En las elecciones de medio término en Estados Unidos, el Partido Demócrata tiene chances de ganar. Su eventual triunfo, que le devolvería poder de veto al Congreso, se explica más por el descontento social con el gobierno de Donald Trump que por la construcción de una alternativa política duradera.
A poco más de cuatro meses de las elecciones de medio término, los pronósticos coinciden en un punto: el Partido Demócrata parte como favorito. El promedio de encuestas sobre la intención de voto para el Congreso le otorga una ventaja de alrededor de cinco puntos, una distancia considerable en un electorado tan polarizado. La aprobación de Donald Trump se encuentra en terreno negativo en las dos materias que lo llevaron a la Casa Blanca –la economía y la inmigración–, y la guerra contra Irán iniciada en febrero agregó una preocupación inmediata por el precio de los combustibles. Si la historia electoral estadounidense sirve de guía, el Partido del Presidente está condenado a perder terreno en el Congreso.
La posibilidad de que los demócratas ganen en noviembre, entonces, es alta. Cabe preguntarse si esta ventaja en los votos se traducirá en poder, dentro de un sistema diseñado para filtrar y diluir las mayorías. Una segunda pregunta es qué hará el Partido con esa eventual victoria, dado que llega a la cita sin una doctrina que proponga algo más que la oposición a Trump. Una elección que parece resuelta en la superficie esconde, en sus cimientos, una doble incógnita. Por último, y a la luz de eventos recientes, surge la pregunta sobre la salud de la democracia estadounidense.



