La industria cultural y el problema de la desigualdad

Existe una guerra cultural en marcha, muy fuertemente enraizada y alimentada. Se trata del peso de todos los medios de comunicación de masas, incluidas las redes sociales y el sistema de educación –todo ello forma parte de la industria de la cultura y el entretenimiento, en sentido amplio–. Todos hacen creer que Colombia está bien, que va mejorando, que existen altibajos, y se destaca una sola cara de la moneda. La verdad es que, de acuerdo con el Pnud, Colombia es el tercer país más inequitativo del mundo después de Namibia y Suráfrica. Con una observación puntual: aquellos países tuvieron apartheid.

Economía y desigualdad

La reina de todas las batallas es la guerra cultural. Esta es una idea original de Gramsci que, formulada hacia 1930, adquiere cada vez más actualidad; tanto más en la era de la información, del conocimiento, en fin, de la sociedad de redes.

La guerra cultural consiste en el control mental de las gentes, y ulteriormente, el control mental de la sociedad. Las guerras, digamos, políticas, económicas o militares resultan fatuas si con ellas no se transforman los sistemas de creencias de los seres humanos. Numerosos ejemplos pueden presentarse en la historia. Y al cabo, toda la historia de la civilización occidental es la variación sobre un mismo tema. Pues bien, las guerras culturales tienen un polo a tierra. Se trata de la calidad de vida, y con ella, de la dignidad de la vida de los ciudadanos; mejor aún, de todas las personas.

Así, la guerra cultural es un tipo de guerra que las clasificaciones militares de los tipos de guerra no han incluido expresamente para nada. Actualmente, en el frente militar se habla, se hacen preparativos, se desarrollan tácticas y estrategias para la guerra de quinta generación, que es, sencillamente la guerra cibernética, de IA y drones.

Ahora bien, los sistemas de creencias son fundamentales. Al fin y al cabo, los seres humanos hacen lo que hace o deciden lo contrario, con base en las creencias que tienen. La cultura en general no es otra cosa que un refuerzo de las creencias que nacen y se refuerzan en la vida cotidiana a través de la familia, los vecindarios, el sistema educativo, en fin, el sistema laboral. Alrededor suyo, el atrio, la radio, la televisión, la prensa y las redes sociales cumplen un papel singular.

Los sistemas culturales hegemónicos tienen una función: deformar la realidad, imponer sobre la misma un manto de apariencia, en fin, ulteriormente, alterar al máximo posible la historia. T, Piketty argumentó que la función de los economistas hegemónicos y todos sus aparatajes culturales y mediáticos consiste en hacer creer que las condiciones de vida son buenas y propicias y que se vienen mejorando las cosas. De lejos, la principal, industria del capitalismo no es, contra lo que podría creerse, el complejo industrial militar, la industria del automóvil y ni siquiera la industria farmacéutica. Por el contrario, es la industria de la cultura y el entretenimiento. En una palabra, es la industria de sistemas de creencias. Sin más, hay que decirlo, la educación ha entrado a formar parte hace un tiempo de la industria de la cultura y el entrenamiento. Existen decisiones “desde arriba” acerca de los programas educativos, los currículos, las metodologías, los sistemas de control, y evaluación; ulteriormente, los sistemas mismos de acreditación. Lo que pudiera parecer simples sistemas de gestión son en realidad sistemas de administración de creencias, y con ellas, de comportamientos.

La educación y la comunicación social y su lugar en la industria del capitalismo

El principal sector industrial del capitalismo no es, como ya fue anotado, el complejo industrial militar, la industria farmacéutica o la industria automovilística. Mucho mejor, se trata de la industria de la cultura y el entretenimiento. Todas las distopías prefiguradas por lo mejor de la literatura del siglo XX son hoy por hoy realidad: Fahrenheit 451 (Bradbury), Un mundo feliz (Huxley), 1984 (Orwell), para citar tan sólo a los más agudos. Se trata de la existencia efectiva de la policía de la verdad, la estandarización y banalización del conocmiento y del lenguaje, en fin, el manejo de la sociedad por vía de las tecnologías.

