¿Fue Trump el gran elector?

Reconocidos los resultados electorales, surgen nuevas inquietudes sobre el papel de Estados Unidos en el cambio político que registra América Latina.

“Debido a sus tremendos logros en la vida y a su apoyo político hacia mí, personalmente, es para mí un honor dar a Abelardo mi completo y total respaldo”, declaró Trump por medio de su red “social” (Truth Social) con su habitual desfachatez, inmediatamente después de la primera vuelta, declaración recogida por un medio estadounidense (1). Era ya, sin duda, la posición del gobierno, alimentada por una fracción del partido republicano (la representante María Elvira Salazar y el senador B. Moreno, ambos de origen colombiano, especialmente) y muestra de una política intervencionista, asumida explícitamente, con públicos antecedentes en Honduras y Argentina. La confirmación más clara fue, en este caso, la detención arbitraria del periodista colombiano, residente en Miami, Beto Coral, sobre la cual el secretario de Estado, Marco Rubio, explicó en Memorando oficial (citado por New York Times), que el sindicado había interferido en la política exterior estadounidense: “Coral Garrido ha empleado su estancia en Estados Unidos para llevar a cabo actividades políticas en apoyo del gobierno de Petro” y que había hecho campaña en contra de un candidato a la presidencia. Esto quiere decir, obviamente, que la oposición activa a un gobierno de otro país y, lo que es peor, el apoyo a un candidato a la presidencia del mismo, forman parte de la política exterior de Estados Unidos. 

En días pasados, asegurado ya el triunfo, un Trump eufórico repetiría en varios medios de comunicación: “El estaba muy abajo en la lista, no iba a ganar, no tenía posibilidad, lo apoyé y ganó”. Como se sabe, su ególatra versión de los hechos, para consumo interno de los ciudadanos estadounidenses, no es correcta, pero sí refleja su decisión. Por su parte, De la Espriella agradeció a Trump su “apoyo decidido” y prometió fortalecer las relaciones entre Estados Unidos y Colombia “como nunca antes”. 

Queda claro, entonces, que existe una política de injerencia en los asuntos internos de otros países cuya particularidad en la era de Trump consiste en que es exhibida y proclamada como un derecho, sin ningún escrúpulo, por encima de numerosas normas de carácter internacional. La posibilidad de su interferencia en nuestras elecciones presidenciales, en consecuencia, no admite duda. En principio, cuenta con dos poderosos instrumentos: dinero para la campaña, incluyendo compra de votos, y manejo de los medios de comunicación con el objetivo de construir imágenes atractivas y consolidar afirmaciones, en su mayoría falaces. Generalmente para evitar el ascenso de fuerzas “hostiles”. Los interrogantes son, pues, otros. El primero, ¿Hasta dónde? Por ejemplo, el fraude del que ha hablado el propio presidente Petro. El segundo, tal vez el más importante: ¿Para qué? Más allá de la trivial constatación de que para los Estados Unidos siempre será mejor tener gobiernos obedientes en su patio trasero.

Laberínticos antecedentes

La violenta agresión militar a Venezuela y el cinematográfico secuestro de su presidente, justo al comenzar el presente año, fue la ocasión que propició el estallido de las confrontaciones entre los dos gobiernos. Las relaciones ya se habían deteriorado el año anterior a propósito de los bombardeos a pequeñas embarcaciones en el Caribe que Petro condenó sin vacilación; en septiembre se había revocado la “certificación” de Colombia en la guerra contra las drogas, pero en esa coyuntura se dio un nuevo paso cuando el Departamento del Tesoro incluyó a Gustavo Petro en la llamada “lista Clinton” como sospechoso de relaciones con el narcotráfico. La confrontación tuvo, sin embargo, un desenlace de conciliación con una celebrada charla telefónica el 7 de enero, y posteriormente con el publicitado encuentro de los dos presidentes en la Casa Blanca. La verdad es que para Trump no podía ser un secreto que Petro, ni antes ni ahora, ha tenido que ver con el narcotráfico y, sobre todo que en su gobierno la tradicional colaboración con EEUU, en ésta y otras materias, había continuado y nunca se había interrumpido en estos tres años y medio.

Los resultados de la mencionada conversación directa no se han hecho públicos. Trump los ha limitado al tema del narcotráfico y disfruta repitiendo que apreció mucho que Gustavo Petro estuviera dispuesto a “dar explicaciones”; éste, por su parte, confirma que, efectivamente, en esa materia –la principal– se había acordado fortalecer la cooperación. Con una visible implicación: la reforzada actividad militar en la frontera con Venezuela, especialmente en contra del Eln. 

