Consejos estoicos para afrontar con serenidad lo que parece la entrada a un túnel largo y oscuro.
Los estoicos, tan de moda por estos días, nos enseñan que hay cosas sobre las cuales tenemos control y cosas sobre las que no. Aprender a aceptar esta condición de la existencia es el secreto para una vida buena y feliz, sin sufrimientos innecesarios. Eso dicen Séneca, Epicteto y Marco Aurelio. Esta teoría es difícil de rebatir. Más difícil aún ponerla en práctica a diario.
Si aplicamos lo que proponen los estoicos para el momento que enfrentamos en Colombia, tras las elecciones presidenciales de segunda vuelta, tal vez podamos entender por qué ganó Abelardo de la Espriella y por qué perdió Iván Cepeda. Y, sobre todo, quienes votamos por el candidato del Pacto Histórico quizás podamos sobreponernos con mayor rapidez a esta tremenda sensación de impotencia, miedo, frustración y tristeza.
A la luz de los principios estoicos –que nos invitan a la auto-observación para cultivar un carácter virtuoso, es decir, sabio, justo, valiente y moderado– podemos analizar con detenimiento lo que estuvo en nuestro control y lo que no durante estas elecciones; una contienda en la que resultó complicado comprender los juicios, pasiones y acciones de los contrarios.
¿Qué estaba en control de los candidatos en estas elecciones? El desarrollo de sus campañas, por supuesto. Iván Cepeda recorrió el país dando discursos leídos en plaza pública, siempre multitudinarias, pero la estrategia de comunicación (especialmente en la primera vuelta) se sintió dispersa, desenfocada, sin un lema claro y con un diseño plano; no reflejaba la lucha por los 23 millones de pobres que existen en Colombia, por los vulnerables, por las víctimas de la violencia, y los que quieren vivir de manera pacífica y digna. La de Cepeda fue una campaña aburrida, acartonada, antigua, que no generaba emoción ni recordación. Le faltó visibilidad, fuerza e impacto. Cepeda hubiera podido fortalecer su equipo, estaba dentro de las cosas que controlaba (¿o no?) pero no lo hizo.
A pesar de que en su vida pública lo conocimos como congresista, víctima que defendía los derechos humanos de las víctimas de la violencia, facilitador en las conversaciones de paz en La Habana, docente y filósofo de profesión, nada de esto quedó claro en el imaginario de muchos votantes. En cambio, quedó acaparada la atención por una mentira infame: difundieron en redes que era un guerrillero, al igual que su padre asesinado, y que lo demostraba el hecho de que un frente urbano de las Farc se había autodenominado Manuel Cepeda Vargas en su honor. Decir esto es tan mentiroso y malintencionado como decir que Jorge Eliécer Gaitán era paramilitar y que la manera de probarlo es que en su honor se autodenominaron las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, también conocidas como Clan del Golfo. Este tipo de engaños inundó las redes sociales, y la campaña de la extrema derecha empezó a referirse a Iván Cepeda como un enemigo de la patria.
Mientras la campaña de Iván no comunicaba con fuerza ni desmentía con vehemencia este tipo de falacias aclarando que su padre fue asesinado por el exjefe paramilitar Carlos Castaño, con la participación y aquiescencia de miembros del aparato de inteligencia estatal, Abelardo de la Espriella, candidato del partido Defensores por la Patria, hacía un despliegue basado en un show de luces y coreografías, donde él, desde una cabina blindada, animaba a la audiencia con frases en las que sus votantes, muchos de ellos personas mayores de 50 años, oían lo que querían oír: traer a Dios a las escuelas (inconstitucional pues somos un país laico que defiende la libertad de cultos), volver a la familia tradicional, garantizar la seguridad y “defender la democracia por la razón o por la fuerza”. Se autodenominó como “el Tigre” (copiando a Milei en Argentina cuando se asumió como “el León”), y usó un lenguaje asociado al felino: habló de “destripar a la izquierda”; se refirió a sus seguidores como “manada”; advirtió a los criminales que no se sometan a la justicia “lo duro que muerde el tigre”; y se apoderó en pleno mundial de la camisera de la Selección Colombia. Mezcló el nacionalismo que produce el fútbol con la sensación de autoridad que genera el saludo militar, cerrando con el slogan Firmes por la Patria. La audiencia replicaba el gesto con fervor y furia.
