Pese a sus recurrentes falencias y a su opacidad, las encuestas de “intención de voto” prosperan. Encargadas por los propios candidatos, y celebradas cuando les son favorables, su superioridad se consolida en un contexto en el que los viejos métodos de persuasión y la proximidad física con los votantes pierden vigencia.
“Si las elecciones fueran el próximo domingo, ¿por qué candidato votaría?”. Tal es la pregunta planteada por las encuestas antes de una elección presidencial, legislativa o municipal, aun cuando todos saben que las elecciones a que se refiere la consulta no serán ese domingo. Con varios meses de anticipación, la operación tiene algo de incongruente. Y, sin embargo, tan problemáticas como inciertas, las encuestas prosperan. Según el recuento de la Comisión de Encuestas, en Francia hubo 409 antes de las elecciones presidenciales de 2012, 560 antes de las de 2017 –contando las encuestas relativas a las dos primarias, de izquierda y de derecha– y 467 antes de las de 2022 (1). Las encuestas de opinión representarían menos del 15 por ciento del volumen de negocios de las empresas de sondeo –aquellas sobre las intenciones de voto, aun menos–, pero están al frente de la escena (2).



