Occidente se desploma, se destroza destrozándonos. Todas las grandes ideas humanistas que tuvieron allí su origen se aniquilan, se archivan, se violan, son inútiles, se evaporan ante la escalada de cinismo que fluye por el mundo de los regímenes imperiales. Varios son los acontecimientos que dan cuenta de ello: el genocidio perpetuado por Benjamín Netanyahu y por los sionistas del Estado de Israel sobre Gaza, con apoyo de Estados Unidos, de la Unión Europea, de la Otan, por gobiernos de ultraderecha de América Latina y del mundo, genocidio transmitido a través de medios y redes digitales; las políticas autoritarias de Donald Trump, la inutilidad de la ONU, la Guerra de Ucrania y la rusofobia impuesta e impulsada por Occidente; el aumento del apoyo popular a los neofascismos en varios países del hemisferio Occidental; la proliferación xenófoba, clasista, excluyente, contra los emigrantes; el belicismo guerrerista al por mayor y al detal de estos mismos países; el poder de los ciber-millonarios, nueva élite de empresarios digitales que influyen en las políticas de los gobiernos ultraconservadores; la deshumanización de los “otros” no aceptados, denominados por los acaudalados de “raza blanca” como terroristas, no humanos, subclases, “animales” y amenaza para la humanidad.
Colonialismo y criminalización; destrucción de los Estados en países desobedientes de los preceptos del imperio y, eso sí, libertad para la explotación de los recursos de esos mismos países. Esta destrucción sistemática de los “desobedientes” ha situado a Occidente en una crisis de los principios éticos-políticos propuestos por la modernidad del liberalismo burgués. La modernidad ética se ha ido desmoronando desde hace mucho tiempo; se desploma su edificio ontológico. Lo que se vive hoy por hoy es el resultado de su fractura que se viene dando desde hace más de un siglo. El vaciamiento de conceptos tales como democracia participativa, inclusión, diálogo, derechos humanos, alteridad, respeto y reconocimiento del otro, y con ello la eliminación de lo humanitario y de humanidad, es manifiesta.
Se sabe que la idea de emancipación, junto a las utopías de igualdad y fraternidad, cocinadas y digeridas a finales del siglo XVIII en la filosofía de las Luces y la Revolución Francesa, fueron programas de una modernidad que no sólo estructuró al Estado liberal, sino que, a la vez, impuso regímenes de terror y dictaduras amparadas en dichos principios. Horror y razón; monstruosidad y belleza. Tales eran sus ambigüedades: por una parte, contenía proyectos liberadores, expansivos, renovadores y emancipadores, pero por otra exigía conformidad de todos los ciudadanos hacia el sistema, imponía regímenes de enajenación y explotación, de control y de vigilancia, disciplina y eliminación de los “desviados”, miseria de inmigrantes marginales. Estas ambigüedades se manifiestan, por ejemplo, en la economía, pues con el crecimiento de la diferenciación entre clases y de la división social del trabajo, debido a la especialización del mismo, la modernidad generó roles bastante limitados, excluyentes y autoritarios. Dicha autoridad se derivaba de la racionalidad calculadora instrumental del capitalismo. Algunos teóricos llaman a este proceso modernización, es decir, la apropiación de la naturaleza por el hombre gracias a la ciencia y a la tecnología, diferenciándolo de modernidad, o la apropiación del hombre de su propia naturaleza. Sin embargo, es la primera definición la que más prosperó con un utilitarismo lucrativo y político. Este proceso de racionalización instrumental y sistemática, de mentalidad calculadora, generó una burocracia sin fin y aterradora. Fue un instrumento de superioridad y dominio.
Con estas ideologías se colonizó gran parte no sólo de Europa, sino de las culturas africanas, asiáticas y americanas en una globalización sin precedentes históricos. En otras palabras, una expansión casi esquizofrénica en busca de algo más: más mercancías, más ganancias, más decimales en los valores numéricos. Capacidad para imponer la omnipresencia económica, cultural, tecnológica y fuerza militar. Crecer sin fin. Lo más temible es que actualmente sigue con la misma agenda, pues, sobre estas coordenadas del capitalismo salvaje y depredador neoliberal, se balancea el Occidente expansionista de ultraderecha, bastante amenazante y peligroso, que nos está arrojando al vacío, imponiendo regímenes autoritarios que tratan de pulverizar cualquier intento de cambio.
¿Son proyectos que han entrado en declive no sólo comunicacional, de relación y de interrelaciones vitales, intersubjetivas, sino, éticas, es decir, su capacidad de habitar y comprender la otredad va quedando en un limbo preocupante. La insensibilidad crece y se acrecienta entre una población que está asimilando las lógicas del capitalismo devastador, las cuales permean en las emociones con una estrategia de violencia contagiosa. La insensibilidad de las subjetividades, frente a los dramas de los otros es atroz. Las estrategias mediáticas afectan a la individualización digitalizada, interconectada, a la emocionalidad tecno-digital manipulada y organizada desde los intereses de los que tratan de controlar los lenguajes. El capitalismo mantiene así su potestad comunicacional. A través de ella trata de modificar las memorias, refundar los hechos verídicos, poniéndolos a favor de la ideología nazi-fascista de última hora. Niega las verdades históricas, instaura falsedades con el cinismo del “todo vale”, que les ha caracterizado siempre. La perversión es su marca; el aislamiento indiferente su conquista.
De modo que se propaga la mentira, las pulsiones de violencia entre los mismos subordinados. Son síntomas de ello las tribulaciones del capitalismo con acciones desesperadas, enfermizas, destructivas, tenebrosas, cuidando siempre los privilegios de los grandes capitales. Se explica, entonces, las reacciones de las ultraderechas mundiales para no perecer en este cataclismo que su propio sistema ha ido generando.
En consecuencia, la Otan y las élites europeas, rearmándose y arrodilladas ante los Estados Unidos; la Europa, que elaboró y pensó la ética-estética moderna, arriando esos principios que se consideraban innegociables; algunos gobiernos de Asia, África y Latinoamérica, han quedado en manos de los nuevos Hitler del siglo XXI. Su silencio e indiferencia ante las atrocidades cometidas por el sionismo al pueblo palestino y ante las amenazas de invasión del imperio a Venezuela es la mayor muestra de su complicidad. Los criminales y genocidas se expanden sin control alguno. Los acuerdos, convenios, instituciones, organismos, tratados internacionales, instaurados después de la Segunda Guerra Mundial están siendo destruidos. Ninguno se acepta ni se respeta. Es la derrota del llamado “orden mundial para la paz”. Todo ello ha llegado a su fin, ha concluido con las acciones belicistas. El naufragio de las apuestas y propuestas de la democracia liberal es evidente y contundente. Los hechos lo demuestran. Las utopías de la Vieja Europa se esfuman debido a las lógicas armamentistas, a las violaciones de los derechos humanos y la justificación de los bombardeos y el aniquilamiento de países que se opongan a la imposición de las grandes rentabilidades.
La cultura occidental actual, en manos de un capitalismo belicista, arrasador, se ha vuelto inoperante. Participa en cambio en la destrucción de sus mejores inventos. Es Cronos devorándose a sí mismo.
* Poeta y ensayista colombiano.