Nos guste o no, De la Espriella estaba en control de una campaña bravucona pero sólida. Y nos guste o no, Cepeda perdió el control de la suya, tal vez porque al interior pecaron de soberbia, creyeron que podían ganar en primera vuelta, demonizaron la ayuda que mucha gente capaz ofreció y subestimaron a su adversario hasta el último minuto. Faltando 10 días para la segunda vuelta, la campaña que no hizo el grupo estratégico del candidato del Pacto Histórico la terminamos haciendo sus seguidores. Y logramos mucho, pero no hicimos el milagro.
El milagro, “la patria milagro” de la que habla De la Espriella, la consiguió la extrema derecha. Y el fracaso duele, pero sobre todo preocupa. Sobre “la horrible noche” que muchos anticipan, no tenemos control. Ni siquiera desde el Congreso, donde el Pacto Histórico tiene una bancada numerosa, pero no necesariamente suficiente.
Iván Cepeda tenía en su control anticiparse al peor escenario posible y tener preparado un plan B para la segunda vuelta. Pero, a pesar de ser practicante del estoicismo no lo hizo, olvidó el premeditatio malorum que recomiendan sus filósofos de cabecera. Y ahora solo podemos esperar que el milagro no derive en maldición.
¿Qué estaba en nuestro control como votantes en estas elecciones? Como votantes, de una ideología o de la contraria, solo estaba en nuestro control oír a los candidatos, contrastar sus trayectorias y personalidades, leer sus propuestas y acudir a las urnas. Nada más. Es claro que no todos leyeron las dos propuestas, pero lo cierto es que en segunda vuelta 26 millones de colombianos se acercaron a ejercer su derecho al voto. Esto es inédito, aunque los de extrema derecha hablan del voto fusil por parte de la guerrilla, y los de izquierda aseguran que también hubo este tipo de presión por parte de grupos paramilitares, así como otras modalidades para engañar al votante y alterar las actas de votación. Me pregunto cuántos votos adicionales tendríamos si los candidatos hubieran debatido en segunda vuelta, actividad democrática por excelencia que le permite a la ciudadanía observar el carácter de los aspirantes a la presidencia, su conocimiento del país y sus problemáticas, y el nivel de argumentación de cada uno.
Primera lección de estoicismo: hacer la oración de la serenidad que repiten en cada sesión los alcohólicos anónimos invocando a su Ser Superior, cualquiera que este sea: “concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia”. Por mucho que quienes votamos por Cepeda queramos un resultado diferente, el 49,7 % votó por Abelardo de la Espriella y el 48,6 % por nuestro candidato. Duele, inquieta, asusta, prende alarmas, pero es así. Es inmodificable como la muerte y tenemos que aceptarlo con serenidad.
Me referí a la lectura de los programas así como al acto de votar, así que ahora me dedicaré a los otros dos aspectos que estaban en nuestro control: oír a los candidatos y contrastar sus trayectorias y personalidades.
Para oír es preciso tener una verdadera disposición para la escucha y, por supuesto, encontrar en el otro a un interlocutor legítimo y respetuoso. Y aquí encontramos el primer asunto que no depende de nosotros como partidarios de Iván Cepeda: las amenazas y los insultos de un candidato como Abelardo de la Espriella son algo que estaba (y siempre estará) fuera de nuestro control. Solo él puede, si lo desea, moderar su carácter y reconocer sus falencias para que sus pasiones no lo desborden y lo lleven a afirmar que “destripará a la izquierda”, como lo hizo en campaña.
Ahora, cuando ha sido elegido, De la Espriella decidió explicar que se refería a la cuarta acepción del verbo destripar (anticipar un final), asegurando que su intención no era ofender a nadie y que si así lo había hecho, retiraba sus palabras y pedía disculpas. Moderó su discurso, porque él lo controla o tal vez porque alguien más virtuoso le hizo entender lo desafortunado que resultó el uso de esa palabra en un país donde los violentos destriparon, en su primera acepción, a miles de personas. Tal vez por eso, a pesar de sus explicaciones y disculpas, el 48 % del país que votó por Iván Cepeda no esté dispuesto a creerle. Y eso es algo sobre lo cual el presidente electo no tiene ni tendrá control alguno.
