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A 200 años de su gesta: Antonio Nariño, filósofo revolucionario

Figura central del movimiento de Independencia en la Nueva Granada, y de su cercano antecedente el levantamiento de Los Comuneros en 1781, no sólo como precursor, sino en labor de rescate de su verdadera dimensión: héroe, libertador y pensador; con la actualización en su segunda edición y 514 páginas, Enrique Santos Molano autor, y Ediciones desde abajo, dan a conocer en todo su tamaño, la huella y trascendencia de Antonio Nariño.

 

El investigador histórico siempre tiene al frente, el interrogante de cómo reconstruir, interpretar o analizar el hecho histórico. Superadas están las épocas del historiador alemán Leopold von Ranke que clamaba por un trabajo de narrar los hechos “tal como sucedieron”. Dicha pretensión ha sido revaluada y sabemos que los eventos de la historia se diluyen y evaden para siempre; y el trabajo del historiador es un trabajo personal, parcial, en muchos casos imperfecto de acuerdo con las herramientas que tenga a su alcance, el método que utilice y el contexto personal del historiador (su formación, su ideología, sus circunstancias personales), que a todas luces es imposible deslindarlo de su trabajo investigativo. Al mismo tiempo, afirma Morrou, “la riqueza del conocimiento histórico es directamente proporcional a la cultura personal del historiador”.

El teórico de la historia Jerzy Topolsky se inclina por una “interpretación muy amplia de los hechos históricos, tan amplia que abarque toda la realidad histórica en su existencia estética y dinámica. De este modo, los hechos históricos equivaldrían a la memoria de la investigación histórica, y tomando la forma de los llamados hechos historiográficos, a un intento de reconstrucción de esa materia. Pero a la vez, dicha materia de la investigación histórica no sería sólo una suma de hechos, como muchas veces se ha asegurado, sino un macrosistema enormemente complejo y complicado de sistemas más pequeños y elementos que cambian sin cesar y se desarrollan en toda su complejidad e innumerables relaciones mutuas, de acuerdo con las leyes de la dialéctica”.

Finalmente, quizás el pensador más agudo y dialéctico sobre la historia de los últimos tiempos es Walter Benjamin. Sus famosas y brevísimas Tesis sobre el concepto de la historia nos permiten adentrarnos en la compleja y difícil tarea del investigador, en especial si es un representante del materialista histórico. Para Benjamin el sujeto del conocimiento histórico es “la clase oprimida misma, cuando combate” y la conciencia de hacer saltar el continuum de la historia es propia de las clases revolucionarias, en el instante de su acción.

En una clara alusión a la pretensión de Ranke, Benjamin aclara: “articular históricamente el pasado no significa conocerlo “tal como verdaderamente fue”. Significa apoderarse de un recuerdo, tal como este relumbra en un instante de peligro”. Y de manera dialéctica evoca al propio Fustel de Coulanges quien “le recomienda al historiador que quiera revivir una época que se quite de la cabeza todo lo que sabe del curso ulterior de la historia”.

Las anteriores consideraciones nos permiten adentrarnos en una obra de dimensiones colosales, como es la biografía escrita por Enrique Santos Molano, publicada inicialmente por Planeta en 1999 y ahora, reeditada por Ediciones desde abajo. Santos Molano, interpreta el sentir de Morrou, Topolsky y Benjamin de una manera fiel y ejemplar, como veremos en las líneas que siguen.

Confieso que no conocía la biografía que nos convoca hoy y no me arredré al recibir el voluminoso tomo seiscientas páginas y al contrario, me sumergí en su lectura, tan pronto concluidos otros compromisos urgentes, no sin algunas prevenciones y temores que quedaron rápidamente disipadas apenas comenzó la lectura. Son muchas las virtudes y pocos los menoscabos de la obra.

Dígase en primer lugar que el propósito de esta biografía de Nariño, es uno e inmenso: reestablecer en su justa posición histórica la figura y el nombre de Antonio Nariño. Y obsérvese que no caigo en el lugar común de llamarlo “el precursor de nuestra independencia”, pues el mismo Santos Molano nos demuestra que Nariño no fue ningún precursor, sino actor principalísimo de los hechos que van desde la revolución de los comuneros de 1782 hasta la muerte misma de Nariño, un poco más de cuarenta años más tarde, en 1823.