Queremos afirmar que la educación tanto como la comunicación social han llegado a ser incluidas en la industria de la cultura y el entretenimiento. Basta una mirada a los sistemas de adoctrinamiento, a las pruebas de desempeño, a los sistemas de clasificación y los rankings, en fin, la masificación de contenidos mentales y controles de lecturas y creencias. El establishment saliva como los perros de Pavlov hablando de educación y pensamiento críticos, pero la verdad es que existe de entrada, en el proceso y de salida, un control casi total sobre las actividades de profesores y estudiantes, de un lado, y una trivialización del mundo a través de los medios de comunicación masivos, y claro, los altares y atrios de las iglesias. Todo, una sola unidad funcional.

Pues bien, la función de la industria de la cultura y el entretenimiento es exactamente eso: una industria; por consiguiente, una producción masiva de sistemas de creencia, y con ellas, estilos y formas de vida. Sin embargo, al mismo tiempo, se trata de superponer capas de información espuria sobre la realidad para hacer creer que la realidad no es lo que viven los ciudadanos, sino los contenidos que se les venden se les incepta –esto es, se les inoculan–, en fin, se les repite a saciedad.

En la guerra cultural, la educación no ocupa un lugar secundario con respecto a las demás aristas de la industria de la cultura y el entrenamiento, incluidos: el deporte, todas las actividades de esparcimiento, el cine, los conciertos, la televisión abierta y por cable, la radio, y sí: las redes sociales, conjuntamente con la prensa. El entretenimiento debe ser industrial esto es, masivo, y todos cumplen la función de distracción; literalmente. Esto es, distracción de los problemas más sensibles que agobian a la existencia. De todos estos problemas, el de la desigualdad. Esto es, asumir que es algo normal que haya ricos y que haya pobres, y siendo el argumento más superficial la falta de trabajo y la ausencia de (espíritu de) emprendimiento.

Al respecto hay que recordar que en Colombia se requiere de once (¡11!) generaciones para salir de la pobreza.

Pues bien, los dos factores que se quieren ocultar son el político y el económico, cuya raíz define enteramente a la economía política y la crítica a la misma. Esto es, el develamiento de las estructuras de poder y la revelación de las fuerzas de poder y sus mecanismos operativos.

Deformación de la realidad e inequidad

En la sociedad en general, en el sistema educativo, privado o público, laico o confesional, en las noticias del día a día el tema de la profunda inequidad de Colombia pasa inadvertido; como si no existiera. Ampliamente, esta es la expresión más aguda de la guerra cultural: desviar la mirada hacia aspectos banales, cambiar los contenidos del lenguaje regularmente, en fin, construir información sobre fenómenos de libre y fácil circulación.

La realidad ya no es, aparentemente, lo que las gentes viven en el día a día, sino los contenidos de redes sociales y medios masivos de educación. Se superponen capas enteras sobre las condiciones de la existencia –sobre los temas sensibles de calidad y de dignidad–, y entonces todo –¡todo!– se asume como normal. (No hay que olvidar que el 90% de todos los contenidos en las redes sociales es hecho por bots, lo cual significa que hay de entrada y de salida una total deformación de los contenidos informacionales y de conocimiento).  Sorpresivamente, los colegios, las universidades y las empresas de todo tipo crean toda clase de cursos, diplomados y seminarios para el conocimiento de la IA. Conocimiento es aquí, uso y consumo. (Ayer se reducía a los ciudadanos a ser consumidores de Marlboro, Pielroja o Coca-Cola, por ejemplo; hoy todos están siendo vertiginosamente convertidos en consumidores de IA).

