Los autores caracterizan la era en la que estamos insertos como caótica, destructiva en todos los aspectos –ecológico, social, económico, relacional, vital– y amenazante en cuanto al porvenir. Son los efectos persistentes de la crisis de la Modernidad occidental, que sitúan a principios del siglo XX y derrumbó las certezas y valores que habían sido sus pilares: el hombre –blanco y europeo, claro– como individuo superior y separado del mundo, cuya racionalidad le permitía progresar hacia un saber absoluto que le daba la capacidad de dominar y disponer de la naturaleza según sus necesidades, a la vez que de imponer su civilización a la barbarie de otros pueblos. Así se fue desarrollando una industrialización ilimitada, la extracción voraz de los recursos que brinda la tierra y la opresión colonial sobre gran parte del mundo.

Pero las revoluciones sociales, científicas, económicas, artísticas, las guerras mundiales y la creación y lanzamiento de bombas atómicas, que provocaron el horror de matanzas masivas de una magnitud tal que nunca había conocido la humanidad, pusieron en cuestión todos los fundamentos de esa época e inauguraron la incertidumbre generalizada, lo que llaman la era de la complejidad.

Sería poco antes del inicio del tercer milenio cuando se tomaría conciencia de los desastres causados por la desenfrenada productividad humana: contaminación de la atmósfera, los ríos y mares, calentamiento global, acelerado cambio climático, graves amenazas para la supervivencia de los seres vivos. El libro rechaza tanto el nihilismo apocalíptico como la indiferencia cínica frente a la catástrofe y propone pensar cómo, a pesar de la destrucción, puede continuar la vida. Es nítida su concepción del ser humano como parte integrante del conjunto de lo viviente, aunque con un rol singular como interfaz entre el pensamiento simbólico y aquel conjunto. También es lúcido y minucioso el análisis del impacto nefasto de la colonización digital y algorítmica, de una tecnología casi autónoma, sobre los cuerpos, el pensamiento y las acciones de los humanos. De ninguna manera propugna la tecnofobia, sino la regulación responsable de los avances tecnológicos para ponerlos al servicio de la alteridad humana, no de su esclavitud.

Tal vez lo más controvertible del libro esté en las vías de superación de este tiempo oscuro que propone: el ensayo de nuevas formas de existencia de lo humano, la defensa de los ecosistemas que lo incluyen, asumir la creación como un modo de resistencia, practicar alternativas para amar, convivir, consumir; dejar de lado el anticapitalismo global y macro porque deviene abstracto e ilusorio, y centrarse en la lucha contra las injusticias que genera el sistema en cada situación concreta, particular y presente, en lo micro. Parece ignorar que el establishment también es una suerte de ecosistema que conecta lo macro y lo micro, por lo que la lucha contra él solo puede avanzar articulándola en ambos ámbitos. No hacerlo facilita que el poder capitalista la enfrente con sus dos métodos habituales: su asimilación o su aniquilamiento.

Carlos Alfieri


Prometeo, Buenos Aires, junio de 2026.
120 páginas.

Información adicional

Autor/a: Miguel Benasayag y Teodoro Cohen
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