Adentrarse en el minucioso estudio realizado por Santos Molano es sumergirse en la vida compleja, fascinante, sufrida, valerosa, luchadora, cuestionada y criticada de Nariño. Hombre de unas virtudes intelectuales que permitían su descollar notorio sobre sus semejantes, y cuyo brillo causaba tanta admiración como envidia, odio y recelo de parte de los múltiples adversarios que cultivó, sin proponérselo, durante su agitada vida. Nariño es mucho más que el primer traductor de Los derechos del hombre, al español. Si bien ese fue el hecho que estampó su lugar en la historia, su contribución a la creación del estado colombiano fue mucho más allá de echar a rodar la bola de fuego con la impresión del famoso escrito, por el que fue juzgado y prontamente encarcelado.

Llama la atención que Nariño pasara más de un tercio de su vida en prisiones, en condiciones infrahumanas en cuanto a higiene, alimentación y dignidad. Y sin embargo, sólo algunas contadas oportunidades en que sucumbió a la depresión, casi siempre mantuvo su valor y su coraje, así como la devoción a su esposa Magdalena Ortega y cuatro hijos. Nariño era revolucionario hasta los tuétanos.

Su ardor por la lucha contra la dominación española subía por su sangre. No era en interés personal. Nariño, era y actuaba dentro del calificar que hoy llamamos un hombre de izquierda, comprometido con los oprimidos, interesado por los desprotegidos. Nariño sabía su condición que no ocultaba. Desde temprano advirtió a sus contemporáneos criollos que se debatían entre si se reconciliaban o no con la corona durante los infaustos años que él mismo bautizó más tarde “la patria boba”, así: “Que no se engañen: somos insurgentes, rebeldes, traidores” advirtió a sus adversarios federalistas.
Su rebeldía costó a Nariño muchos años de prisión. Más de veinte, en distintos momentos de su vida; y a la vez, casi de manera milagrosa, como si toda su vida hubiera estado bajo protección por un manto mágico, salvó su pellejo y escapó una y otra vez de ser fusilado, ahorcado, decapitado por sus enemigos. Nariño no ahorró adversarios de ninguna clase: criollos, españoles, cubanos, franceses e ingleses. Nariño tenía la inusual capacidad de generar las más opuestas pasiones en su alrededor: desde la veneración hasta el odio visceral. Ni siquiera Bolívar y Santander escaparon de ver a Nariño, como alguien a quien era imposible dominar o subyugar. Sí.

Nariño era un revolucionario nato pero igualmente era un pensador, un intelectual, un político y un militar. Quizás la mayor habilidad que poseía Nariño era su pluma, su estilo y su capacidad de persuadir y generar opinión con sus escritos. En esto Nariño era un maestro. Por tal motivo, prácticamente en todos los grandes proyectos de periodismo en el país, estuvo vinculado: Desde el primero de todos El aviso del terremoto, pasando por el Papel Periódico hasta La Bagatela, Nariño dejó su pensamiento, sus argumentos y su ideología en sus páginas.

 

Enrique Santos Molano, historiador del Nariño protagonista

 

Volvemos a Morrou, cuando afirma: “la historia se hace con documentos, lo mismo que el motor de explosión funciona con carburante”. No cabe duda que la principal virtud que tiene Santos Molano como historiador es su manejo de las fuentes históricas. Su biografía de Nariño está construida a partir de fuentes primarias; prácticamente no hace uso de ninguna fuente secundaria. Miremos cuál es la cantera de información del historiador Santos Molano.

En primer lugar, El archivo Nariño, en seis tomos, obra también monumental compilada por Guillermo Hernández de Alba, publicada durante la presidencia de Barco y hoy disponible casi en su totalidad en internet. El archivo Nariño consta de testamentos, partidas de nacimiento, de defunción, inventarios, cartas, peticiones, cédulas reales, solicitudes, constancias, cesiones, avisos, requerimientos, memoriales, oficios, informes, discursos, defensas, instrucciones, respuestas, medidas, memoriales, oficios, certificados, balances, decretos, tratados, boletines, instalaciones… en fin, cientos de documentos de la época que dan fe, de primera voz y original, de los eventos que luego Santos Molano organiza, interpreta, encadena y articula dentro del hilo conductor de la vida de Nariño.

