La competencia con China por la Inteligencia Artificial es el trasfondo de la guerra económica que lleva adelante el Pentágono. La centralidad del Estado, el capital privado como poder soberano y la admiración por las políticas coloniales del Imperio Británico guían a Washington en su captura de los datos y los recursos del mundo entero.
Con Donald Trump es fácil confundir los gestos payasescos con la clave de la trama. Los gestos –insultos, caprichos aduaneros, tráfico de criptomonedas, melodramas en su gabinete, crueldades calibradas para las cámaras– atraen la atención hacia lo que podría ser una pista de circo. La clave se expresa en dólares. Se trata del mayor presupuesto de defensa de la historia de Estados Unidos en valor nominal (aunque en términos reales apenas se acerca al máximo registrado durante la Segunda Guerra Mundial): 1,5 billones de dólares. Para reunir semejante suma se necesita toda la elegancia aritmética de un hombre que no duda en trasladarles la factura a sus propios hijos, es decir, en recortar los servicios públicos que los alimentan, los educan y los curan.
Se supone que este presupuesto financia la transformación estructural del Estado estadounidense, de su economía y de su lugar en el orden mundial. La república deja caer la máscara del libre mercado, incluso si la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (Darpa), el fondo de inversión de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) In-Q-Tel, los laboratorios nacionales y otros instrumentos del “Estado desarrollista oculto”, como lo denominó el economista Fred Block (1), existen desde hace mucho tiempo. Ahora Washington selecciona los sectores de actividad a plena luz del día, fija precios, adquiere participaciones en empresas privadas y condiciona su ayuda internacional a la lealtad política de los beneficiarios. El vocabulario de la Guerra Fría y el posterior a la caída del Muro ya no son convenientes. El “Keynesianismo militar” significaba impulsar la demanda agregada aumentando el gasto en defensa; el “neoliberalismo militar” apuntaba a lo mismo a través de prestatarios privados y cadenas logísticas desreguladas. Lo que vemos hoy no depende de un tema de presupuesto sino de asignaciones; se trata de decidir qué empresas pueden mantenerse, operando con qué precios, con qué insumos, en qué sectores. La guerra que se prepara será menos física que económica; tendrá como campo de batalla las cadenas de suministro, los cuellos de botella y los balances contables.



