Los vientos que cruzan al país desde semanas atrás, potenciados con válvulas autoritarias que recuerdan la nefasta “mano firme y corazón grande”, controladas desde las casas de gobierno ‘cachaca’ y ‘costeña’, no impulsan ni dispensan sorpresas, aunque sí aires mortecinos que desde meses atrás irritan el olfato de la sociedad colombiana. Son turbulencias que pegan con fuerza sobre lo construido por quien le antecedió en la Presidencia, vientos en los que se extrañan las dulzuras producidas por los sueños de reconciliación que impulsan tantas y tan diversas comunidades. De ellos se respira, como cuento de horror con asiento en el desierto más desolado del mundo, la desesperanza reinante en gran parte del país por la prometida, por el actual mandatario nacional, erradicación de la violencia armada.


