Martin Parr fotografió durante décadas a los turistas que todos somos y nadie quiere ser. En la era de Airbnb y los vuelos low cost, la democratización de esta práctica incomoda a las clases sociales que han perdido su exclusividad.
El término se ha convertido rápidamente en un lugar común de la crítica: “sobreturismo”. Alude a todo tipo de problemas y molestias: la degradación del medio ambiente, la proliferación de alojamientos turísticos en detrimento de los residentes, la saturación de los servicios públicos y la transformación de un mundo que se musealiza hasta convertirse en una mercancía más. Es un sector que representó más de 11,6 billones de dólares en 2025, el 10% de la economía mundial (1).
A principios de los años 80, el fotógrafo británico Martin Parr comenzó la serie que titularía Small World: playas abarrotadas, dóciles turistas amontonados detrás de sus guías, la omnipresencia de cincuentones blancos, con la cámara colgada al hombro, obesos y vagamente aturdidos. Todos los clichés del sobreturismo ya estaban allí. Ya no es la atracción turística lo que se fotografía, sino al propio veraneante, que relega a un segundo plano las pirámides de Egipto o la plaza de San Marcos.