No obstante, en el curso de la campaña electoral acusó a Trump de traicionar su promesa de no intervenir en ésta. No parece verosímil que hubiera tal promesa, aunque sí pudo dar a entender que no forzosamente buscaba un resultado en particular, sino que el sucesor mantuviera las relaciones de “cooperación”. De hecho, es un criterio que aparece en el documento oficial de la Casa Blanca sobre la Estrategia de Seguridad Nacional: “Recompensaremos y alentaremos a los gobiernos, partidos políticos y movimientos de la región que se alineen ampliamente con nuestros principios y estrategia. Sin embargo, no debemos ignorar a los gobiernos con perspectivas diferentes, con quienes, no obstante, compartimos intereses y que desean colaborar con nosotros” (2). Es probable, pues, que no encontrara inconveniente en un político como Roy Barreras o en un personaje como Daniel Quintero. La astucia de tal “indulgencia” estaba en que la aprobación no dependía de ningún factor objetivo sino enteramente de su juicio. Y sucedió que el candidato (de la corriente de Petro) con las mayores probabilidades de triunfo no parecía ofrecerle garantías. 

En efecto, el 5 de enero, a propósito de las amenazas que en medio de su exaltación guerrerista acababa de hacer Trump, Iván Cepeda había expresado su repudio, de manera escueta pero categórica, a través de las redes sociales: “Se equivoca si cree que con calumnias, insultos o amenazas logrará intimidarlo (al pueblo colombiano), o influir en las elecciones de este año en Colombia”. Y añadió: “No nos sometemos servilmente a ninguna clase de supremacismo imperial y autoritario”. Pocas palabras, pero oportunas, apropiadas y contundentes. El día anterior había expresado, en una entrevista, su rechazo a la agresión contra Venezuela y el secuestro de Maduro. En pocas palabras, una notificación inequívoca acerca de lo que sería la posición de su gobierno frente al imperialismo.

Las elecciones

Para algunas personas del entorno del presidente Petro, y para él mismo, Trump ha estado mal informado y azuzado por grupos de colombianos, esos sí relacionados con el narcotráfico. Es cierto, nuestra parroquial derecha quiso aprovechar su relación servil con la mafia “cubano-americana” que hoy, en los EEUU, pretende orientar la política hacia América Latina y el Caribe. ¿Y qué se apresuró a ofrecerle? Como se sabe, para esta mafia, por ejemplo, uno de los objetivos al golpear Venezuela, era someter a Cuba, eliminando su principal sostén, aunque es evidente, como lo reconoció el propio gobierno estadounidense, que el principal objetivo era el petróleo. En todo caso, en el aislamiento de Cuba una probable contribución de Colombia no sería decisiva. La “oferta” tendría que estar alineada con los propósitos generales de Trump y del conjunto de los republicanos (el Maga), y para su estrategia –Identidades doctrinales aparte– hay unos objetivos pragmáticos y realistas muy precisos, centrados en el propósito de consolidar la preeminencia de los Estados Unidos en lo que llaman el “hemisferio occidental” (3). No hay pues una “intriga” en el trasfondo, y seguramente fue con este enfoque que decidieron intervenir en las elecciones colombianas, teniendo en cuenta, por supuesto, las particularidades de la competencia interpartidista en la cual la obsecuencia de De la Espriella y sus dotes histriónicas podían ser factores favorables, pero no los únicos (4).

A esta altura, prácticamente la totalidad de América Latina, con la notable salvedad de México y Brasil, está en manos de la que llamamos derecha. Pero no se trata de un único patrón. La diversidad combina factores internos y externos. Téngase en cuenta que el imperialismo norteamericano ha preferido siempre apoyarse en fuerzas socioeconómicas y políticas internas. Hay una singularidad en el proceso electoral colombiano. Así: en muchos de los países fueron varios los partidos, incluso dentro de la derecha, que llegaron con posibilidades plausibles a disputar el triunfo. En Honduras, por ejemplo, donde la injerencia fue clara, Trump ciertamente apoyó el candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, considerado la “ultra derecha”, y concentró sus ataques en Rixi Moncada la candidata de Libre, heredera de la presidenta en ejercicio Xiomara Castro a quienes acusó de “comunistas”, acusación a todas luces una impostura. Sin embargo, Moncada no tenía ninguna posibilidad de ganar; si acaso, alcanzó a reunir el 20%. El que disputaba el triunfo, muy de cerca, era el candidato del tradicional partido liberal, Salvador Nasrala, quien, habiendo compartido gobierno con Xiomara, de todas maneras, era considerado de derecha (moderada). No estaba, pues, en juego, una amenaza de “izquierda”.

