Noé, quien condenó a su descendencia a la servidumbre

Antes de entrar en la discusión pública desatada por el discurso del arca de Noé, conviene recordar que este mito político no agota su sentido en el momento fundacional. Me explico. Su eficacia consiste precisamente en dirigir la mirada hacia el instante heroico en el que un pueblo parece salvarse de las aguas, mientras deja en la penumbra aquello que ocurre cuando la promesa finalmente se materializa y el nuevo orden es establecido. Todo relato de redención posee un segundo capítulo, casi siempre menos glorioso que el primero, porque la pregunta esencial nunca ha sido cómo se abandona el viejo mundo, sino qué clase de régimen se instituye cuando el arca alcanza tierra firme. Debido a lo anterior, resulta llamativo que buena parte de la discusión suscitada por la retórica bíblica de Carlos Alonso Lucio haya permanecido concentrada en la imagen del arca como símbolo de “salvación nacional”. 

En una reciente columna, María Jimena Duzán (1) prefirió desplazar la atención hacia otro lugar. Su preocupación inmediata fue la autoridad moral de quien invoca el relato fundacional. Mediante la recuperación de investigaciones periodísticas previas sobre la actuación política y judicial de Lucio, así como de las críticas que ella misma formuló en su momento acerca de sus vínculos con distintas figuras del establecimiento colombiano, la reconocida periodista reconstruye varias de las controversias que, a su juicio, han acompañado durante décadas la trayectoria pública del hoy ideólogo de Defensores de la Patria. Duzán sostiene que la actual construcción de una imagen religiosa e intachable de Lucio coexiste con ese pasado, el cual, en su opinión, no debería quedar al margen del escrutinio público.

Más allá de que tales afirmaciones formen parte de una controversia política y periodística, el interrogante implícito que Duzán plantea es mucho más inquietante: ¿qué ocurre cuando la legitimidad de un nuevo orden comienza a edificarse alrededor de una falsa narrativa providencial? Mi impresión es que la respuesta no debe buscarse tanto en el arca como en aquello que sucede después del diluvio. En el artículo “La desnudez de Noé: un mito político (anti)patriarcal”2 propuse precisamente leer ese pasaje del Génesis a partir de dicho desplazamiento. La fundación del nuevo mundo no culmina cuando las aguas retroceden, sino cuando Noé comienza a labrar la tierra, planta una viña, se embriaga con el vino producido por esa misma tierra y termina desnudo en el interior de su tienda. Solo entonces aparece la verdadera arquitectura del régimen que el mito pretende transmitir.

Noé deja de ser el navegante que preserva la vida para convertirse en el patriarca que organiza la tierra conquistada. El agua, símbolo de indeterminación y tránsito, cede su lugar a un territorio apropiado, delimitado, cultivado y gobernado. La incertidumbre del arca se transforma en estabilidad institucional. El fundador deja de compartir con los demás habitantes del arca la vulnerabilidad de quienes sobreviven al desastre para erigirse como propietario de la tierra, cabeza de una genealogía masculina y principio ordenador de un nuevo mundo.

Sin embargo, el relato bíblico introduce inmediatamente una fisura que suele pasar inadvertida. Cam observa ebrio y desnudo a su padre. No intenta destronarlo, no organiza una conspiración, no incendia la tienda, simplemente mira. Lo decisivo radica en la simplicidad de esa mirada. Mientras sus otros hijos, Sem y Jafet, avanzan de espaldas para cubrir el cuerpo del patriarca sin contemplarlo, Cam rompe el pacto silencioso que mantiene toda autoridad personal elevada a la condición de fundamento del orden. Cam observa aquello que el poder procura ocultar. La desnudez del patriarca no constituye un simple accidente doméstico. Esta da cuenta de que el supuesto soberano continúa siendo un cuerpo sometido a las mismas contingencias que cualquier otro ser vivo. También él puede embriagarse con los excedentes producidos por la tierra que gobierna. También él cae. También él pierde el control. El problema político comienza cuando esa evidencia deja de permanecer confinada al espacio privado y adquiere visibilidad pública.

Por ese motivo la respuesta de Noé es clave. El patriarca, a la vez nuevo monarca o príncipe de Dios, no acepta que su vulnerabilidad haya sido contemplada. Tampoco admite que el poder pueda convertirse en objeto de observación, de escrutinio y mucho menos de deconstrucción crítica. Lo que se sigue no es un ejercicio de justicia, esa que todo el mundo esperaba del “salvador”, sino una maldición genealógica que condena a la descendencia de Cam a la esclavitud o servidumbre: “Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven, y dijo: Maldito sea Canaán; Siervo de siervos será a sus hermanos” (Gén., 24-25). La sanción excede por completo el supuesto agravio y se proyecta indefinidamente hacia el futuro. A partir de ese momento, el orden político empieza a estructurarse mediante linajes, jerarquías hereditarias y obediencia absoluta.

