Si quieren saber del país que nos ha tocado, con sus quinientos años de soledad, del tiempo que nos devora, de la infancia y sus nostalgias reinventadas, de las ruinas generadas por las guerras primas y fratricidas, de cárceles, despojos y persecuciones, pero también de la esperanza y el amor, como última trinchera, preguntémosle al poeta Carlos Fajardo Fajardo, quien ha convocado en este poemario a un manojo de voces, que se entreveran con su propia voz, para reclamarle a Dios por sus espadas, tal vez como Damocles, en ese límite insondable entre su libertad y su condena.
Las palabras del poeta Fajardo Fajardo nos reflejan en una pantalla color sepia a Nazim Hikmet, encarcelado en Estambul, escribiendo sus poemas testimoniales en el cuero de su cinturón, a falta de papel; o nos hace encontrar en una calle de casas blancas, sin bufones, ni reinas, con Giovanni Quessep, para decirle, “poeta, algo nos falta”; y en otra calle, como si se tratara de una foto surrealista, con Alejandra Pizarnik, “vieja niña con su camisa en llamas”, y en algún recodo de un trópico perenne con Lêdo Ivo, para inventar el mar, con su palabra primigenia, antes de que regresen los murciélagos, a recordarnos que vamos ciegos, como ellos, chocando con las blancas paredes del desamor. Y así, sucesivamente, con otras voces, que nos marcaron la memoria a hierro candente: Cesare Pavese, Paul Éluard, Vladimir Holan, Ana Ajmátova, Paul Celan, navegante de un Sena sin retorno.
Creo que uno de los logros de este poemario es la constante invitación al diálogo: la mesa está servida para este ágape espiritual donde el pan y el vino, gracias a la alquimia poética, se transforman en versos punzantes, dolorosos, desesperanzados; algo así como denuncias proféticas frente a un mundo despedazado por guerras, catástrofes, migraciones, poderes desmedidos y deshumanizantes que han convertido al ser humano en un huérfano y solitario peregrino en exilio, oprobio y soledad. Poetas del Viejo y el Nuevo Continente enlazan sus palabras con las del poeta Carlos (soy un río y me llamo Carlos), para llevar esas aguas turbulentas al mar, que es el morir. Diálogo permanente frente a las cenizas de una tierra en agonía, diezmada por la avaricia y la misantropía de oscuros dirigentes.
Desde el título, uno piensa en otros memorables deicidas, como Nietzsche, como César Vallejo, equilibrista entre su fe cristiana ancestral y su marxismo militante. Y entonces uno siente el impulso de parafrasear la sentencia: Después de Auschwitz, ¿para qué poesía? y declarar, después de Auschwitz ¿para qué Dios con sus espadas flamígeras, como ausente, como indiferente al dolor de sus propias criaturas?
Duro oficio de vivir, es un espejo de donde emerge la relectura seria, sobria, de algunos hermeneutas de nuestra precaria realidad, pero también, como si se tratara de un corifeo, lúcido y comprometido, donde se escucha la voz propia de Carlos Fajardo Fajardo, quien nos alerta del presente aciago y nos previene de un futuro, escaso de ilusión.
Jorge Eliécer Ordóñez Muñoz
Carlos Fajardo Fajardo
Universidad del Cauca, Popayán, 2026.
78 páginas.