Sin ambages, los ciudadanos están siendo convertidos en sujetos sicóticos, con una total disociación entre lo que viven y los argumentos con los que se justifican la forma en que viven. Así, los argumentos –que son en la mayoría de las veces simbólicos y no-verbales– se superponen a las vivencias y terminan por convertirse en las vivencias mismas. Esta es la esquizofrenia total. Como diversos autores lo han puesto suficientemente en evidencia, el capitalismo es un sistema cultural, económico y social que hace esquizofrénica a la gente. Dirigentes, empresa, fuerzas y poderes esquizofrénicos convierten a las gentes en psicópatas y sociópatas (1). La psicopatía y la sociopatía simple y llanamente se caracteriza por indolencia e insensibilidad. Sobre éstas se superponen órdenes, contratos, fuerzas, y mucho miedo.

Guerra cultural, verdad y símbolos

Se ha dicho mil veces que, en toda guerra, cultural o no, la primera víctima es la verdad. La deformación o muerte de la verdad es exactamente la imposición de un mundo de apariencias, velos, fenómenos efímeros; uno tras otro. Sin embargo, lo cierto es que antes que la verdad, la primera víctima en toda guerra cultural son los símbolos de todo tipo. La iconoclasia no es otra cosa que la destrucción de la cultura popular, y la imposición de una cultura elitista. Como si el verdadero gran arte fuera éste y no todas las expresiones populares y su estética.

Nuevos relatos, olvido de relatos antiguos o de base popular, reescritura total de la historia, imposición de credos y anatematización de diferencias de toda índole. Una guerra cultural no es otra cosa, simple y llanamente que la estandarización y normalización de la cultura, la educación y el mundo de las artes.

Puntualmente dicho, las guerras culturales han sido siempre la obra de regímenes y gobiernos violentos, verticales, dirigidos a favorecer a las élites en toda la historia. Hoy por hoy, son todos los neofascismos. Ayer, los cristianos y los musulmanes quemaron la biblioteca de Alejandría y destruyeron todo el arte griego acusándolo de pagano e impío; esta mañana los nazis quemaron libros y persiguieron a profesores, artistas y pensadores. (¡Hay que volver a leer el Doctor Fausto, de Thomas Mann!). En este momento, las ultraderechas de siempre quieren imponer credos religiosos, imágenes alteradas de la familia, e influir en toda la esfera simbólica de la sociedad. Las derechas siempre fueron fenómenos internacionales, reforzados mutuamente desde adentro y desde afuera, del país o el territorio.

En Colombia es una historia que apenas se asoma, con garras y dientes. Algo que ya tiene mucho más tiempo en otros países de la región y del mundo. Con una diferencia fundamental que es, sin la menor duda, la principal lección de y durante la pandemia fue que los jóvenes y las amas de casa, los profesionales y el pueblo en general perdieron el miedo. La derecha no saldrá ni triunfante ni impune.

Colofón

Un autor destacado, pero ampliamente desconocido –D. Parfit, Reasons and Persons– señala que la mayoría de las creencias humanas están equivocadas (2). Contra una apariencia de pesimismo, lo que este reconocimiento implica es que, por el contrario, el sentido mismo de la educación, de los sistemas de aprendizaje, en fin de la investigación. Pues entonces se trata de depurar las creencias equivocadas de aquellas que son correctas. Son correctas, queremos decirlo, todas las creencias que contribuyen a afirmar, exaltar, cuidar, dignificar, llenar de calidad, en fin, hacer posible y cada vez más posible a la vida en general; no solamente a la vida humana, sino al tejido entero de la vida en toda la extensión y profundidad de la palabra.

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Ahora bien, el hecho de que un poder económico o político conduzca a una guerra cultural a fin de imponer un relato que justifique, por todos los medios, incluso en las condiciones más indeseables, las condiciones mismas de las cuales tiene justamente el poder, es manifiestamente un hecho criticable pero que no, no es incoherente. Por el contrario, mucho más difícil es comprender por qué razón los ciudadanos se someten tan fácilmente a estas fábulas hegemónicas y que renuncien a su capacidad de pensar por sí mismos; esto es, a su capacidad de emancipación.