Difícilmente podría encontrarse aquí una inspiración republicana o democrática. Desde la antigua Roma hasta las revoluciones modernas, el republicanismo democrático ha insistido precisamente en la necesidad de impedir que el poder se concentre en una persona investida de autoridad moral incontestable. Toda vez que aparece un “padre de la nación” cuya palabra reclama obediencia antes que deliberación, cuya legitimidad parece proceder de una instancia superior y cuya figura concentra simbólicamente la unidad del cuerpo político, comienza a dibujarse un horizonte mucho más cercano a las viejas monarquías confesionales que a una comunidad de ciudadanas y ciudadanos libres. La oposición política deja de constituir un componente normal de la vida pública para transformarse en una amenaza contra la unidad moral del Reino. Las minorías religiosas, culturales o sexuales, así como quienes insisten en examinar críticamente el ejercicio del poder, ocupan progresivamente el lugar de Cam, aquel hijo cuya insolencia consistió en mirar donde los demás aprendieron a cerrar los ojos.

No es una coincidencia histórica que la maldición pronunciada contra Cam terminara desempeñando un papel decisivo en la justificación teológica de la esclavitud atlántica. Durante siglos se identificó a los pueblos africanos con la descendencia del hijo maldito, convirtiendo aquella escena doméstica en fundamento providencial de uno de los sistemas de dominación más violentos de la historia moderna. La exégesis colonial no hizo sino llevar hasta sus últimas consecuencias la lógica política contenida en el relato, a saber, que la subordinación deja de depender de relaciones históricas concretas, reversibles, para aparecer inscrita en el propio orden de la creación. Cualquier anhelo de una “tierra prometida” debería recordar este desenlace antes de celebrar el desembarco. El problema nunca consiste únicamente en abandonar el viejo régimen, sino en preguntarse quién gobernará la tierra firme, mediante qué instituciones y bajo qué principio de legitimidad. Toda fundación que se imagina como el nacimiento de una comunidad reconciliada bajo la conducción de un patriarca inspirado termina aproximando la unidad política a la unanimidad moral, así como la autoridad pública a la obediencia religiosa. Las aguas del diluvio desaparecen, pero el conflicto no. Solo cambia de forma.

Resulta significativo que Duzán cierre su columna evocando una tradición rabínica según la cual Noé habría sido castrado por Cam. Esa variante introduce una inversión sugestiva del relato canónico, aunque probablemente el propio Génesis contiene ya una crítica suficiente del patriarcado o de la monarquía absoluta y confesional. El texto bíblico afirma sencillamente que Noé vivió novecientos cincuenta años y murió. El Reino que parecía destinado a perdurar indefinidamente halla en ese desenlace su límite material. El fundador desaparece. El patriarca retorna a la tierra sobre la que había pretendido erigir un orden definitivo y en la que Cam lo encontró ebrio y desnudo.

Tal vez sea esa la idea política más interesante del mito. Ningún arca garantiza por sí misma un orden justo. Ninguna promesa de salvación asegura la libertad. Ninguna autoridad providencial consigue abolir la vulnerabilidad que acompaña a todo ser humano. Los regímenes que exigen apartar la mirada, que persiguen y censuran periodistas y opositores políticos ―como lamentablemente parece haber ocurrido ya con Beto Coral―, que condenan a las minorías a la servidumbre y la obediencia absoluta, terminan dependiendo de aquello que más temen: que alguien vuelva a observar desnudo al patriarca, a tocarlo con sus ojos, y recuerde con su mirada sensible que toda comunidad verdaderamente democrática comienza allí donde ninguna autoridad puede sustraerse al escrutinio y la inteligencia de sus iguales. γ

1. Duzán, M. J. (2026, 5 de julio). El arca de Noé de Carlos Alonso Lucio. Cambio. Disponible en: https://cambiocolombia.com/puntos-de-vista/articulo/2026/7/el-arca-de-noe-de-carlos-alonso-lucio 

2. Ávila, I. (2025). La desnudez de Noé: un mito político (anti)patriarcal. Le Monde diplomatique, edición Colombia, (258). Disponible en: https://www.eldiplo.info/la-desnudez-de-noe-un-mito-politico-antipatriarcal-2/

* Doctor en Filosofía. Politólogo. Docente e investigador de la Universidad Nacional de Colombia.  

Información adicional

Carlos Alonso Lucio y el distópico desenlace del mito del arca
Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº268, agosto 2026