De la Espriella no tiene control sobre lo que muchos seguimos pensando y temiendo, así como no tiene control (tal vez porque no lo calculó o precisamente porque lo hizo) sobre lo que sus palabras generaron: un pensamiento en bloque que legitima la violencia por parte de sus votantes. Él controla su discurso de “destripamiento” en su cuarta acepción, pero muchos de sus seguidores lo entendieron como las primeras tres: eviscerar, vaciar y aplastar. Y así es como vemos al concejal Andrés ‘El Guri’ Rodriguez, de Medellín, aconsejándole al nuevo presidente bombardear y reprimir las zonas en las que los porcentajes de votación por Iván Cepeda superaron el 80%, “porque ahí están los bandidos”. Asimismo, escuchamos audios como el de Álvaro Medina Villarreal, quien se desempeñó como coordinador de la campaña de De la Espriella en el departamento del Huila, hablando de “destripar”, “dar de baja” y “sacarle los ojos” a todos los opositores de su proyecto político. No sé a qué acepción se referirá cuando habla de “sacarle los ojos” a alguien, pero no parece decirlo en sentido figurado.
En un país como el nuestro, frases como las de estos señores nos hacen recordar cuando los sacerdotes decían desde el púlpito que matar liberales no era pecado. Incitar al odio y a la violencia es inadmisible. Y por eso resultan igualmente cuestionables las frases del exsenador Gustavo Bolívar y Carlos Carrillo, del Pacto Histórico, que ante la posibilidad de perder en las urnas anticipaban que el país se incendiaría. Todo mal. Y todo fuera de nuestro control.
Un estoico diría que estas intimidaciones cargadas de violencia son cosas externas que no deberían dañar nuestra alma ni nuestra integridad moral. Afirmaría que la iniciativa de odio del oponente revela más sobre el talante y el sentido de la ética de quien las profiere, mientras que el estoico permanece intocado. Lo cierto es que resulta incontrolable la manera de pensar y actuar de los demás. Lo que sí depende de nosotros, si decidimos vivir como estoicos, es mantener la ecuanimidad en vez de caer en la provocación y el miedo.
Tal vez el miedo es, justamente, una de las emociones más difíciles de controlar, especialmente en un contexto como el colombiano, en el que hemos visto los alcances de la maldad y la codicia. Somos muchos los que sentimos temor de lo que pueda suceder con una mayor escalada de la violencia. Por supuesto que firmar la paz no nos condujo a una frenada en seco del conflicto armado. Quienes creemos en la paz comprendemos que no es el ideal que las Farc se hayan atomizado, pero sabemos por las experiencias de otros países que se requiere de un tiempo prudencial para devolver la confianza en las instituciones, crear como sociedad las condiciones para la reinserción y ocuparnos de las víctimas con la mayor empatía, verdad, justicia y compromiso de no repetición.
No estaba en control de ninguno de los firmantes de paz que algunos grupos decidieran retomar las armas. No depende de la voluntad de unos pocos que se interpongan a la paz los intereses geopolíticos de otros países ni los intereses económicos de narcotraficantes locales y extranjeros. Pero sí dependía de nosotros, como miembros de un país que ya ha sufrido demasiado, creer en la paz y la equidad como la única forma de progresar y vivir dignamente. Sin embargo, la mitad del país votó por la guerra; ya había sucedido antes, cuando se hizo el plebiscito por la paz. Si aceptamos vivir como estoicos, a esa otra mitad que somos no nos queda más que esperar que quienes aprueban esa opción estén dispuestos a dar la vida por su patria, aunque ya sabemos lo fácil que les resulta ver correr la sangre de los más pobres desde un abullonado sofá. Está en el control de quienes no crean en las armas alegar objeción de conciencia. Yo lo hago y lo aconsejo desde este momento. Las armas son el camino de quienes desean hacerse más ricos, no la defensa de los pobres.
Muchos de quienes votamos por Iván Cepeda entendemos que hay personas que no pueden ni quieren perdonar a los grupos guerrilleros. Secuestraron, reclutaron menores, desplazaron poblaciones enteras, desaparecieron personas, cometieron abusos sexuales, torturas, extorsiones, y toda clase de vejaciones a miles de víctimas. Pero nuestra postura es que no solo las guerrillas cometieron crímenes de guerra y de lesa humanidad: también lo hicieron los grupos paramilitares y las Fuerzas Armadas cuya misión constitucional es defendernos. Además, en casi 70 años de conflicto, y a pesar de las enormes cantidades de dinero que se invirtieron en la guerra, el ejército nunca logró derrotar a los grupos al margen de la ley por la vía de las armas. Mientras no se trabaje sobre las causas estructurales de la pobreza no será posible salir de este círculo infinito de violencia que jamás nos ha llevado a un buen destino.