Como se sabe, ganó Asfura, entre otras cosas muy cercano al expresidente Juan Hernández, condenado en Estados Unidos como gran capo del narcotráfico e indultado un año después por Trump. Este detalle demuestra que la identidad ideológica era lo de menos (seguramente se adelantaba una iniciativa política específica desde este país) y que, fuera del cometido simbólico (como pretexto), no es crucial para el gobierno de los Estados Unidos la guerra contra el narcotráfico (5).

En Chile sucedió algo parecido. Tampoco la candidata Jara, heredera del perfil político, supuestamente de izquierda, de Boric el presidente en ejercicio, representaba un “peligro” pues quedó por debajo del 30% en la primera vuelta. La derecha, fragmentada (pero en conjunto con más del 50%), seleccionó a Kast, por encima de Kaiser representante de la “ultraderecha” y de Evelyn Matthei, de la tradicional derecha y en la corriente de Piñera. En el balotaje, obviamente se impuso Kast a quien nadie se atrevería a calificar de derecha “moderada”. Esta experiencia es una gran oportunidad para asomarse a la complejidad que representa eso que llamamos “derecha”, para no mencionar el envejecido vocablo “izquierda”, y atreverse a indagar en los movimientos y fuerzas que se agitan en el mundo popular. En este país, es claro que, más allá de una posible injerencia de Estados Unidos, los resultados tienen que explicarse por la dinámica interna.

La singularidad colombiana consiste entonces en que aquí, desde la primera vuelta, se perfilaron los dos candidatos con posibilidades ciertas de ganar. Se intentó también jugar a dos opciones de derecha, de suerte que una de ellas resultara moderada, en posibilidad de captar los votos del llamado “centro”, teniendo en cuenta la popularidad indiscutible del candidato del Pacto Histórico, llamado de izquierda (aunque no tiene nada de extremo y mucho menos de “comunista”). Pero la derecha no tuvo necesidad de este artilugio. Los autodenominados del “centro” tuvieron sus propios candidatos y se hundieron en la primera vuelta, al igual que la derecha “moderada”; la propia dinámica de la campaña obligaba a una definición. En verdad, sí había una masa no menospreciable de personas que aspiraban a una opción “no Petrista” (para definirla en términos simples); el miedo a la inseguridad comenzaba a ganar la partida a la idea del cambio. Así las cosas, en una competencia reñida, cualquier intervención externa podía inclinar la balanza.

Los intereses y las prioridades

Como se dijo, la intervención del gobierno de los Estados Unidos, y en general del establecimiento Republicano, parece no tener discusión. El monumental despliegue de recursos comunicacionales y publicitarios, de movilización y seguramente de clientelismo y compra de votos, del candidato De la Espriella tiende a confirmarlo. No obstante, sigue pendiente la comprobación de la denuncia del propio presidente Petro acerca del fraude digital de “última generación” (en el que habría participación de los servicios de inteligencia del gobierno israelí, expertos en estas tecnologías), que se sumaría al elemental, realizado en los escrutinios fuera del país, especialmente en los Estados Unidos, también denunciado (6). En todo caso, es claro que no resulta difícil manipular (desplazar, crear…) alrededor de 250.000 votos que fue la diferencia. El hecho es que ganó el candidato de Trump. Pero ese detalle, la exigua diferencia, revela, a la vez, otro hecho que es fundamental: el país se nos presenta dividido en dos mitades políticas de signos opuestos. Es un problema para el futuro del proyecto político del Pacto Histórico, pero también para la gobernabilidad en términos inmediatos. ¿Cómo va a lograr Estados Unidos la materialización de sus intereses que era en últimas el propósito buscado?

Marco Rubio expresó sus felicitaciones al ganador la misma noche del domingo de las elecciones. Y aprovechó para recordar las tres prioridades del compromiso contraído por el candidato: cooperación en seguridad regional, control de la migración hacia los Estados Unidos y fortalecimiento de los lazos económicos bilaterales (7).El mensaje está en términos genéricos, pero es fácilmente comprensible. El problema va a estar en las formas de materializarlo. Esto nos lleva a la necesidad de precisar los intereses de los Estados Unidos, que no directamente se refieren a las promesas de De la Espriella en la campaña electoral, en relación con la pretendida “reconstrucción de la patria” –especialmente la seguridad y la reducción del Estado– aunque coincidan en el discurso. Son promesas que atienden más que todo exigencias y compromisos internos. 