Pero no sólo es El Archivo Nariño la fuente única de documentación del historiador Santos. Son también los archivos del Papel periódico de Santafé de Bogotá, El aviso de Terremoto, La Gaceta, Argos americano, El redactor americano, El Correo Nacional, la Gazeta Ministerial de Cundinamarca y así, son decenas y decenas de fuentes primarias que amenazan e intimidan a cualquier investigador con la vastedad de información. Uno de mis profesores decía: “El trabajo de archivo te vuelve humilde”, afirmación que corroboré cuando me enfrenté en diversas ocasiones al maremágnum de documentos en el Archivo nacional, en la Luis Ángel Arango y en el recinto de la Biblioteca Nacional que nos recibe hoy para esta presentación. La humildad que caracteriza a Santos Molano, tiene origen en gran parte a su trabajo como historiador.

 

El pensamiento revolucionario y social de Nariño

 

Este minucioso trabajo permite resaltar, en segundo lugar, la otra gran virtud de la obra. Precisar, de manera inequívoca el pensamiento revolucionario y social de Nariño. Aquí no hay interpretaciones ni conclusiones entresacadas a la fuerza. El pensamiento de Nariño está expuesto por Santos Molano tal cual es, fruto de las extensas transcripciones de sus cartas, discursos y artículos periodísticos escritos durante todas vida. Que Nariño fue un centralista, todos lo sabemos, que se opuso al federalismo propugnado por Camilo Torres también, pero es aquí donde encontramos los fundamentos y principios que llevaron a Nariño a defender su tesis y es aquí también donde entendemos la grandeza de Nariño.
Si bien Nariño reconocía que el federalismo no era el mejor sistema para la época del nacimiento del estado colombiano (a diferencia de sus adversarios que pretendían calcar el modelo del norte como si se pudiera trasplantar el éxito alcanzado allá a nuestras latitudes), así mismo, asumió que debía ceder y procurar una vía alterna, para no abocar al país a una guerra sin sentido; cuando aún estaba lejos de sacudirse definitivamente el yugo español, y el pacificador Morillo ya alistaba su equipaje para su expedición de sangre y terror. Aquí de nuevo el loor al biógrafo que no permite equivocarnos en cuanto a la auténtica ideología nariñista.

Santos Molano toma partido por la causa de Nariño desde las primeras páginas. Eso es inobjetable. Y bien podría ser esa la principal crítica que alguien esgrima contra el libro. No preocupa esa objeción: siempre hay un referente imparcial, como es el acervo de fuentes primarias que abundan en toda la obra. El lector construye su propia historia de Nariño a la par que Santos Molando despliega la vida del su biografiado página tras página.

Asimismo, la menor de las objeciones podría estar en el uso de coloquialismos en el texto. Pero, entendibles en Enrique al conocerlo un poco. El biógrafo no duda en usar el colombianismo “mamar gallo”, que podría fruncir el ceño de un historiador ortodoxo o de academia, para demostrar, una y otra vez, el refinado humor que tenía Nariño en algunos momentos cruciales, y que no dudaba, en echar mano de esa característica tan nuestra para salir adelante al adversario de turno. Santos Molano le da mayoría de edad al término y la legitimidad para que cualquier otro autor lo use sin sonrojo.

Con este ensayo biográfico, Santos Molano deja una estela a seguir por quien quiera retomar el hilo. Es la relación de Nariño con la masonería. En los momentos más apremiantes de la vida de Nariño, en los momentos más cruciales de su existencia, siempre aparecen, de manera oportuna los masones para auxiliarlo, para solventarlo, para librarlo de males mayores de los que tuvo que vivir. Y a la vez, se sabe muy poco, quizás por la inexistencia o desconocimiento de fuentes que puedan permitir rastrear esta interesantísima relación de Nariño con los masones.

Entre todas las biografías existentes de Antonio Nariño, entre ellas las de Eduardo Posada y Pedro María Ibáñez, El Precursor Documentos sobre la vida pública y privada del general Antonio Nariño. (de 1903); la de Soledad Acosta de Samper, Biografía del general Antonio Nariño, de 1910; la de Raimundo Rivas, El Andante Caballero Don Antonio Nariño, Bogotá: Imprenta de la Luz, de 1936, la de José María Vergara y Vergara, Vida y Escritos del General Antonio Nariño, Bogotá; de 1946, la de Jorge Ricardo Vejarano, Nariño. Su vida, sus infortunios, su talla histórica. Bogotá; de 1978; esta segunda edición de Enrique Santos Molano, no hay duda que se erige como una obra de referencia de primerísimo nivel para consulta y deleite de todos quienes estén interesados en el origen y fragor de nuestro pensamiento. 

* Escritor.

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