Un duende vanguardista 

Al duende hay que despertarlo 

en las últimas habitaciones de la sangre 

F.G.L.

Recorrí Granada y subí al Albaicín donde escuché atardecidos pájaros cantando entre hermosas hojas ocres, rojas y naranjas en un otoño lleno aún de los últimos latidos del verano; pájaros trinando en callejuelas desiertas donde un despistado cante jondo aún sobrevive. Las horas de la tarde apenas rozaban las cúpulas; lujuriosas guitarras gemían en el crepúsculo. También escuché tus poemas Federico cuando entré a Fuente Vaqueros y te sentí nacer de nuevo en la esquinera casa natal de amplio patio, con aljibe y frondosa parra, y tu voz diciendo: “En el patio de mi casa había chopos. Una tarde se me ocurrió que los chopos cantaban. El viento, al pasar por entre las ramas, producía un ruido variado en tonos, que a mí se me antojó musical. Y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos”. 

Hasta allí me llevó tu voz de poeta, geniecillo y duendecillo en una Granada rezandera, con falange moralista y escapulario. “¡Oh ciudad de los gitanos! ¿Quién te vio y no te recuerda? Que te busquen en mi frente. Juego de luna y arena”, me retumbaban tus versos, mientras caminaba por esas calles llenas de oscuros y trágicos presagios. Y de un momento a otro, todo fue más claro, todo tomó un color solar en medio de la noche en las colinas del Sacromonte. Entendí de pronto el dolor de tus poemas, la escondida lágrima tras la aparente alegría andaluza, el espanto ante la muerte.

Información adicional

Federico García Lorca:
Autor/a: Carlos Fajardo Fajardo*
País: España
Región: Europa
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº269, septiembre 2026