No hay aquí reservas de petróleo medianamente significativas y, por lo pronto ningún otro recurso natural atractivo y en disputa con otras grandes potencias. Desde luego no sobra aprovechar lo que hay y sobre todo bloquear el acceso de otras potencias. En cambio, Colombia sí es un gran productor y proveedor de cocaína. Como se dijo, a Trump esto último le importa más que todo en términos de pretexto y en ese sentido lo ubica en el contexto de los imperativos geopolíticos. Por lo pronto le impone al nuevo gobierno una tarea inmediata: la fumigación de los cultivos y la represión sobre los campesinos, indígenas y afro colombianos. Sucede lo mismo con la exigencia perentoria de control a las migraciones, tanto las colombianas como las de paso (Darién). Por otro lado, Colombia, a diferencia de la mayoría de los países de Suramérica, no tiene importantes relaciones, comerciales, financieras o políticas, con la República Popular China. 

En suma, Colombia tiene un significado estratégico, principalmente por su posición geográfica. Tal es su importancia en la guerra contra el narcotráfico cuyas rutas ya se reparten por igual en el Caribe y el Pacífico y en esa medida se superponen a los posibles accesos de China al continente, resaltando la urgencia de consolidar en ellas el estricto control militar de los Estados Unidos. Por otra parte, en este empeño de privatización de las empresas y servicios estatales, así como en la construcción de infraestructura, se exige la apertura de privilegiadas oportunidades de negocios para las empresas estadounidenses. Quizá se podría decir, para terminar, que es un importante punto de apoyo en la nueva política Monroe (Donroe, dice Trump). En el proceso de fidelización que viene avanzando en el continente, es un país clave para completar la subregión Andina que es la puerta del Pacífico y a la vez la de Centroamérica hacia el Caribe.

En cierta forma Trump va ganando. Entre los planes inmediatos tiene que estar Brasil dado que México está, en los hechos, sometido por múltiples lazos comerciales y financieros. No podría encontrarse mejor representación de lo que se ha conocido como el Imperialismo. Sin duda, igual que antes, van a multiplicarse las resistencias, lo cual obliga a plantearse las alternativas. La tentación es entenderlo como un agente externo, equivocación que lleva a una simplificación política: se trata de defender la “soberanía nacional”. Se reeditará así la discusión que nació en los años veinte del siglo pasado y se prolongó hasta los setenta. En busca siempre del “eslabón perdido”: ¡las burguesías nacionalistas!

1. New York Times, en español, 3 de junio de 2026. Por Annie Correal, corresponsal en Bogotá. https://www.nytimes.com/es/ 
2. National Security Strategy of the United States of America, Washington, November 2025, p. 16. 
3. Ver “National….” Ibídem.
4. Obsérvese que, contrariamente a lo que suponían la mayoría de los comentaristas, en Venezuela desecharon a Corina Machado, quien llegó hasta ofrecerle a Trump su premio Nobel, y prefirieron mantener en su puesto lo esencial de la cúpula civil y militar encabezada por Delcy Rodríguez. 
5. Es evidente que Centroamérica reviste una importancia estratégica, principalmente por la conexión interoceánica que debe mantenerse fuera del alcance de potencias como China. Ya la mayoría de los países se encontraban asegurados por los Estados Unidos (incluida, al parecer, Nicaragua). Hay sin embargo un factor ideológico político adicional: una corriente internacional de derecha militante que el gobierno de Trump estimula, pero conminándola, a la vez, a basarse en sus propios esfuerzos. Ha circulado un audio (difundido también por el presidente Petro) en el que Juan Hernández afirma que, con el apoyo económico de Milei, están desarrollando una iniciativa político militar, incluyendo fraudes electorales, para derrocar e imponer gobiernos en países como México y Colombia. 
6. Ver: Schwarb, Gabriel, Cómo la compra de sufragios, los formularios alterados y la indiferencia imperial vaciaron de sentido las elecciones presidenciales colombianas Acid Report, 23 de junio de 2026 https://acidreport.ch/como-la-compra-de-sufragios-los-formularios-alterados-y-la-indiferencia-imperial-vaciaron-de-sentido-las-elecciones-presidenciales-colombianas/ 
7. Citado en Schwarb…, Ibídem.
* Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.
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Información adicional

Elecciones presidenciales en Colombia
Autor/a: Héctor-León Moncayo S.
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº265, julio 2026