El cierre de la frontera en 1994 entre Argelia y Marruecos ha generado daños económicos en ambos países. Más allá de los motivos que podrían explicar un bloqueo antinatural entre dos pueblos cercanos en lo religioso, lo cultural y lo lingüístico, se ha disparado una carrera armamentística que no se sabe hasta dónde escalará.
¡Las vías del ferrocarril siguen existiendo! Medio cubiertas de tierra, a menudo ocultas detrás de matorrales con espinas. Hace treinta años que no circula ningún tren. Las flanquea un sendero descuidado, en el que nos adentramos gracias a nuestra moto todoterreno. La llanura está vacía, dejamos atrás la última granja y ya no hay ningún pastor que lleve a pastar sus ovejas. A unos cien metros, una gruesa alambrada coronada con alambre de púas corta el horizonte. ¡Es la frontera! El-Djazaïr, Argelia, está del otro lado. Detrás de la alambrada, se abre un amplio foso que refuerza el aspecto amenazante del conjunto. De repente, emerge un hombre uniformado de detrás de un terraplén. “¿Qué están haciendo acá? ¡Está prohibido!”. Con nuestro traje de motociclistas, nos hacemos pasar por turistas perdidos y finalmente damos media vuelta, dejando que las vías sigan su camino en dirección a Maghnia (una ciudad argelina, diez kilómetros más adelante) y luego hacia Orán.


