Un hotel de lujo con parque acuático y beach club es mucho más fácil de instalar que una base militar. Eso lo entendieron muy bien las monarquías del Golfo en su disputa por el control del Océano Índico. Con Qatar a la cabeza, y la ayuda de la familia Trump, Doha avanza por el mundo, no sin resistencias, con un nuevo colonialismo cinco estrellas.
Para las tortugas gigantes y la biodiversidad marina, el atolón de Aldabra es un santuario. Muy cerca de esta joya declarada Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), en la isla de Asunción, Nueva Delhi soñaba con instalar una base militar para contrarrestar a Pekín. En 2017, India llegó a presentar una propuesta en este sentido. Pero el gobierno de Seychelles finalmente prefirió construir allí un complejo hotelero de seis estrellas de 51.000 metros cuadrados que incluyó 37 villas, 4 restaurantes (francés, japonés, orgánico y de servicio continuo) y que requiere la ampliación de la pista de aterrizaje para permitir el acceso aéreo directo desde el resto del mundo (1). ¿Quién está detrás de estas maniobras? Unos multimillonarios sirio-cataríes involucrados en varios proyectos similares en otros lugares. Desde Seychelles hasta Albania, pasando por Egipto, Ramez y Moutaz Al Khayyat están convirtiendo puntos neurálgicos del planeta en activos privados.



