Donald Trump no sabe lo que hace

Al anunciar su renuncia el 17 de marzo, Joe Kent, director del Centro Nacional de Contraterrorismo, afirmó: “Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación. Está claro que iniciamos esta guerra bajo presión de Israel”. Una guerra al servicio de Tel Aviv y con objetivos poco claros para Washington.

Hace treinta y cinco años, Jean Baudrillard publicaba un artículo de título provocador:“La Guerra del Golfo no ha tenido lugar”(1). Para el filósofo francés, la intervención militar de la coalición liderada por Estados Unidos contra Irak en 1991 no fue percibida por la opinión pública como un conflicto verdadero sino como un acontecimiento mediático, un “simulacro” en el cual la realidad –aquella de las atrocidades tangibles– fue absorbida por su mediatización. Baudrillard se refería específicamente a las grandes puestas en escena tecnológicas que reemplazaron la experiencia de la guerra. Hoy, el ataque contra Irán lanzado por Washington y Tel Aviv otorga una nueva envergadura al mismo fenómeno. La muerte se trivializa, e incluso en algunos casos se glorifica (el asesinato del Líder Supremo Ali Khamenei), mientras que Irán es presentado como un gigantesco blanco militar y deja de ser percibido como un territorio que cobija a una población.

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