Sin garantías de Washington y asediada por los ataques de los hutíes, Arabia Saudita pierde margen de maniobra. El príncipe Mohammed Ben Salmán debe elegir entre negociar con sus adversarios, buscar nuevos aliados o acercarse a Israel.
Ocho meses después de que se desencadenara el ataque israelo-estadounidense contra Irán, el pasado 28 de febrero, el contexto geopolítico del Golfo sigue marcado por el agravamiento de las tensiones y la persistencia de los riesgos de una explosión regional (1). A pesar de las importantes pérdidas humanas y económicas sufridas por su país, los líderes de la República Islámica se muestran intransigentes en las negociaciones directas o indirectas con la administración estadounidense. Su firmeza recuerda al ayatollah Ruhollah Khomeini, a quien le hicieron falta varios años antes de decidirse a aceptar la paz propuesta por Irak y, a partir de ahí, poner fin a un conflicto que causó cerca de un millón de muertos entre 1980 y 1988 (2). Frente a Estados Unidos, Irán exige el fin del bloqueo de sus puertos, el levantamiento inmediato de las sanciones, la restitución de sus fondos financieros confiscados por los Estados occidentales y el cese de todas las hostilidades en Medio Oriente, particularmente en el sur del Líbano y en Gaza. A cambio, ofrece la reapertura total del Estrecho de Ormuz en menos de seis días. Pese a la insistencia de Washington, que considera el asunto como prioritario, Teherán se niega, por el contrario, a que el tema de sus proyectos de desarrollo de energía nuclear se aborde de modo conjunto, al considerar que solo una vuelta a la normalidad permitiría entablar conversaciones serias.



