenta con un atractivo y agudo estudio preliminar a cargo de Fabio Bartoli, del cual se hablará brevemente en esta reseña.
A través de un ejercicio de orientación por el bosque narrativo de En la colonia, se invita al lector o lectora a atravesar el umbral para ver desde adentro el afuera de esta singular historia. Luego volverá a salir y observará desde el umbral el interior del bosque para, finalmente, emprender una nueva lectura del relato sin el vértigo inicial y con “conocimiento de causa”. Por supuesto, el ejercicio no pretende sustituir el placer que para cada uno suscita la lectura libre del texto, sino de acompañar al lector, brindarle algunas herramientas que le permitan circular por el intrincado mundo kafkiano “con paso más firme y una mirada más profunda”.
Para ver el afuera desde adentro, Bartoli arranca por mostrarnos la Praga y la Europa de 1914, cuando el horror calculado de En la colonia penitenciaria era inconcebible; cuando nadie imaginaba que la Belle époque estaba por culminar de manera abrupta.
Se trata de una Europa contradictoria. Por un lado, es la del progreso económico y social, la bendecida por el impulso moderno en cabeza de una burguesía capaz de asimilarse a los cambios y convertir la tradición en obsoleta. Este momento sin igual que vive el Viejo continente ha sido presagiado tiempo atrás por Rimbaud en los versos finales de Una temporada en el infierno (1873): “Hay que ser absolutamente moderno”. En efecto, no había lugar para nada más. El tren del progreso corría presuroso, incontenible; había que estar en él.
Pero, por otro lado, estaba la Europa voraz y violenta, la que sometía a otros pueblos a sangre y fuego para su exclusivo beneficio. Y dentro de esa Europa, una clase social naciente, los obreros, obligados a cumplir condiciones de trabajo inhumanas a cambio de unos salarios de miseria con el único fin de servir de sostén al proyecto moderno europeo.
Ahora bien, Bartoli nos invita a seguir un poco más al interior del bosque y mirar la Praga de ese entonces, donde la situación era un poco más compleja, toda vez que, a la aristocracia vienesa, que ocupaba el lugar más elevado de la pirámide social y a su extremo opuesto, la población checa (la más numerosa y explotada), se sumaba la clase social de los judíos de habla alemana, grupo al que pertenecía Kafka. Su origen campesino, así como su acceso a la educación superior y los beneficios económicos que les generaba su participación en el comercio de la ciudad hacía que sostuviera unas relaciones complejas tanto con la aristocracia venida de Viena como con la población checa. Lo más curioso, señalado por Bartoli, y que probablemente hace que la historia de En la colonia penitenciaria esté desprovista de cualquier tinte político particular y resulte de un horror practicable en cualquier sistema político es, justamente, la apatía de Kafka por los asuntos que a otros jóvenes de su época más interesaban. El autor checo parece no identificarse con nada de lo que apasiona o interesa a su clase social y a su generación. De hecho, Kafka estima ineluctable el apartarse, el sustraerse de todo cuanto ocurre a su alrededor para escribir.
Sin embargo, asuntos que son del interés de Kafka (deshumanización, noción cruel de la justicia, ejercicio de la tiranía) aparecen de manera patente en el relato, insinuando que este proceder, monstruoso y absurdo, se ha llegado a naturalizar. Incluso nos muestra cómo, en la persona del oficial a cargo de la colonia penitenciaria, hay un ánimo por ordenar y racionalizar la opresión, la tortura, el dolor. ¿Les suena conocido?
Continuando por los meandros de este bosque narrativo, Bartoli nos adentra en el quid de la colonia presentando la estructura y desarrollo del cuento, el cual ocurre en un lugar incierto, “exótico”, lejos de la luz civilizatoria europea. Recibimos noticias de la existencia de este ignoto lugar porque un visitante ha llegado a conocerlo y le es presentado por el oficial a cargo el proceso judicial que en la colonia se practica. Este implica el uso de una máquina que tortura al condenado escribiendo en su cuerpo durante seis horas la norma infringida, seguida de otras seis en que el condenado cobra plena conciencia de su falta y del merecido castigo. El suplicio tarda en total 12 horas.
Pero dicho sistema ha empezado a recibir críticas y perder adeptos. En otros tiempos, confiesa el oficial, no le cabía una aguja al valle de la cantidad de gente dispuesta a ver tan terrible espectáculo. Es a partir de este evento, sostiene Bartoli, que Kafka busca llamar la atención sobre el cambio de concepción de justicia ocurrida en Occidente. Un cambio que sólo opera en Europa, por supuesto, pues aún existen lugares singulares y desconocidos en donde se practica una “vieja” justicia que desconoce la división de poderes y el derecho de todo acusado a la legítima defensa. Incluso, en concomitancia con el clima beligerante que se respira en Europa tras el crimen de Francisco Fernando de Austria y su esposa, Kafka reprocha el ánimo naif, propio de la Belle époque, de creer que la crueldad y la violencia de épocas pasadas y oscuras había desaparecido. Al menos en Europa.
El otro elemento crucial, no sólo en el relato sino en la vida misma de Kafka, y que también es comentado por Bartoli, es la escritura. Para el autor checo es el principal problema de su existencia y lo menciona en algunas notas de diario y cartas que han sido citadas juiciosamente en este estudio preliminar. Kafka la considera un asunto de vida o muerte, en tanto es la escritura lo que da sustento a la existencia, es la que puede apartar al sujeto del absurdo que a veces la vida le impone.
Esa sensación es en cierto modo retratada en el relato. Bartoli compara la seguridad, el sentido que daba en Kafa el escribir algo con la redención que los condenados alcanzaban tras el suplicio infligido con la escritura de la norma violada en su cuerpo. Aunque he aquí un detalle que Bartoli pasa por alto: Y es que el sufrimiento que escribir le suscita a Kafka es provocado por un texto propio, producto de un ejercicio autónomo, libre; mientras que en el relato el texto es impuesto y es a partir del flagelo recibido que el condenado termina por aceptar dicho texto. Por supuesto, en medio de tamaña tortura, la muerte termina convirtiéndose en un acto liberador, pero que no podrá repetirse, como sí es posible en el caso de Kafka.
Finalmente hay que decir que el estudio preliminar de Bartoli brinda elementos para considerar a En la colonia penitenciaria como un texto muy de su época, toda vez que auguró horrores, absurdos e injusticias impensables a principios de 1914 y que después se desatarían en dos cruentas guerras mundiales. Al mismo tiempo, el relato entrega al lector elementos para sobrellevar algunos de los horrores de nuestro tiempo. Si no están convencidos, se les invita a descorrer las cortinas de sus ventanas digitales, las que dan a la parte trasera de la torre de marfil y observar cómo el mundo civilizado, racional, sucumbe en diversas geografías a entusiastas “oficiales” que operan máquinas aún más sofisticadas que la imaginada por Kafka con el propósito de torturar y condenar a quienes se les rebelen o propongan formas de justicia más humanas.
Andrés Castellanos Melo



