Nacido en la pobreza en Brooklyn, Henry Miller no alcanzó la fama hasta sus cuarenta años. Amado y odiado por los mismos motivos, su obscenidad, su no compromiso político, su misoginia, tuvo un trabajo de oficina que le confirmó que prefería morir por excesos antes que de aburrimiento. ¿Es por puritanismo que hoy casi nadie lo lee?
De Brooklyn a Big Sur, de Montparnasse a Corfú, Henry Miller, un aventurero de sí mismo, construyó una obra explosiva, odiada y adorada. Se le amó y se le reprochó todo: su falta de compromiso, su obscenidad, su holgazanería. Se lo ha tildado de falócrata, misógino, reaccionario, racista, antisemita –a veces con razón–. Miller, provocador nato, insoportable para los censores estadounidenses de la década de 1930, egocéntrico y libre, fue venerado tres décadas más tarde por sus lectoras y lectores con collares de flores y pechos desnudos. Hoy ya casi nadie lo lee. ¿Un nuevo puritanismo? ¿Quedó reducido implícitamente al escándalo, al sexismo, a la pornografía? ¿Pasó de moda su increíble ímpetu vital, su amor místico por la vida no reglada, su genio que incomoda?
Henry Valentine Miller, un pibe de Brooklyn, nació allí el 26 de diciembre de 1891, de padres de origen alemán y luteranos. ¿Cómo imaginar que el niño que corre por las calles con Stanley o Alfie revolucionaría todo un campo de la literatura, inventando, antes de tiempo, la autoficción? ¿Dónde está la respuesta? ¿En los libros? ¿En la vida? Si, como él dice, “la autobiografía no es más que pura novela” (1), la suya, que inventa y enmascara al escribirla, es impactante. ¿Es todo cierto? Ese no es el tema. La escritura lo transfigura todo. Los amigos, el sexo, la miseria, la alegría. Incluso el “yo” que está en el centro, espectador y héroe de este mundo que el escritor Miller recrea como un cuadro de Otto Dix, pero siempre con esa determinación absoluta que Vincent van Gogh expresó con crudeza: “Prefiero morir de pasión que de aburrimiento” (2).


