Las islas del Pacífico no predicen las catástrofes del cambio climático: las padecen. Frente a la inacción de sus principales responsables, y recuperando la perspectiva ambientalista de las luchas anticolonialistas, estos países han llevado el mayor problema del mundo ante la más alta instancia judicial: la Corte Internacional de Justicia (CIJ).
“Si salvamos el Pacífico, salvaremos el mundo”, declaró António Guterres en Tonga, el 25 de agosto de 2024. Al señalar a los archipiélagos oceánicos como centinelas del desastre que se avecina, las palabras del Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ante el Foro de las Islas del Pacífico adquieren un tono profético. Pero también sugieren que la salvación vendrá de los poderosos, en particular de las potencias industriales; como si los habitantes del Océano Pacífico, que siempre estuvieron bajo el yugo de los imperios francés, británico o estadounidense, siguieran condenados al papel de víctimas. Sin embargo, hace ya mucho tiempo que los isleños dejaron de vivir a la espera de una toma de conciencia internacional. El Pacífico se ha convertido en un laboratorio donde se imaginan nuevas formas de concebir y ejercer la justicia climática.