Vivimos en un mundo estructurado por la idea de desigualdades, comenzando por la desigualdad de las inteligencias. Esta es la base de la dominación de unos y la sumisión de otros. Es por ello por lo que quienes mejor la comprenden deben explicarla a quienes la ignoran. Es por ello que la democracia pretende crear una sociedad igualitaria a partir de individuos desiguales, y ello todo parece indicarlo, es una utopía. Detrás de la pasión por la desigualdad el desprecio no parece encontrarse muy lejano.

Todas las tentativas que buscan demostrar la desigualdad de las inteligencias han fracasado hasta ahora. La verdad es que compartimos de manera equitativa inteligencia humana y la capacidad de conectar los elementos de la experiencia cotidiana. Cada quien puede percibir y pensar su propio mundo.

Descartes o Schopenhauer, por ejemplo, creían que la capacidad de juzgar bien, de distinguir lo verdadero de lo falso son naturalmente iguales entre los seres humanos. Por su parte, para Rancière, la igualdad de las inteligencias se refiere a la capacidad de cualquier persona para expresarse y ocuparse de los asuntos comunes.

¿Por qué renuncia la gente a su deseo de emancipación y acepta sin más la hegemonía de los sistemas de pensamiento, como la desigualdad? Autores como Étienne de la Boétie, Kant, Freud, Fanon, Foucault y muchos otros lo intentaron en medio de condiciones históricas bien determinadas. ¿No pudiera suceder, como lo señalan Spinoza o Deleuze y Guatari, que la gente estaría aterrorizada por la libertad, un ejercicio y a una forma de vida de acrobacia aérea, precaria por lo demás?

Con J. Rancière nos imaginamos lo que podría ser nuestra vida si adoptáramos como punto de partida la igualdad de las inteligencias. Creemos que estaríamos más propensos a la resistencia, a la emancipación, al esfuerzo, al cuidado, en fin, a la personalidad de cada quien. Acaso la sociedad pudiera ser más inclusiva y autodidacta. Acaso no adoptaría así la gente más fácilmente los disensos. ¿Habría necesidad de una profesionalización de la política? ¿No se transformaría la sociedad, de esta suerte, en una sociedad de narradores?

Dicho de manera prosaica, podríamos comenzar a adoptar interacciones entre iguales en una sociedad profundamente desigual e inequitativa, a la espera de algo mejor.  ν

1. Horesh, D., Hasson-Ohayon, I., & Harwood-Gross, A. (2022). “The Contagion of Psychopathology across Different Psychiatric Disorders: A Comparative Theoretical Analysis”. Brain Sciences, 12(1), 67. https://doi.org/10.3390/brainsci12010067. Kinderman, T. A., Skinner, E. A., (2019). “Is psychology suffering from an epidemic of “contagion”? Moving from metaphors to theoretically derived concepts and methods in the study of social influences”, en: Theory and Psychology, vol. 29, issue 9, junio. https://doi.org/10.1177/0959354319857154.

2. Dice Parfit: “I believe that most of us have false beliefs about our own nature, and our identity over time, and that, when we see the truth, we ought to change some of our beliefs about what we have reason to do. We ought to revise our moral theories, and our beliefs about rationality” (Parfit, 1987, pág. IX). “Creo que la mayoría de nosotros tiene creencias erróneas acerca de nuestra propia naturaleza, y sobre nuestra identidad en el tiempo, y que, cuando vemos lo que sea verdadero, debemos cambiar nuestras creencias acerca de las razones por las que tenemos que hacer algo. Debemos revisar nuestras teorías morales y nuestras creencias acerca de la racionalidad” (traducción propia, X.F., C.E.M.) Cfr. https://eclass.uoa.gr/modules/document/file.php/PHS688/Metaphysics_Bibliography/Parfit%20Reasons%20and%20Persons.pdf. Hay traducción reciente al español.

* Respectivamente: Fundador del podcast “Anatomía del poder” y  profesor universitario e investigador.

Información adicional

Colombia es el tercer país más inequitativo del mundo
Autor/a: Xavier Fargeton y Carlos Eduardo Maldonado*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Le Monde diplomatique, edición Colombia Nº269, septiembre 2026