Las protestas se suceden en Marruecos en estos años, como la de la “GenZ 212”, jóvenes que cuestionan las desigualdades y la corrupción. Sus reivindicaciones se unen a las de los trabajadores agrícolas, que poco se benefician de la bonanza de las exportaciones agrícolas.
“Tomates cherry, tomates en racimo, pimientos, morrones, ajíes”, Touria Jaouhar, de 47 años, nombra las frutas y verduras que cada día embala en redes de un kilo. La escuchamos narrar su vida profesional en los modestos locales de una asociación que organiza salidas culturales para las personas del sector agrícola en Ait Melloul, una ciudad mediana en la periferia sur de Agadir, en la región de Sus-Masa. Ese lunes de noviembre pudo liberarse, porque es su día de descanso semanal. El resto del tiempo trabaja en su máquina, catorce horas por día. Un trabajo agotador. “Tengo que prestar atención cuando estoy en la máquina; a veces me caigo de sueño y corro el riesgo de cortarme un dedo”, dice. La obligación de alquilar una vivienda cerca también es consecuencia de este ritmo, porque el transporte garantizado por la empresa que la emplea no llega hasta el barrio periférico donde se encuentra la pequeña casa que ella comparte con su madre y sus hijos. Por 500 dirhams (55 dólares) por mes, duerme en una habitación minúscula, y sólo se reúne con los suyos en sus días de descanso. “Me pone triste no vivir con mis hijos, pero ahora ya son grandes y siempre viví así. Estoy acostumbrada, es mi madre quien los crio”, comenta.



