Cuando en la Feria Internacional del Libro de Bogotá le preguntaron a Gustavo Petro sobre la relevancia de Diario de una transición histórica, libro escrito por su homóloga Claudia Sheinbaum, el todavía presidente de Colombia respondió con un argumento histórico: es importante dejar constancia, un “testimonio”, de los retos, éxitos y fracasos que enfrenta su gobierno para que generaciones futuras puedan mitigar sus fracasos y profundizar en sus aciertos. Hoy en día, reflexionaba Petro, los progresismos de todo el mundo toman como ejemplo los programas de los gobiernos de Colombia y México en materia de descarbonización, logros sociales y soberanía cultural, y es también una responsabilidad política no dejar que esos esfuerzos se diluyan en el tiempo.
Más allá de coincidir con las políticas de los gobiernos encabezados por Petro y por Sheinbaum, o siquiera compartir la percepción del mandatario colombiano sobre su protagonismo internacional, quisiera llamar la atención sobre su argumento de índole histórica. A pocos metros del auditorio donde se presentó el presidente colombiano, y unas horas antes, se lanzó al público el libro La Vanguardia del mundo, escrito por el historiador estadounidense James Sanders y traducido en el 2026 por el Fondo de Cultura Económica y la Universidad de los Andes.
Este libro presenta un argumento disruptor: existió una época de la política latinoamericana, entre las décadas de 1850 y 1880, en la que los gobiernos liberales de Colombia y México fueron tenidos como la vanguardia republicana a nivel mundial. En este mismo periodo en Europa los regímenes republicanos habían sido vencidos e imperaban las monarquías antidemocráticas. Estados Unidos había lanzado la guerra imperialista contra México y se desangraba en una guerra civil que ponía de relieve los límites raciales y de clase de su propia ciudadanía. Ni los países europeos ni los Estados Unidos eran modelos políticos para los gobiernos de México y Colombia, que buscaban la ampliación de la participación popular, los canales democráticos y la autodeterminación nacional.
En México, el éxito de la Guerra de Reforma y más decididamente el triunfo militar en contra de la segunda intervención francesa, mostró que el modelo republicano podía vencer en la práctica las ambiciones imperiales de las monarquías, y fue inspiración para revolucionarios liberales a ambos lados del Atlántico, incluso al norte de su frontera. En Colombia, la ampliación de derechos democráticos, como la búsqueda del voto universal masculino y la lucha contra la esclavización y la segregación racial, inspiraron a pensadores como el chileno Francisco Bilbao a considerar al gobierno colombiano como el más vanguardista de la humanidad. Sin desconocer los límites sociales y raciales de esos proyectos republicanos, Sanders demuestra con una revisión de fuentes metódica –e incluso obsesiva– propia del oficio del historiador, la idea de que la modernidad republicana de América Latina representaba la esperanza de un futuro más libre, justo y democrático. Esta concepción no solo circulaba entre las élites letradas, sino también se reflejaba en periódicos, cartas privadas e intervenciones orales en reuniones políticas.
De la misma manera, Sanders demuestra con erudición que los movimientos populares de América Latina no fueron actores pasivos en este proceso, sino que sus constantes reclamos, organización y participación política les dieron un protagonismo en la conformación del Estado y en la democracia republicana de su tiempo pocas veces reconocido. A lo largo del libro, Sanders insiste en que muchas prácticas políticas latinoamericanas del siglo XIX anticiparon, e incluso superaron en sus alcances, debates que buena parte de la teoría crítica del siglo XX presentó como novedades conceptuales.
La excesiva especialización académica hace que los historiadores profesionales como yo seamos patéticamente ignorantes en periodos, espacios y temas que superan las estrictas fronteras de nuestra especialidad. Sin embargo, la lectura de La vanguardia del mundo no compete solo a los especialistas en la historia de México y/o Colombia de mediados del siglo XIX, lo cual lo despojaría de su potencia interpretativa e importancia pública. Al leer sus páginas todo aquel interesado en la historia de América Latina, la democracia y el republicanismo, encontrará un periodo fascinante de nuestro pasado. Pero no solo eso, el libro de Sanders también ayuda a comprender nuestro presente. Como puede interpretarse de las palabras de Petro, los progresismos latinoamericanos contemporáneos parecen recuperar una vieja tradición política: la idea de que América Latina no debe limitarse a imitar modelos europeos o estadounidenses, sino proponer horizontes políticos propios, con pretensiones globales.
Al final de su libro Sanders lanza una advertencia. La modernidad republicana de América Latina perdió su preeminencia política entre 1870 y 1880 en favor de un proyecto conservador, coincidentemente llamado La regeneración, tanto en Colombia como en México y encarnado por Rafael Nuñez y Porfirio Díaz respectivamente. Este proyecto consideró que la democracia y los avances populares eran incómodos obstáculos para el único progreso imaginable: la industrialización desarrollada en Estados Unidos y Europa. América Latina dejó de ser la vanguardia, para ubicarse en la imaginación política como una región rezagada en búsqueda de imitar los modelos económicos foráneos. Pero la mayor derrota de la modernidad republicana de América Latina no fue política sino historiográfica: en la(s) regeneración(es) se escribieron historias nacionales en las que Colombia y México se describieron como países atrasados e ingobernables, muy lejos de las conquistas materiales de otras partes del globo. Solo hasta fechas recientes se ha podido re-evaluar esta producción literaria que narra la historia de nuestra región como un constante fracaso y nos concibe como un apéndice irrelevante de la historia mundial.
Teniendo en cuenta esta reflexión de Sanders, no parece baladí el llamado que hace Gustavo Petro sobre el libro escrito por Claudia Sheinbaum: es importante dejar testimonio de una política que auténticamente se considera vanguardista, antes de que desde otras trincheras escriban señalando exclusivamente sus fracasos. La contienda política contemporánea también es una disputa por quién tendrá el derecho de narrar este presente en el futuro, en forma de historia, y precisamente las y los historiadores no deberíamos pecar de ingenuidad al respecto.
No me parece coincidencia que precisamente este año se hayan traducido dos libros de James Sanders en Colombia. El que inspira esta corta reseña y Republicanos indóciles, re-editado por la Universidad del Cauca, pues ayudan a interpretar el presente de la política colombiana. Como todo buen libro, después de leer La vanguardia del mundo, sus privilegiados lectores, especialmente los latinoamericanos, no podemos concebir nuestro pasado, presente y futuro de la misma manera.
Antonio Jaramillo Arango

