Una atleta australiana sufre una incontinencia fecal durante un evento de fitness de talla mundial y decide continuar. Ningún juez la detiene. ¿Qué sucede cuando los intereses de una sola persona pesan más que la salud de sus competidores, las normas de convivencia y hasta el sentido del juego limpio? Tal vez esta escena, justamente por lo escatológica, sea una metáfora bastante precisa de un mundo en el que unos pocos deciden lo que las mayorías deben soportar.
Observo con cierto nihilismo lo que sucede en el mundo. Cuesta mantener la esperanza cuando hay tantos ejemplos claros de absoluta torpeza: el presidente Javier Milei intentando argumentar que Dios inventó el capitalismo y que prueba de ello son los diez mandamientos; las respuestas que dan los fanáticos de Trump en los mítines republicanos (entre las más hilarantes, el hombre que asegura que mueren más personas por espectáculos drag que por armas de fuego, o el que afirma que se debería aplicar la pena de muerte a quienes abortan, sin darse cuenta de que su consigna es tan provida como promuerte); ni qué decir de los influenciadores sionistas que pretenden convencer a sus audiencias de que el mayor problema que enfrenta la Franja de Gaza en este momento no es el genocidio, sino la obesidad, porque reciben tanta comida de las flotillas humanitarias que los pobres desgraciados ya no caminan, sino que ruedan; o los grupos neonazis latinoamericanos, repletos de personajes con bellos rasgos aindiados que defienden el privilegio blanco, casi tan desubicados como los terraplanistas, quienes insisten en desconfiar de la ciencia, es decir, de la evidencia. Son tantas las teorías conspirativas y las creencias delirantes que hoy se propagan a una velocidad inédita gracias a los algoritmos de las redes sociales, que resulta difícil elegir sobre qué escribir ante un catálogo tan abundante de idiotez.