Pero para los votantes de la extrema derecha nuestros razonamientos son absurdos y perseguir la paz es una utopía inalcanzable. Por eso resuenan con las promesas de bombardeos, fumigación, castigo y encierro en megacárceles como las de Bukele en El Salvador; “a 15 metros bajo tierra, sin sol ni agua”, como dijo Abelardo de la Espriella en una entrevista. Los estoicos les aconsejarían no actuar impulsados por la presión de las circunstancias sino pensando en acciones legales, alejadas de la crueldad o el trato inhumano, como lo exigen las Reglas Nelson Mandela, aprobadas por la ONU (¿será por eso que el presidente electo quiere sacar a Colombia de este organismo?). Que la guerrilla o cualquier otro actor del conflicto haya cometido crímenes atroces no significa que el castigo que se les aplique deba ser el mismo. Marco Aurelio decía que la mejor venganza es no parecerse a tu enemigo. Pero, aunque la mitad del país votó por la reconciliación y la vida, la otra mitad votó con ira, rencor y resentimiento. Tiene razón Mauricio García Villegas cuando dice que somos El país de las emociones tristes. Hay que aprender a aceptarlo y no sufrir por lo que parece inmodificable.
Somos muchos, también, los que tememos por la libertad de pensamiento y de opinión. El hoy elegido presidente se hizo famoso como abogado defensor, pero también como alguien que usó su plataforma legal, De La Espriella Lawyers, para demandar civil y penalmente a los periodistas, columnistas y activistas que escribían sobre él o lo investigaban. Inevitablemente se abre la pregunta de cómo actuará cuando asuma como presidente. ¿Estará abierto a la crítica? ¿Elevará su umbral ante las opiniones adversas? ¿O usará, como ya lo ha hecho en sus primeros días como presidente electo, presiones extranjeras como la anulación de visas o la negación de asilos políticos?
Algunos de sus seguidores han empezado a derramar lágrimas. No es nuevo. Ya habíamos visto a algunos colombianos residentes en Estados Unidos, que inicialmente apoyaban el ICE, pedir a gritos algo de justicia cuando fueron sus hijos los que resultaron detenidos y maltratados. Todo parece indicar que los abelardistas aprenderán a las malas que cuando votan para que les nieguen derechos a otros, esos otros pueden en algún momento ser ellos mismos. Afortunadamente, las lecciones de estoicismo están disponibles de manera gratuita en las redes. Así podrán estudiar a Marco Aurelio, Séneca y Epicteto, para llegar a aceptar lo que pueden y no pueden controlar muy a pesar de su voto.
Todos, abelardistas o no, tendremos que entender también que no está en nuestro control que el presidente electo nombre como ministros a los de siempre, a pesar de haber llegado al poder con la bandera de los nunca (entendiendo como los nunca a los de siempre: los Char, los Gneco, María Fernanda Cabal, Álvaro Uribe, Rodrigo Lara, entre otros). Tampoco podemos hacer nada frente a su decisión de restaurar y fortalecer “como nunca antes” las relaciones con el Estado de Israel, responsable de crímenes de guerra y de lesa humanidad en Gaza y en el Líbano. No podemos controlar la doble moral de medio país que usó en campaña los 18.677 niñas y niños reclutados por la guerrilla (cifra escalofriante que salió a la luz gracias a la JEP que el presidente electo pretende acabar), pero que parece no escandalizarse por los 64.000 niños asesinados y/heridos por los soldados israelitas en Gaza. Recordemos que estos 64.000 niños no son daño colateral: fueron objetivos militares pues la idea es “borrar Gaza de la faz de la tierra”, frase pronunciada por el vicepresidente del Parlamento de Israel Nissim Vaturi y apoyada por Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad de Israel, quien aseguró que “los niños de Gaza no son inocentes; son una amenaza retardada que debe ser eliminada”. No podemos controlar que tantos sigan usando los nombres de sus dioses para hacer exactamente lo contrario a lo que se les enseñó: no matarás, amarás a tu prójimo. Tampoco podemos controlar que las armas para las guerras, para todas las guerras, provengan de ese mismo Estado genocida y que el plan del hoy presidente electo de Colombia sea destinar recursos para la muerte y no para la vida, la educación, la cultura, el deporte y la equidad.
Por lo visto, no tenemos control sobre casi nada. Solo sobre lo que pensamos y sobre la manera en que decidamos actuar. Si aceptamos vivir como estoicos, la mitad del país que no votó por Abelardo de la Espriella tiene una gran responsabilidad: no odiar como nos odian, no hablar como nos hablan, no insultar como nos insultan, no agredir como nos agreden. En resumen, no parecernos a nuestros adversarios, sin que eso signifique asumirlos como enemigos. El reto es comportarnos como personas virtuosas: sabias, justas, valientes y moderadas. ν
* Escritora, PhD en Artes expresivas.



